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‘Cachín’ Antezana, un lector de vicio y oficio

Luis ‘Cachín’ Antezana está de estreno. Ha publicado hace unas semanas un nuevo libro donde se recogen más de 30 prólogos y epílogos que se configuran por sí solos como una excelente muestra de su pensamiento

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Por Ricardo Bajo
La Paz / diciembre 9, 2020
en Escape

Filólogo, gran ensayista, traductor, semiótico, “alma páter” de la crítica literaria y amigo de los libros y de las personas que los escriben: es Luis Huáscar Antezana Juárez, más y mejor conocido como “Cachín”. Doctor “honoris causa” por la Universidad Mayor de San Simón y por la UMSA, la multifacética obra de Antezana es una de las más valiosas del pensamiento boliviano. Especializado en Borges, Saenz y Zavaleta Mercado, entre muchos otros, “Cachín” escribe de literatura, arte, sociología, fútbol, gastronomía…: nada humano le es ajeno. El historiador y editor Alfredo Ballerstaerdt G. dice que Antezana escribe porque lee: la literatura como escritura de una lectura. Pero si algo es “Cachín” es humilde y querendón de sus cuates: “no te olvides, por favor, destacar el trabajo de investigación, compilación y edición de Alfredo, quien, en rigor, es el autor de este libro. Los textos compilados son míos, sí, pero la labor de reunirlos, encontrarlos, en fin, articularlos, es suya”.

El libro mencionado es Prólogos y epílogos: seguido de un post-scriptum (Plural editores) donde se recoge más de 30 “paratextos” sobre una variopinta gama de autores desde Almaraz a Man Césped, de Quevedo a Jesús Lara, de Silvia Rivera a Fernando Mayorga, de Cerruto a Wiethuchter, de René Moreno a David Mondacca, de Edmundo Paz Soldán a Adolfo Cárdenas y Shimose. Si tuviésemos que destacar alguno serían estos cuatros: el prólogo al Diario histórico de José “Tambor” Santos Vargas, a Sangre de mestizos de Céspedes, a la Obra poética de Rubén Vargas Portugal y la sabrosa Breve biografía literaria de Santiago Blanco. La buena nueva también es la excusa perfecta para charlar con “Cachín”, entre partido de fútbol y partido de fútbol.

— Sostiene Leonardo García Pabón, autor del prólogo, que eres uno de los mayores pensadores de Bolivia. Y añade que tu posición “secundaria/modesta es tu fortaleza/grandeza”. ¿Cuáles son las coordenadas de tu pensamiento?

— No creo que tengo coordenadas, solo instrumentos. Instrumentos afines a mi formación profesional, derivados del análisis del lenguaje, en general, y del análisis literario, en particular. Si digo que no tengo coordenadas es porque desconfío de las demostraciones y prefiero las búsquedas: prefiero el conjetural “Quizá esto funciona así” al demostrativo “Esto es así”. Eso lo aprendí de una anécdota epistemológica: de noche, en una calle particularmente oscura, un borrachito pierde sus llaves al tratar de entrar a su casa. Un par de horas después, un amigo lo encuentra buscando sus llaves en el suelo iluminado de la otra esquina. La moraleja es sencilla: hay cosas que están en otra parte y no necesariamente la luz (conocida) de las teorías o los métodos las ilumina. A menudo, hay que intentar buscar en otras partes, pese a la oscuridad. (Seguramente, esta anécdota le hubiera gustado a Jaime Saenz).

—¿Cómo operas a la hora de desvelar los sentidos, de relacionar y articular diferentes mundos —el literario, el social, el futbolero— para poseer esa mirada tuya, tan analítica, profunda y pasional a la vez?

