Lo primero que se siente al entrar al Centro Cultural Thelonious son las miradas de músicos desde las paredes. En varias fotos están capturadas figuras nacionales como Juan Andrés Palacios, Álvaro Montenegro, Juan Pereira y Carla Casanovas, entre otros; también están leyendas de otros países como Duke Deagan, Miles Davies y, por supuesto, Thelonious Monk.
El jazz es y va a ser la bandera del Thelonious. Siempre. En 2016, cuando todavía era conocido como Thelonious Jazz Club, tuvo que cerrar sus puertas tras 18 años como el espacio alternativo para los amantes de ese género musical. El bar se fue con una última sesión musical, el jam final, donde muchos músicos que pasaron por la historia del inmueble de la avenida 20 de Octubre N° 2172 se despidieron usando sus instrumentos.
Dos años después, llegó Juan Carlos Carrasco con la intención de revivir Thelonious, pero ya no como el bar que se erigía donde ahora hay un edificio, sino como un centro cultural ubicado en la Avenida del Libertador N° 2998, en San Jorge, casi frente a la casa presidencial.
Dos años más tarde, y después de una crisis política y de una pandemia, Carrasco continúa con su centro cultural. De estatura media, barba canosa y lleno de energía, el encargado del Thelonious ha decidido que éste será su retiro. Su vejez la quiere dedicar al centro cultural.
“Para mí, es un premio en mi retiro. Porque retirarse no es ‘no trabajar’, para mí retirarse es no estresarme. He vivido mucho estrés y esto no me estresa”, dice mientras extiende sus manos, presumiendo claras señas de trabajo de albañilería que sigue realizando para renovar el lugar.
Cuando Thelonious se reinventó en San Jorge, tuvo que asentarse en una casa antigua, llena de ambientes chicos y columnas por doquier. Los escenarios, los espacios, casi todo se sentía improvisado, pero igual el lugar se mantuvo sólido. Al menos, hasta que el tiempo terminó de podrir algunas vigas de madera mojada. Comenzaba junio, pero de 2020. La cuarentena estaba en su punto más severo y Carrasco ya pensaba en instalar un sistema de streaming para adaptar al Thelonious a la nueva realidad, cuando el techo del centro cultural se derrumbó.
“Pasó eso y me vino la locura. Un amigo arquitecto me dijo que había que quitar las vigas y que muchas columnas estaban de más. Así que me concentré en reconstruir todo esto, pero se me fue la mano”.
Aprovechando para despejar el ambiente principal, Carrasco procedió a arreglar los baños, después las ventanas y luego todo lo demás. Las remodelaciones cambiaron el esqueleto antiguo y lo convirtieron en un rincón de arte y estética.
Todo tiene que ser un show
Tras la entusiasta renovación, el Centro Cultural Thelonious ahora cuenta con dos escenarios y cuatro ambientes, todos decorados con reliquias, cachivaches e íconos de la historia del Thelonious, pero de la de Juan Carlos Carrasco también.
Por eso el escenario principal es un homenaje al bar que alguna vez fue Thelonious. Ahí, cubriendo cada espacio vacío de pared, están los cuadros con las miradas de todos esos artistas que pisaron, o no, la historia del que ahora ostenta una licencia de centro cultural. Ahí también está el escenario principal, las cámaras para el streaming, varias mesas, una oficina con su propia isla de edición y la barra donde estudiantes y egresados de la Escuela de Bartenders irán a hacer de este servicio un espectáculo.
“Todo es un show. Todo tiene que serlo, donde mires tiene que ser una rica experiencia”, asevera Carrasco.
Bajando las gradas, que funcionarán de mini galería de cuadros y esculturas, se llega a un ambiente que se conecta a la cocina, a los baños, al lounge-balcón y al micro teatro Rosa Fernández, nombrado en honor de la abuela de Carrasco.
Este espacio tiene un aforo para un máximo de 15 personas y es de uso gratuito para los artistas. “Pueden usarlo para ensayos o presentaciones por las que pueden cobrar o no una entrada, depende de ellos”, agrega el gestor.
