Hilar es un arte para entender el universo. La transformación del vellón en hilo, los movimientos constantes de la rueca y las manos, son capaces de conectar muchas lógicas y ahí está su belleza y potencia”, explica Elvira Espejo, sentada en su oficina del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef), del que es directora.
Los detalles de su oficina en el museo sintetizan la formación de esta creadora orureña, que nació en el ayllu Qaqachaka, de la provincia Abaroa: los libros y los tejidos están por todas partes. Convertir los mechones de pelo animal en hilo es el proceso que inspira su nueva exposición Jiwasan Amayusa, el pensar de nuestras filosofías— abierta hasta el 26 de julio en el Espacio Simón I. Patiño (Ecuador y Rosendo Gutiérrez)— a la que invitó a participar a la artista argentina Ana Mazzoni. Elvira, con una exhibición multimedia, y Ana, con una muestra de tejidos.
Ruecas, hilo, lana y cuencos de cerámica componen la instalación que es una de las partes de la propuesta de la también investigadora boliviana. La distribución e intervención de estos tres objetos cotidianos viene de una reflexión sobre cuánto puede aprenderse hilando.
“Al hilar despiertas no solo el cuerpo, sino la noción de lo múltiple, a partir de las sensaciones. El movimiento de la rueca, el hilo y la lana conforman una triada, es un pensamiento tridimensional, que no simplifica las cosas para que encajen solo en un punto de vista, sino en la multidisciplinariedad. El hilado puede relacionarse a la ganadería, el cuidado del medio ambiente y también el arte, por ejemplo”.
Qaput injaña (ver con la rueca); Qaput Amayuña (sentir con la rueca); Qaput amayat’aña (pensar con la rueca); Qaput Isapt Aña (escuchar con la rueca); Qaput Katuqaña (recibir con la rueca), y Qaput Sartaña (encaminar con la rueca), son sensaciones que la artista identifica en este arte, que es parte del tejido. Las tejedoras, guardianas de conocimiento que se ha alimentado por cientos de años, pasan toda su vida —desde que nacen hasta que mueren— conectadas a esta actividad.
“Sentir te hace maestra. Puedes ordenar el mundo y también entrar en un estado de profunda concentración, donde el sentir que experimentan tus dedos te instruye.
Te muestra cómo corre la sangre por tu cuerpo y da espacio para que sentimientos que no se pueden hablar se manifiesten”.
Un video ilustra las manos de una experta mientras elabora hilo, que titula sin ambigüedad Qapuñ yatiqaña o “aprender a hilar”. La energía de este arte impulsa no solo a mirar sino a aprender.
“La estética más bella, según lo europeo, es aquella en la que el estallido del color y la forma impresionan, explotan, en los ojos de los espectadores. Es superficial, mientras que aquí hay una lógica diferente, que es trascendente al objeto”. Es una acción que lleva al autoconocimiento, a aprender sobre la lana, los animales y sobre la tierra.
Uno de los subtítulos del video dice: “Chiwjamaw t’arwa (lana o vellón que se asimila a las nubes)”. El color blanco no es todo lo que los conecta. Ambos, las nubes y el vellón, cuidan a los habitantes de los Andes. Las primeras se transforman en lluvia, que permite que la tierra produzca, mientras que la vedija de lana, conforma tejidos, que abrigan del frío.
Los tejidos multicolores de Ana Mazzoni, que fusionan técnicas y texturas, contrastan con la visión de Elvira. La creadora argentina ha desarrollado su estética desde el textil, exclusivamente, desde hace más de tres décadas. Retoma elementos latinoamericanos, para enlazar murales textiles.
“El trabajo de Ana me gusta mucho. Y Como tiene una visión diferente a la que propongo, funciona para incentivar la comunicación y la autorreflexión, tanto de los visitantes de la muestra, como de nosotras como artistas”, narra Elvira.
Jiwasan Amayusa, el pensar de nuestras filosofías nace de una idea vital, reconocer que el hilado es un tipo de actividad didáctica que está en armonía con la comunidad andina. Es una manera de aprender, reflexionar y meditar, haciendo, a diferencia de la instalada con la escuela oficial.
“Este tipo de enseñanza nos colapsa. No solo por lo abstracta que es, sino porque nos enseña que todo el conocimiento y la tecnología se han desarrollado lejos. El hilado y el tejido, que se ha perfeccionado aquí por cientos de años tienen su propia aritmética, su propia lógica. Y la tecnología es una suma de experiencias, avances que toda cultura hace. Pero nos la muestra como si apareciera de la nada, en otros lugares, como algo ajeno a nosotros mismos”.
La importancia de los saberes que las maestras tejedoras pasan de forma oral, generalmente a sus descendientes mujeres, se sintetiza en una dedicatoria, que distingue su labor y trata de que las potencias filosóficas de los buenos bolivianos no pasen desapercibidas por su propio pueblo.