—He tocado esos tres mundos, pero, con diferentes grados de frecuencia. De lejos, la literatura ha sido —y es— el más frecuentado, luego vendrían, en menor medida, el fútbol y lo social. En todos los casos, sin embargo, se trataría de analizar discursos que ahí se emiten. Asumo que son lenguajes y, al estudiarlos, en mi caso, no me pregunto tanto qué dicen (¿qué dicen los libros literarios, qué dicen los partidos de fútbol, qué dicen los discursos sociales?) sino, más simplemente, me pregunto por el cómo. No el qué sino el cómo. Y, ahí, en lo posible, siguiendo cómo se dicen esas sus “palabras”, intento comunicar, a su vez, lo que he logrado discernir. Eso sí, nunca pretendo haber entendido todo lo que dicen, porque, por principio, se sabe que su diversidad es irreductible. Nadie mejor que los futboleros para saber que un mismo partido visto (“dicho”) por un hincha del Strongest no es el mismo que el visto (“dicho”) por un hincha del Bolívar…

— Has dicho alguna vez que eres un simple laboratorista, que el verdadero crítico es el doctor, al que “acompañas” con los resultados fríos del laboratorio. ¿Cómo eliges las pruebas a analizar? En el libro mencionas que muchos de los textos son encargos personales y otros institucionales pero ¿dónde quedan las pruebas que uno busca para analizar?

— A eso iba, al analizar el cómo dicen los discursos no “diagnostico” el qué dicen, eso les corresponde a los “doctores”, a los intérpretes, a los hermeneutas. Como lector de vicio y oficio, si algo me llama la atención, lo que implica que me sugiere más dudas y preguntas que respuestas, entonces, no me queda más remedio que tratar de llenar esos vacíos, analizando más al detalle el libro en cuestión.  ¿Pruebas? En el caso de Prólogos y epílogos, supongo, estas estarían en los libros prologados o epilogados. Es tarea del lector leer esos libros y decidir si lo que propuse tenía o no algún sentido.  

— Entiendes el fútbol como un hecho estético y placentero. ¿Se puede gozar con el fútbol boliviano? ¿O es más “fácil” para lograr el placer sumergirse en la televisión y llegar al disfrute con las grandes figuras y los grandes partidos internacionales?

—Para los hinchas, en el sentido fuerte del término (“fanático”, tifoso), no hay problemas de —goce o sufrimiento— con cualquier fútbol local. Si no eres tan fanático, hoy en día, desde que existe la televisión por cable, puedes gozar —o sufrir— casi a todo nivel, desde local hasta universal. Y, desde ya, lo local y lo universal no necesariamente se excluyen: en el mejor de los casos, se complementan como cuando (1993) una selección local se clasifica para un Mundial…

—Somos “seres de lenguaje”, dices. Y añades que sientes un amor por la escritura misma ligada a una admiración por el escritor mismo. Eso se te llevó a escribir junto a Gonzalo Lema la biografía de su detective Santiago Blanco. ¿Cómo nació esa colaboración tan sabrosa —“avatar ficcional”— donde hay mucho fútbol y gastronomía? ¿Con qué otro escritor nacional y/o extranjero te imaginas escribiendo a cuatro manos o te hubiese gustado hacerlo en el caso de los escritores muertos? No vale decir Borges.

—Con Borges no se hubiera podido, despreciaba el fútbol. Cuando Plural editores estaba por publicar la Saga de Santiago Blanco, con Gonzalo, acordamos una entrevista sobre la vida (literaria) de su detective y, claro, ahí no podía faltar la gastronomía, en primer lugar, junto al fútbol y la literatura, en menor medida. El resultado fue esa biografía literaria, como dices, “a cuatro manos”. Sin dejar el tema policial, creo que algo así se podría hacer con Manuel Vázquez Montalbán y su detective Pepe Carvalho. Aunque quizá no sería fácil de hablar sobre literatura, pues, Carvalho tiende a quemar sus libros, sería fácil hablar de fútbol y gastronomía. Vázquez Montalbán ha publicado hasta dos libros sobre las comidas que gusta su detective, son dos libros de recetas culinarias sacadas precisamente de sus novelas policiales. Por el lado del fútbol, Pepe Carvalho ha sido guardaespaldas de un centro delantero internacional en la novela El delantero centro fue asesinado al atardecer. Sí, creo que con Manolo Vázquez Montalbán habría sido fácil de hablar sobre gastronomía y fútbol, en este caso, muy probablemente, con el F.C. Barcelona, como tema privilegiado.

—Eres un ferviente creyente que la Bolivia moderna se constituyó en/por la guerra del Chaco. Hay ciertas miradas —la última, la película Chacode Diego Mondaca, de estreno online y en cines estos días— que desmitifica ese lugar común de crisol de razas y clases de la guerra, de aventura épica. ¿Cómo ves esas nuevas miradas alejadas del romanticismo y el maniqueísmo que se fijan más en las diferencias de clase, raza y en los privilegios?