Al lado, en el lounge-balcón, resalta el área abierta con vista hacia la avenida Kantutani. Una estufa mantiene el ambiente amigable, mientras el viento le da otro aire a este amplio balcón equipado con un televisor que muestra lo que está sucediendo en el escenario principal. El lounge también cuenta con un sistema de sonido capaz de aislar este ambiente de todo lo que sucede en los demás. Una pequeña ventana lo conecta con el teatro, para que siempre se pueda ver qué está sucediendo en el escenario.
Abajo hay una sala de ensayos aún por trabajar, que tendrá sus propias batería y teclado. Al lado, una cocina enorme y bien equipada en la que Diego Vega, exchef de Fenómeno, trabaja en la propuesta gastronómica de Thelonious.
Pero lo que le da su propia estética a este esqueleto remodelado es la decoración: mesas antiguas, guitarras, radios clásicas, fotos en blanco y negro, un cuadro de Gastón Ugalde— y otros elementos que en alguna época fueron los adornos usuales en cada casa de Sopocachi.
“Yo siempre he sido fanático de los cachivaches. Son íconos de respeto a tu identidad. Tengo miles, así que me puse a seleccionarlos para decorar, pensando en poner un teléfono (antiguo) al lado de un celular, que es también una estética”.
Buscando nuevas miradas
La crisis política dejó su huella en Carrasco. Decepcionado, buscó un proyecto donde pudiera ser enterrado y al hacerlo recordó su niñez siendo arrastrado de aquí para allá por su abuelita, Rosa Fernández, directora de teatro, poeta y parte del movimiento Gesta Bárbara. Ella lo inició en los temas sobre el arte y la cultura. Carrasco creció, se independizó y se dedicó a los negocios. Con la cadena de licorerías Oasis, la fábrica de hielos Blueice, las industrias alimenticias Dely, el semanario TVO News, el canal de espectáculo TVO, la Sopería, entre otros nombres en su historia, Carrasco pasó mucho tiempo dedicado a sus empresas. También se casó, tuvo hijos y sus hijos también se casaron. Así que ahora desea retornar a las andanzas con su abuelita y apoyar la cultura mediante el nuevo Thelonious.
“No me interesa hacerme rico. Me interesa que la gente venga y disfrute de los músicos. Que les den dinero a los artistas, que generen que la cultura se mueva”.
Proyectos no le faltan. Un hostal para músicos y artistas, planes para expandir la oferta gastronómica del centro cultural, ideas para atraer nuevos estilos de música como conciertos acústicos de baladas metal. Tampoco le faltan nombres para impulsar este esfuerzo: planea trabajar con artistas como Efecto Mandarina, Gustavo Orihuela, la Big Band, los Gatos del Agro, Valeria Müller o David Mondacca.
Con ellos, Carrasco espera inspirar a que la gente visite el lugar y que, eventualmente, más artistas jóvenes escuchen sobre este emprendimiento y, sin importar su arte o estilo, se unan al movimiento, aprovechen la oportunidad de crear, ensayar o tomar el escenario para que un día ellos también puedan mirar a los visitantes desde las paredes del centro cultural.
“Lo estoy haciendo todo sin plata, prestándome, retirado y viejo. ¿Cómo no podría hacer lo mismo cualquier ente gubernamental, empresa, banco o institución? Espero ser un ejemplo de que los privados podemos manejar cultura, pero siempre pensando en el prójimo”.
La meta es crear un movimiento donde los artistas puedan hacer programas, presentar obras, ensayar con sus bandas, pero también comer, beber, escuchar música, siempre rodeados de otros artistas.
“Ahora el Presidente vive frente a un centro cultural”, sentencia Carrasco. Él y el Thelonious están ahí, esperando a que los artistas que quieran encontrar nuevas formas de crecer y oportunidades se acerquen hasta San Jorge para buscarlas.






