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Ansias de mar

Ch’enko total. El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Por Manuel Monroy Chazarreta
/ enero 30, 2019
en Escape

Eran dos años sin ver el mar, sin respirar sus olas, decidimos buscar el más cercano. Ahí apareció la propuesta de mi amigo Édgar Quispe, de Full Turismo: “Vamos, Papirri, te doy 2×1 si cantas el 31 unas canciones para nuestros turistas en Mollendo”. Qué put’s. Agarramos la mochila, salimos el 28 de diciembre a las 18.00 de La Paz en un bus destartalado, mucha gente mayor se desplazaba en los asientos con comiditas varias. Llegamos al Desaguadero a las 21.00, llovía, nos dieron unas capas de nailon. Al salir del bus, el barro invadió nuestras zapatillas, caminamos como zombis hasta unas casetas precarias donde se hace el visado boliviano. Ya habían unas 100 personas “filando”, temblábamos de frío, por suerte un cuate de la empresa turística se apiadó de mi carga doble y me dio una manito. Media hora de cola, la mitad en la lluvia. En el predio interior había una placa: “Ministerio de Gobierno de la República de Bolivia, 1994”. Los nombres de Quiroga y San Martín firmaban la placa. Parecía que el Estado Plurinacional no había llegado a este lugar tan clave, ojalá las autoridades vengan aquí como nosotros, puteaba goteando. Por fin llegué al guardia, le alcancé mi carnet, me sacó una foto, fue amable, era estronguista. Se nos indicó que luego había que hacer otra cola de media hora, esta vez por un sello, otra vez a “filar”, mi compañera se dormía parada.

—¿Por qué dos colas? Una nomás pues— puteaba una señora de pollera con toda razón. Luego vino la caminata por el puente binacional, el barro había copado nuestros pies, los estornudos rompían la noche, otra vez a “filar” en el lado peruano, el trámite fue más práctico aunque me sacaron quivo, una multa inventada dizque de una escala peruana desde Quito. Pagué calladito. Temblando en la intemperie nos juntamos los 200 zombis con ansias de mar. Salimos por fin a las 23.00 hacia Ilo; el bus estaba bueno, la peli de terror.

Me tomé un hipnótico y aparecí de golpe a las 07.00 mirando el puerto desde la terraza de un hostalito. Ilo es una pequeña población chura, simpática, tiene un malecón adonis. Fuimos a almorzar a una playa cercana, nos esperaba un océano polvoroso que tenía como un techo de niebla sempiterna, un aire del mar de UK, el agua estaba fría, la arena gris, pero era el mar. Ahí nos tenías a los bolivianos suspirando en la costa, tratando de abuenarnos con las olas, correteando como nenes, guardando conchitas, alquilando sombrillas. Brindamos por Yemanyá con una cusqueña negra, unos 20 bolivianos, carito nomás. Al día siguiente nos fuimos hasta Mollendo, tres horas de viaje bordeando la abundancia marítima. A un lado, cerros de arena y mineral; al otro, el mar polvoroso, eterno. “Grave nos cagaron estos chilenos”, pensé en voz alta… “Ya no te acuerdes”, me respondió mi compañera con un cariñoso piquín.

El cuarto del hostalito de dos estrellas de Mollendo daba a una piscinita. Todo era clase media naranja, unos me miraban como dishendo: “¿qué hace éste acá, no era un artista famoso?”. En la tarde fuimos a una playita interesante, un milagro ecológico a una hora de Mollendo, una bahía de encanto llamada Catarindo, pero con el agua más helada del planeta, igual los pecho de bronce nos la pasábamos dando batalla a las olas. Ansias de mar, ansias de arena. Fue allí que comí el ceviche más delicioso de mi historia, y eso que en la década de los 90 devoraba cientos de ceviches paceños en el chaqui fulero, pero éste era de verdad: un plato de trozos de pescado circular, pulposo, fresco, blanquito, con ese sabor de cebollas crujientes pintadas de camote dulce, con un seco de chicha morada que te hacía decir: “Estito nomás es la felicidad”.

Entonces llegó de golpe la fiesta de Año Nuevo en un local bonito, ahí nos veías a los 200 bolivianos achicharrados de sol entonando el himno a las 00.00, apareció una guitarra y canté un par de canciones. Alguien gritó: “Bolivia dijo no”; yo dije: “No sé, che”. Bailamos como changos los hits de los 70, a las 03.00 nos hicimos pepa. Al día siguiente, a las 09.00, había que partir a Arequipa y retornar sin descanso hasta el Desaguadero. Fue imposible, no nos dio el espinazo, nos quedamos unos días más a vagar por los mares peruanos abandonando el tour, a comer más ceviche de verdad, a prometernos un año nuevito sin dramas. Ansias de mar, ansias de arena, cómo nos jodieron estos chilenos, me atacaba el enredoncio.

Luego vino Arequipa, linda ciudad de dotes coloniales con Achachilas cercanos, esa subidita de 2.300 metros en cuatro horas fue de temer, pero la zafamos con unas hojitas de coca sobrevivientes. Estoy conmovido por las ansias de mar, ansias de arena de nuestros compatriotas, unos capos, un aguante notable, todo un esfuerzo sobrehumano de cuatro días y en muchos casos solo para ver el océano. Pero ya sabes, en 12 horas puedes cantar: “Tengo arenas en las patas, estoy en el mar”.

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