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Concierto en Buenos Aires

Ch’enko total. El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Por Manuel Monroy Chazarreta
/ julio 3, 2019
en Escape

Salí de mi depto paceño a las cuatro de la mañana, era un miércoles de mayo, pero el invierno adelantaba ese aire coagulado de los andes. Llegué a Buenos Aires a las cuatro de la tarde con una escala cruceña breve, precisa. Me esperaba mi amigo porteño Juan, académico de la Universidad Jauretche. El aire era tibio, húmedo; volamos autopistas. Me contó que Cristina iría de vice y se preocupaba. Transitamos las ciudades de Lanús, Quilmes, llegando a Varela en dos horas. Nos esperaba un matrimonio cincuentón: ella, enfermera; él, jubilado. “¡Viva Perón y Evo!”, gritó ella en recibimiento. Comimos medialunas con mate, él se quejaba. “Queríamos darte un asado, che, no se pudo. Macri nos está matando, no puedo ver a mi hija hace seis meses, vive en Córdoba, la gasolina subió de 30 a 200 dólares para llegar allá, estoy desesperado”. Y continuó el tango. Mis párpados se cerraban, me dieron un cuartito al fondo, dormí nervioso. Un par de cucarachas rondaban la cama, soñé con Kafka.

Desperté al amanecer desubicado, ¿por qué estaba allí? Ah, claro, tenía que tocar esa noche en la Jauretche y se pospuso para el martes por el paro movilizado antimacrista. Desayunamos  medialunas con mate, entonces llegaron en un auto bonito Claudia y Javier, dos hermanos migrantes bolivianos; me di cuenta de que la maleta era exagerada, rechoncha, repleta de mis discos y libros, nos despedimos de la pareja gaucha como familia. Otra vez el viaje por autopistas, mi guitarra sudaba calladita a mi lado. En el camino hicimos diversas entrevistas telefónicas con radios bolivianas porteñas hasta llegar al barrio de Flores, por Av. Rivadavia al 5000, donde nuestros hermanos laburantes cosían la ropa de la city en camas calientes. “Chinos parecemos — dijo Claudia— todo el día cosiendo”. Se hicieron las 13.00 como si nada, me dejaron en un hotelito decente con hermoso balcón hacia los arboles porteños. Caí desmayado de sueño. Sin embargo, a la media hora sonó el teléfono fijo, otra entrevista para radio Colosal, “¡El Papirri está en Buenos Aires!”, gritaba el men y de fondo la Metafísica Popular. Preguntas varias, respuestas somnolientas. Tenía hambre. No comía bien ya día y medio. El conserje me indicó un restaurante a la vuelta, Urbano se llamaba, en plena Rivadavia, devoré un pollo con chorrellana a la española, los comensales merendaban en lontananza sin hablar, se escuchaba un  silencio tenso, preocupado.

Volví al hotelito, Claudia y Javier habían dejado un silpancho amoroso y una nota diciendo: “la prueba de sonido es a las seis, te recogemos”. Ya eran las cinco. Entonces saqué la guitarra sudada, estaba toda desaliñada, la besé y abracé laaargo y tendido, mamita, guagüita de pecho, limpié sus cuerdas embarradas de notas, le soplé la boca de artesanías, hice algunas escalas, deshojé nervioso el listado de canciones para la noche, sacando y poniendo letras de mi cuaderno entrañable… ¿Cómo será ese local?… decía la radio que se llamaba El Palacio del Folkore, ¿cómo será el sonido? ¿habrá? El duchazo posterior fue histórico, me quedé dormido en plena ducha. A las siete llegaron a recogerme, entramos a un local grande nomás, para unas 300 personas. Dos parejas ya esperaban, probé el sonido, no estaba mal. “El sábado tocó aquí Ch’ila Jatun”, decía orgullosa la Claudia, “por favor no hables de Evo, acá la cosa está difícil”, rogaba en plena prueba. Terminando la prueba de sonido apareció Ramiro de Cinti, dueño del local, un mastuco valluno que me dijo en porteño: “¿Qué necesitás, Papirri, todo bien? ¿Querés comer? Armamos esto en cuatro días; la próxima, avisá con más tiempo”. Volví al hotel a devorar el silpancho amoroso y cambiar el repertorio, sospechaba un concierto difícil.

Planché en el último piso mi camisa y chalequito, escuchando de reojo la tele que mostraba crónica roja porteña. Me recogieron a las 22.00. Al llegar al pub, decenas de cámaras y flashes me esperaban; ansiosos, los periodistas nashonales se me lanzaron en preguntas heterofónicas. Ingresé a escena aturdido, había unas 150 personas. A mi derecha, unas 50 de la barra de mi Club The Strongest, “la Ultra Sur de Lanús” decía la bandera, me recibieron de pie mientras otros los silbaban; al fondo la oscuridad repleta de siluetas y cervezas latía misteriosa. A mi izquierda, familias con guaguas y todo. No fue fácil que los del fondo me tiren pelota, saqué todas mis armas posibles. Solito con mi guitarra, mis canciones transcurrían en desorden según el estado del aplauso, terminé sudando la primera parte con un enganchado de Bien le cascaremos y Por suerte soy atigrado, que hizo parar a la hinchada y, extrañamente, a los del fondo más. Al bajar del escenario se me abalanzaron todos. “Soy médico de Miraflores, fírmamelo esta polera pues”, “un mensaje para mi mamá”, “una selfie con mi wawa, don Papirri”, “por favor para Radio Kantuta, una cantadita pues”… Le pedí a Ramiro de urgencias un cuartito para sentarme un rato y me mandó arriba, a una cabinita por donde un porteño disparaba videos de morenadas. En el intermedio, una cantante peruana se desangraba en kaluyos. La segunda parte salí con Qué tal metal, convocando a niños cantores, invité a bailar mi cueca Ingratitud, la pareja de hábiles y jóvenes bailarines se quedó con la morenada Plata y Miedo y la kullawada Alaracamente. El final fue apoteósico con la Metafísica Popular, me hice rogar 10 minutos de aplausos para volver desde la cabinita. Se habían hecho las dos de la mañana como si nada.

Llegué a mi hotel extenuado, abrí una maletita que me prestó Claudia para llevar mis discos y libros: estaba intacta, se había vendido un libro y dos discos. Pero eso sí, florecían decenas de sobres inmaculados con diversos billetes argentinos de la entrada que habían pagado los hermanos bolivianos y que me daban cuerda para seguir viaje: salía en barco a Uruguay a las 10 de la mañana.

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