Con una patada voladora, una luchadora con trenzas recibe a los visitantes en la sala de Demetrio Mamani Quisbert. Allí esperan otros personajes singulares: un Spiderman colgando de un poste de luz, una niña robótica que salta con un arma que prácticamente tiene su tamaño, un rabioso Wolverine, una curvilínea Supergirl y, a la defensiva, el espartano Leónidas de la película 300, entre otros. Son 12 soldados los que conforman el singular ejército de esculturas de plastilina profesional o plasticera que ha creado la imaginación, el talento y la constancia de Demetrio.
“No soy artista”, aclara de una el arquitecto de 40 años en la sala de su casa en la zona del Cementerio General, la que le sirve también de taller. “Nunca me he sentido artista, no me identifico así, pese a que mis creaciones son originales, pues no me las copio, a pesar de que me baso en muchos personajes de los cómics y del cine. Yo estoy desarrollando un hobby, hago esto que me gusta cuando tengo tiempo libre. Para ser artista uno necesita educarse y formarse profesionalmente”.
Aclarado el asunto, recuerda que el dibujo fue parte de su vida desde muy joven, como admirador del artista argentino Ariel Olivetti, a quien sigue en las redes sociales. Hace poco más de tres años, vio cómo los dibujos del creador eran llevados a tres dimensiones por el escultor Martín Canale. Vio los videos en YouTube e imágenes en internet de las piezas acabadas y Demetrio se dijo a sí mismo: “esto puedo hacerlo yo”.
Entre las cosas que apasionan a Demetrio está la anatomía humana, siempre le ha intrigado comprender las proporciones y las reacciones de los músculos a determinadas posiciones y movimientos. Entonces supo que una forma de explorar este mundo sería a través de la plastilina profesional ¿Pero dónde encontrarla? “Vi que no había forma de conseguir la materia prima en el país. Investigando en la red encontré lugares en Chile y Perú. Vi un anuncio de plasticera en Tacna y me fui hasta allí, aprovechando que tengo un familiar que vive en Arica. Pregunté en Tacna qué tipos de plasticera había y me llevé un pote de la más cara”. Así empezó la aventura.
Tenía la plastilina más profesional que había a disposición. El resto fue formarse a través de tutoriales de YouTube. Así surgieron las primeras dos esculturas: Wolverine y una guerrera selvática que él mismo creó. Cuando terminó las piezas quedó muy satisfecho y las dejó reposar por un mes. “Cuando las volví a ver me espanté, estaban mal, eran un desastre, nada que ver. No sé cómo no me había dado cuenta de muchos detalles, así que las volví a trabajar. Así pasa con todas las piezas: como la plastilina es moldeable, puedo retocarlas, hacer modificaciones y conseguir que detalles como las manos o el vestuario se vean cada vez mejor”.
Si bien es fanático de los superhéroes, sobre todo de los más clásicos de DC —Batman, Superman o Wonder Woman— el hacer figuras de éstos es en realidad un pretexto para comprender la figura humana. Cuando crea personajes originales, como la niña robot bautizada como Ninatica o la aguerrida Julygan, la gente que ve su trabajo no los reconoce y siempre prefiere caracteres conocidos. “A veces cuando me preguntan quién es una de mis creaciones, yo les digo: ‘es de una serie japonesa’ y ahí recién pareciera que la aprueban. Es más fácil que se acerquen a un Wolverine o a un Batman”. Sin embargo, un Robin es excusa para asumir la anatomía de un niño, una Supergirl, la de una joven y Gatúbela, la de una mujer sensual.
El trabajo no empieza con bocetos y dibujos, sino con alambre. Un mono de alambre que solo da la pauta de las extremidades y el tronco, Demetrio lo forra con malla metálica y con papel de aluminio y doblando la figura base va eligiendo la posición que quiere y la sensación de movimiento que desea que tenga la obra final: un Superman derrotado, un gladiador a la defensiva, una guerrera saltando. “La idea es que las esculturas se vean vivas y que el cuerpo exprese algo. Por eso ni bien va avanzando el trabajo, voy estudiando el comportamiento que tiene la musculatura en una determinada postura o movimiento, lo mismo pasa con el rostro”.
En este autoaprendizaje se ha acercado a muchas otras áreas impensadas: ahora comprende mejor el vestuario, puede diseñar armas y apreciar la figura en sus diversas formas: edad, complexión corporal y modificaciones que brinda la fantasía. Entonces llegó el momento de compartir su obra y mostrársela a los demás.
Había participado antes en el desafío del Cómic 24 en 24, del Espacio C+C, en el que en 24 horas se deben dibujar 24 páginas. Allí descubrió la importancia de la crítica y desde ese día no ha dejado de exponer su obra en distintos eventos, la última vez en la Larga Noche de Museos.
“La primera vez me han hecho bolsa, me han criticado de todo. Al principio me ha dado rabia, pero luego me he dado cuenta de que tenían razón en sus observaciones y lo he mejorado. Por eso, aunque duela, siempre muestro los trabajos”.
Cada pieza tiene un valor de 500 dólares. Todavía no ha vendido ninguna, pero es lo que le costaron en materiales, tiempo y estudio. “Algún rato se venderán, por el momento me satisface ver la cara de alegría de alguien que aprecia mi trabajo”.