—Sí, creo que la Guerra del Chaco tuvo —y tiene— una significativa importancia para entender la Bolivia del siglo XX, y, por irradiación, aún ayuda en el siglo XXI. Importa poco si se la valora positiva o negativamente, lo que importa es su permanente y hasta curiosa (¿inquietante?) presencia, notablemente, en la cultura. La película que mencionas es, precisamente, una prueba de ello: en pleno siglo XXI —¡online!— su presencia cultural no cesa. La narrativa no ha cesado de tratar ese tema desde Aluvión de fuego (1935) de Cerruto hasta nuestros días. Pese a su frecuencia, seguro que, como se dice, aún queda mucha tela por cortar.

—Los acontecimientos del año pasado —golpe para algunos, revolución ciudadana para otros— son dos lecturas polarizadas de un mismo hecho. ¿Cómo hacer para construir un país para todos sin caer en la grieta, en el racismo, en el odio, en la invisibilización del otro?

—Esa pregunta habría que hacerla no a los políticos (que, probablemente, solo repetirían sus consignas) sino, tal vez, a los politólogos. En mi caso, me quedo con la sugerencia de Bob Dylan: “La respuesta, mi amigo, está volando en el viento”.

—¿Qué libros estás leyendo ahorita?

—Los últimos años no he dejado de leer novelas policiales, pero, “ahorita”, alterno la lectura de un diario de Werner Herzog (Conquista de lo inútil, 2013) sobre los avatares de la filmación de su Fitzcarraldo en la Amazonia con una novela del Nobel (1988) egipcio Maguib Mahfouz, Karnak Café (2007). En ambas lecturas estoy a medio camino, pero, cada una por su lado, me pide seguirlas hasta el fin. Ya sabré.

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‘Cachín’ Antezana junto a Fernando Mayorga y Sergio Villena. Foto: Fernando Mayorga

La piel de los tigres

No he verificado el hecho, pero se dice que “Cañada Strongest” debe su nombre a los jugadores aurinegros que ahí combatieron. Obviamente, real o míticamente, la tradicional “garra del Tigre” estaría ahí no solamente simbolizada sino, sobre todo, integrada en la memoria colectiva de todos aquellos que viven por acá y que, claro, no olvidan al fútbol como parte de su manera de entender el mundo —imagino que, no muy lejos de la batalla, una banda militar, dirigida por Adrián Patiño, estaría tocando Chayñita(1930), el himno que precisamente Patiño compuso para su equipo y que seguro no dejó de interpretar mientras servía en el Chaco. Durante sus cien años, The Strongest ha escrito muchas páginas como esas, parte, reitero, de las realidades y ficciones con las que se construye eso que llamamos cultura o sociedad. No es arbitrario que, en su Centenario y por medio de esta compilación de cuentos y relatos, otras páginas —esas que escribe la literatura— acompañen a las otras que el club ha escrito a lo largo de su historia.

Un escritor, totalmente ajeno al fútbol, no sabía que, pese a sus distancias, escribía para The Strongest. (Es que, desde niño, este escritor ya adoraba los tigres). Cuando quiso imaginar cómo Dios había escrito su nombre en la naturaleza, sólo pudo pensar que éste se encontraba —cifrado, escondido— en la piel de los tigres. La naturaleza invencible de ese ser le garantizaba que su verdadero nombre, gracias a este tejido de trazos negros sobre un horizonte amarillo, no se perdería nunca; sabía, obviamente, que “el más fuerte” no sería jamás vencido. Lo que el escritor no sabía es que ese mensaje también podría desplazarse hacia una cancha de fútbol —sobre todo, cuando ésta se encuentra muy cerca del cielo—. (¿Será por eso, dicho sea de paso, que el rival más tenaz del Tigre es Bolívar?). Quizá. En todo caso, ya van otros cien años y, con distintos tigres, de selva o de montaña, de historia, fútbol o literatura, el mensaje sigue y perdura.

*Este epílogo no forma parte del libro citado. Fue escrito en 2008 para “Warisakaya, cuentos stronguistas”, editorial Gente Común.

en tendencia: Reportajes Escape‘Cachín’ Antezana

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