No hay tiempo para las fotografías. Si las hay, tienen que ser en los pocos minutos que tienen para descansar, cuando reponen sus fuerzas con un poco de agua y comida, cuando curan sus pies quemados por el calor intenso, cuando observan el horizonte con impotencia, ante un incendio que quiere seguir viviendo para causar muerte. Así transcurrieron las jornadas de algunos bomberos voluntarios de la 2ª Compañía Santa Bárbara-La Paz, perteneciente a SAR-Bolivia, que colaboraron al mitigar el desastre de la Chiquitanía. A pesar de carecer de equipos necesarios y de robar tiempo a sus actividades, esta gente luchó para vencer al fuego devastador.
Samuel Orihuela es estudiante de Ingeniería Biomédica en la Univalle y, desde hace un año, es miembro de Santa Bárbara. Para ocultar su juventud se dejó crecer la barba, aunque se afeitará dentro de poco porque es una condición para ser bombero voluntario. Junto con Daniela Azero, Marcelo Ruelas, Darwin Jové y Marco Fuentes formó parte de la primera brigada que viajó a Santa Cruz para ayudar a apagar el incendio, que arrasó al menos 750.000 hectáreas, con la consiguiente muerte de fauna y flora.
Ante este desastre medioambiental se movilizó a 7.355 personas de todo el país, entre militares, policías y civiles, según el Ministerio de la Presidencia. En este último grupo se encuentran integrantes de la 2ª Compañía Santa Bárbara.
En La Paz suelen suceder incendios relativamente pequeños, pero en la Chiquitanía la situación era diferente, ya que podían encontrar desde pajonales de 50 centímetros de alto hasta árboles de 30 a 40 metros que se quemaban. Por esa razón, la compañía convocó a los voluntarios, con dos condiciones: que hubieran pasado el curso de apagado de incendio forestal y tuvieran cinco días de autonomía, lo que significa dejar el trabajo, la familia y otras obligaciones para ir a ayudar.
“Al asumir el compromiso de ser bomberos voluntarios estamos conscientes de que postergamos muchas cosas”, comenta Ruelas, quien cambió su traje de abogado por un uniforme de bombero. Por su parte, Samuel pidió permiso a sus padres y a sus docentes en la universidad. De esa manera partieron a las 21.15 del martes 20 agosto, en uno de los aviones que BoA y Ecojet facilitaron para los héroes. No había tiempo que perder. De la terminal aérea fueron a la estación de trenes, donde un vagón de Ferroviaria Oriental los llevó hasta San José de Chiquitos. No había tiempo que perder. Luego fueron transportados a la comunidad de Taperas, de donde recorrieron varios kilómetros hacia donde estaba el fuego. No había tiempo que perder. “Me impresionó que el sol fuera rojo y que se podía ver de frente, un fenómeno causado seguramente por el humo”, relata Samuel.
En ese momento, Marcelo tenía una mezcla de sensaciones, entre tristeza, angustia y desesperación al ver columnas de humo gigantes, además de la incógnita por saber cómo estaba la gente y pensar que los animales podían morir carbonizados, mientras las llamas avanzaban.
“El primer día fue una jornada dura porque el fuego estaba cerca de las poblaciones. Hubo mucho riesgo, pero teníamos que colaborar con el país”, afirma el venezolano Darwin Pinto, licenciado en Ciencias del Fuego y Seguridad contra Incendios, quien también se sintió frustrado cuando a los lados del camino veía los bosques antes verdes hechos ceniza.
“Eran hectáreas de incendio y, la verdad, nos veíamos reducidos. En algún momento me llegó la desesperación porque parecía que éramos pocos, pero la actitud, la necesidad de ayudar nos dio fuerzas para trabajar”, dice Ruelas. En esos momentos de impotencia se encontraron con más voluntarios, pobladores, policías, militares y bomberos de otras asociaciones, con quienes, sin conocerse, se hicieron amigos; en un ambiente agreste, con una sensación térmica entre 50 y 60 grados, y con las llamas ardiendo muy alto.
Sobraban las ganas, pese a que el equipo no era el recomendable. Llevaban cascos industriales, aquéllos que se utilizan en la construcción; al igual que sus guantes de cuero, porque su economía no les alcanza para más. “Cada quien compra lo que puede, botas de uso militar, botines de cuero, de uso industrial, pero no tenemos botas de uso forestal, que cuestan entre 180 y 250 dólares”, lamenta Ruelas. No había tiempo que perder. Pese a las adversidades se dieron modos para trabajar incluso más de lo recomendado, porque los relevos necesitaban apoyo.
En el cuartel de Achumani, los tres rememoran los momentos intensos que vivieron en la Chiquitanía, aquellos que no olvidarán, como el humo negro —probablemente causado por llantas— que se extendía en medio del bosque.
¿Te sientes héroe?. “No. Nunca me he sentido héroe, nunca me he sentido más que nadie, porque si bien elegí esto es por el don que tengo y tenemos todos, que es ayudar y servir, y no porque queramos sentirnos héroes, porque esto lo puede hacer cualquiera, es solo cuestión de interés y esfuerzo”, asevera Samuel.Cinco días para ellos fueron insuficientes porque querían seguir apoyando, pero Samuel debe retomar sus estudios, Marcelo debe recobrar a sus clientes y Darwin debe seguir buscando trabajo.






