Vértigo es la primera sensación que genera una serie de pequeñas viviendas de ladrillo que se mantienen de pie, pese al desafiante abismo que parece arrastrarlas hacia el vacío en la avenida Panorámica de Villa Dolores, El Alto. En estos espacios trabajan chifleras, maestros espiritistas y artesanos, los últimos son escasos porque el lugar se caracteriza por atraer a clientela que busca respuestas en lo esotérico a problemas de amor, salud y dinero.
“Es como si la tienda flotara, abajo está el barranco, pero esto nos da una buena energía. Nos levanta de todo, hasta de la envidia. La Pachamama, el Tío, la Tía y el Ángel de la Guarda nos protegen, por eso tenemos un cuadrito aquí”, explica Silvia Chambi, de 30 años, quien tiene una tienda de productos esotéricos como velas, figuras, amarres, mesas y otros.
Mirando el lugar desde una de las líneas de Mi Teleférico, es inevitable pensar que éstas infraestructuras de ladrillo están suspendidas en el aire, pues así parece.
La mujer agrega que lo que menos hay es temor de estar al borde del abismo. “Desde niña vendo aquí y vienen comerciantes, mineros, empresarios y políticos a llevarse algún objeto que ofrezco para dar gracias a la Pachamama y pedir abundancia y prosperidad”, dice y recalca que noviembre es el mes de las almas y de curaciones de maldiciones, por lo que el lugar es concurrido. “Sacamos malas vibras”.
La chiflera permite que el fotógrafo de este medio ingrese a la parte trasera de la construcción y tome una foto. Es imposible no experimentar un vahído ante la profundidad imponente que se observa.
El humo de las k’oas y mesas que se ofrendan en el lugar trae un aroma a yerbas quemadas y palo santo. Los fuegos dan un aire místico a la planicie, donde además hay figuras de piedra como sapos que simbolizan fertilidad y prosperidad.
Nazario Charcas es sombrerero y trabaja en este mismo lugar, un par de casetas más adelante de la chiflería. “Yo reparo y plancho sombreros desde Bs 30 hasta Bs 70, según lo que se precise. Estoy unos 30 años en el lugar y antes este sitio era diferente porque casi todos éramos artesanos. Después llegó la moda de los brujos, ganan más y se llenó de ellos. A mí me molesta el humo y cenizas de las k’oas porque la gente ya no quiere dejar sus sombreros, pero sigo aquí porque tengo clientes fijos. Además, hay sombreros chinos baratos que arruinan el negocio porque uno bueno vale hasta Bs 5.000”, cuenta mientras coloca las piezas en moldes.
Charcas, de 58 años, rememora que décadas atrás sus vecinos eran cerrajeros, anafreros y carpinteros. “Entré de jovencito a trabajar como ayudante a una sombrerería en Viacha. Aprendí, me independicé y llegué aquí para trabajar”.
Antonio Quispe Chipana observa el abismo desde una puerta, que se conecta al vacío, con la que cuenta la habitación donde ofrece sus servicios de yatiri. “Espero a los clientes”, enfatiza el hombre de 84 años de edad, quien además narra que le cayó un rayo y que eso cambió su estado, tornándolo psíquico a los 55 años.
DESAFIAR LA GRAVEDAD
No es el único que asegura esto, la mayoría de estos brujos o adivinos aseguran ser especiales y elegidos para ejercer el oficio mágico. “Para ser yatiri hay que ser especial y tener una marca como los que nacen con seis dedos, con más de dos pezones, los que nacen de pie o a quienes les cae el rayo. Ellos deben servir a la Pachamama”, explica un amauta que pide que se lo llame Rayo de Fuego. Lo que dice no es ajeno a lo que rezan los carteles en el lugar donde cada caseta ofrece servicios mágicos y destaca el poder de los brujos. La razón de los asentamientos en este sitio se debe a que están identificados como lugares sagrados en la cultura andina y son llamados wak’as, sitios para manifestaciones espirituales desde tiempos precolombinos que emanarían energías que los hacen poderosos. Además, este lugar es geográficamente la línea fronteriza entre las ciudades de La Paz y El Alto.
En este sitio también se ubica un monumento de un Sagrado Corazón de Jesús y, según varios yatiris del lugar, debajo de él se encuentra enterrado el corazón del líder indígena Julián Apaza Nina, conocido por el cerco a La Paz en 1781 y llamado por su nombre de guerra, Tupac Katari. Todo es místico por donde se mire.
Al caminar por las calles que albergan a la centena de casetas, en cada puesto las imágenes no dejan de sorprender con cráneos de calaveras a las que les prenden velas de diferentes colores —incluso las hay negras—, flores ante imágenes de santos del imaginario católico o animales animados que simbolizan éxito en lo material y también en lo amoroso.
Los entrevistados aseguran que lo que menos les preocupa es caer al precipicio ante un deslizamiento. Más les preocupa la inseguridad de esta zona roja, que en las noches se convierte en tierra de nadie ante la delincuencia. “Yo no solo trabajo sino que duermo aquí, pero temo mucho por lo que se escucha afuera y tranco bien esta puerta de metal porque uno no sabe lo que puede pasar si se entran a robar”, advierte Rayo de Fuego, quien en la habitación de 3×3 metros tiene una cama cerca de la mesa donde lee coca y naipes.
Las personas que trabajan en este lugar indican que una ordenanza municipal es la que les permitió asentarse en esta concurrida avenida y levantar estas viviendas.
Para los valientes sin vértigo tener una vivienda encaramada al filo del precipicio no tiene nada de extraordinario. “Lo más duro fue la cuarentena rígida, porque nosotros vivimos de esto y cuando nadie podía salir no había ingresos y pasamos hambre”, narra Rayo de Fuego, quien además asegura que no es casualidad que ellos estén al borde del abismo.
“En la magia todo es simbólico. Estar cerca del vacío de un abismo sin caer quizá simboliza lo que es Bolivia, donde lo imposible sí es posible”, sentencia.






