Ser una mujer era una contradicción entre su cuerpo y su identidad que ya no podía soportar. Luego de años de tratar de resignarse al género que le habían asignado, el cruceño Andrea Waiss llegó a un límite en el que vivir así ya no valía el esfuerzo. Así que reunió valor y buscó información para encontrar una salida.
“Había escuchado algo sobre la operación de cambio de sexo, pero no conocía otras opciones. Cuando encontré la terapia de hormonas no tardé nada en decidirme. Entonces le conté a mi mamá que lo iba a hacer”.
Ahora, con 29 años y cerca de cinco años después de haber pasado por su transición, Andrea es parte del reparto de la película Tu me manques, del director boliviano Rodrigo Bellott, que se estrenó en cines el 22 de agosto. La cinta narra la historia de Gabriel, un joven homosexual boliviano que se suicida y las reacciones de su padre y su pareja.
“Tengo un rol muy pequeño en la película, digo una pequeña línea. Sin embargo, estoy muy feliz porque siempre quise actuar y creo que la cinta toca un tema muy importante del que aún no se habla: el suicidio”.
Desde que tuvo uso de razón, Andrea supo que algo no andaba bien. Estaba en una pelea constante contra el mundo y los comportamientos que se le imponían.
Su familia tenía un gran apego a la religión, así que había un rechazo implícito a la transexualidad. “Dios había cometido un error conmigo y soñaba con que lo enmendara. Quería despertar siendo un niño y que las sensaciones de incomodidad desaparecieran”.
La calidez y cariño de sus amigos hizo de su niñez un momento preciado. Solía vestirse y actuar como un varón sin que nadie lo cuestionara o le hiciera sentir mal.
Los momentos más duros llegaron en su adolescencia. Su familia, que siempre lo trató con amor, le pidió que tratara de adaptarse, que era él quien estaba equivocado. Pasó por 15 psicólogos para tratar de resolver esa tensión y terminó por intentar vivir como mujer.
Sus sueños de ser artista — “el escenario me llamaba, quería tocar guitarra, cantar, actuar”— no tenían sentido porque incluso haciendo aquellas cosas no estaba cómodo, no se veía como él necesitaba verse y sentirse. Buscar ropa era un suplicio igual que arreglarse, no encontraba placer en ninguna de esas cosas.
“Me transformé en un actor las 24 horas al día. La imagen que proyectaba no era similar a cómo me imaginaba yo mismo. Así que me fui transformando en un fantasma, en un ente invisible, aislado de todo y de todos, al que nadie podía tocar”.
El suicidio pasó por su mente un par de veces a lo largo del tiempo. Lo que lo apartó de ese camino fue —además del cariño que siempre estuvo cerca— la terapia hormonal. “Mi mamá al principio no estaba de acuerdo con que interviniera en el proceso hormonal natural de mi cuerpo. Pero en cuanto vio cuánto bien me hacía, cambió de opinión. Tengo mucha suerte porque estuve rodeado de gente maravillosa que me apoyó”.
En Bolivia hay muy poca información sobre este tema. Andrea tuvo suerte en acceder a médicos especializados y a terapia psicológica que lo guió durante este cambio trascendental. Profesores de su universidad tuvieron charlas tanto con sus compañeros como con otros docentes para darles información. “Mi transición resultó ser una experiencia calmada y maravillosa, donde poco a poco esa carga fue desapareciendo. Mis compañeros y mi familia me dieron muchísimo amor, lo que hizo todo mucho más fácil”, detalla.
Si bien el cambio no ha resuelto todos los problemas de Andrea, es una herramienta para que él construya una vida más feliz. La sociedad mostró su cara más amistosa y empática y demostró que sí hay esperanza para construir lazos basados en el respeto y la educación.






