El viernes 15 de febrero fue distinto para los mineros del Sumaj Orcko, también llamado Cerro Rico de Potosí. Igual a los demás días de trabajo, los mineros visten el guardatojo y el overol, caminan con botas de goma y mastican coca, pero en esta ocasión han dejado el combo y el cincel y los han reemplazado por dos velas e incienso para rendir pleitesía al Tata Ck’accha, su Cristo protector.
Durante todo el año, los trabajadores de interior mina ch’allan y comparten coca con el Tío, el protector de las riquezas del inframundo o Manqa Pacha en la cultura andina. Pero en estas fechas, retribuyen las bendiciones a la Virgen de la Candelaria —que otorga los alimentos, la salud y el bienestar— y al Tata Ck’accha. “El Carnaval en Bolivia comienza con el Carnaval minero de Potosí”, afirma Carlos Porco, presidente de la Federación Departamental de Cooperativas Mineras (Fedecomin) de Potosí.
A metros de las bocaminas que tiene el Sumaj Orcko, en medio de la oficina de la Federación Minera Pailaviri se encuentra la estatuilla de la Virgen de la Candelaria. La primera advertencia antes de ingresar a donde está la “Mamita” es que hay que compartir con ella. Para ello, cada minero llega con un par de velas que deja a los pies de la imagen de yeso, que en esta ocasión tiene un vestido anaranjado y un aguayo multicolor atado a su cuello.
Después de “invitarle” coca, cada minero se queda un momento frente a la Virgen, a quien le reza y le habla en voz baja para agradecerle por los favores recibidos y rogar por que siga bendiciendo a la familia. Como culminación a esta visita, los asistentes —la mayoría dirigentes de la cooperativa— comparten unos vasos de cerveza y whisky.
Para seguir con esta celebración es necesario vestir overol, botas, guantes y guardatojo, porque protegerá de las inclemencias dentro de la mina, donde espera el Tata Ck’accha, a quien rinden pleitesía desde los años 40.
De acuerdo con una leyenda descrita en una publicación de La Razón en febrero de 2012, desesperado por su mala suerte en el Cerro Rico de Potosí, un minero novato acudió al Tío para que le otorgara minerales. Éste le ofreció un trato a cambio de que firmara un contrato, pero antes de que aceptara, un anciano le pidió que no lo hiciera. En cambio, juntaron piedras y taparon el callejón donde estaba el Tío. Después de un tiempo, el novato retornó al lugar para agradecer y saludar al viejo, pero en ese lugar halló la imagen de un Cristo crucificado. Desde entonces, en el ingreso de la mina está Tata Ck’accha, que cuida que no salga el Tío y cuida a los obreros en la superficie.
Luego de las lluvias de los días pasados, el ingreso a la bocamina está lleno de barro, por lo que se tiene que caminar con cuidado en los 700 metros de recorrido, ya que además hay herramientas usadas botadas en los costados, un riel por donde suelen pasar vagones con mineral y desvíos que pueden llevar a algunos de los 17 niveles que tiene Pailaviri, la mina que funciona desde 1545.
En medio de la oscuridad, el tiempo parece no transcurrir como en la superficie, por eso es difícil saber cuánto tiempo se ha caminado, hasta que se llega a una bifurcación donde espera el Tata Ck’accha, una imagen de Cristo crucificado que es resguardado en una urna roja.
De repente, el ambiente polvoriento se llena de una paz inexplicable. Los mineros le invitan coca, le ponen serpentina y dejan que el humo del incienso rodee la imagen de Cristo. Es entonces cuando surge un momento de intimidad, en que se entabla conversación con el Tata Ck’accha para que les cuide en el inicio del Carnaval.






