En la ciudad de El Alto no hay muchas opciones para tomar un café en un lugar rodeado de cultura, buenos libros y mejor onda, especialmente más allá de Ciudad Satélite. En apenas siete días, el lunes 22, se inaugurará Amta Café Cultural, un espacio donde se podrá aprender el arte del té, degustar gastronomía/pastelería creativa con insumos bolivianos y apuntarse a talleres y escapadas fotográficas/turísticas. ¿Y la yapa? La Biblioteca Popular “Crispín Portugal” abrirá sus puertas con un servicio gratuito de libros, donados en las últimas semanas por lectores particulares y por editoriales como Sobras Selectas, Yerba Mala Cartonera y 3.600.
Detrás de la idea están las hermanas Chuquimia Ramírez, Rosmery y Lizeth, dos jóvenes que llevan el emprendimiento y la cultura corriendo por sus venas. Provenientes de una familia de ocho hermanos, la jovial Lizeth es egresada de Hostelería y especialista en gastronomía/pastelería creativa e integra el poderoso equipo de los fogones (“team Amta”) junto con Carolina Grundy, Liz Ramírez, Jimena Alarcón Catari e Ivannita Alcázar. Rosmery, dedicada hasta hace poco a la venta de ropa americana en Villa Exaltación, es la fotógrafa, diseñadora gráfica (de la carrera de la UMSA) y “alma máter” del espacio. “Empezar de nuevo es un derecho que nadie debe negarse”, dice parafraseando a la escritora Maritere Lee.
La barista y catadora de café/té es Yésica Huanca. “Es increíble que en todas las capitales de departamento y ciudades grandes de Bolivia, todas las franquicias de cafetería tengan sucursales, excepto en El Alto. Recién una marca conocida de café colombiano ha abierto su primera tienda frente a Derechos Reales y en la calle 2 hay también un restaurante de nueva cocina pero luego nada más, ¿acaso los alteños y alteñas no sabemos consumir?”, reclama Rosmery, “Rous” para las amistades.

Amta, que significa recuerdo en aymara, llega para aunar sinergias colectivas, para tejer juntos, para ofrecer alternativas culturales y creativas a toda la juventud alteña. El primer fin de semana de febrero una salida fotográfica a Isla Tortuga/Comunidad Sisasani en el lago Titicaca sobrepasó todas las expectativas y reunió a 38 personas que comenzaron a zambullirse en el mundo de la fotografía de paisaje, de retrato y de gastronomía con la ayuda de tres profesores, la propia Rosmery, Nery Mayta y Silvana Quenta.
La Biblioteca Popular “Crispín Portugal” es el “cherry” sobre la torta. El espacio ya ha recogido y recibido la donación de más de 1.500 libros y espera pronto llegar a los 5.000. La iniciativa —y el propio nombre en homenaje al escritor alteño, fallecido en 2007 y fundador de la editorial Yerba Mala Cartonera— está a cargo del literato Daniel Averanga Montiel, cuyo hermano Hugo también da una mano en la parte artística pintando murales en el interior y exterior del propio café, sito en la Avenida Juan Pablo II, muy cerca de la Fuerza Aérea Boliviana, zona Ferropetrol.
La Biblioteca Popular, que trabajará con escuelas fiscales alteñas (especialmente con los colegios periurbanos), estará abierta a todo público, prestará y también venderá libros, así como ofrecerá la chance del trueque de títulos. Actualmente está a la búsqueda de un(a) bibliotecario(a) que pueda hacerse cargo y sumarse a este colectivo de una docena de hombres y mujeres entusiastas. La invitación de la Biblioteca “Crispín Portugal Chávez” también se extiende a todos los escritores y escritoras de El Alto y La Paz junto con editoriales comerciales y sellos independientes que quieran presentar sus novedades o impartir talleres de escritura/lectura. La próxima apertura de clases de cocina creativa, un taller de audiovisuales y otro de papel artesanal vislumbran también la posibilidad de elaboración de libros cartoneros con un taller de encuadernación, ahora que la Yerba Mala Cartonera se mudó —hace años— de su cuna alteña a la ciudad de Cochabamba.

El editor y librero alteño Alexis Argüello, al frente de Sobras Selectas, recuerda la corta y triste vida de las bibliotecas alteñas: “Recuerdo que por los años 2001 o 2002 se trató de equipar una primera biblioteca municipal sobre la avenida 6 de Marzo, entre calles 1 y 2, por iniciativa del Consejo de la Juventud. Cosa que al final quedó en nada porque a las autoridades municipales nunca les importó tal cosa. A casi nadie, en realidad. El par de bibliotecas barriales que conozco en El Alto están dentro de las juntas de vecinos. La del barrio al que llamo mío, Santiago II, funciona muy a medias. La del barrio en que ahora viven mis padres, Villa Bolívar D, está siendo remodelada mientras los libros están no sé dónde. La biblioteca privada más importante de El Alto, la de Jhonny Fernández, ahora está en Quillacollo. Queda mucho por hacer sobre las bibliotecas privadas y barriales en El Alto, incluso sobre los lugares de venta de libros, la llamada Riel en la feria 16 de Julio o las asociaciones de libreros Tupac Katari, Rincón Cultural, Chasquis”.
Antes de que las puertas del Amta Café Cultural se abran, el espacio autogestionado ha estado funcionando para recaudar fondos con gastronomía “delivery” con todo tipo de delicias, especialmente las mermeladas caseras, especialidad de la casa. “En nuestro hogar familiar, mi mamá y todos los hermanos siempre están haciendo cosas, arrancado negocios e iniciativas, prestándose del banco para levantar proyectos. Está prohibido quedarse parada viendo tele, el café cultural y la biblioteca es algo pequeño de momento, pero confiamos en unos años tejer relaciones con otros espacios como la Wayna Tambo, el Teatro Trono y montar una telaraña de culturas vivas y comunidad para colaborarnos entre todos y todas y presentar libros, actividades, charlas, talleres… Nos falta en El Alto movernos más, innovar más”, dice Rosmery mientras acaricia al guardián y amo de todo, Don Camilo, un perro negro, celoso y peludo.
Por supuesto que el camino de la autogestión se demuestra andando y así, en modo “ayni”, las que arman los banquitos dejan unas plantitas/macetas que cuelgan de la pared; los que barnizan y pintan comen delicioso y beben chela artesanal (todo en trueque); todos y todas van detrás de una utopía: reproducir más “amta cafés culturales” por otros barrios y trabajar de cerca con la niñez de la urbe alteña.
Mientras charlamos, frente a Rosmery y Lizeth, cuatro compañeros y compañeras —Fernando Alanoca, Andrea Molina, Hugo Averanga y el joven muralista venezolano Miranda— charlan sobre arte mientras hacen un descanso en el mural que adorna la entrada del café-biblioteca. En un rato más, van a estar todos almorzando una deliciosa y humeante sopa de verduras con quinua. El Amta Café Cultural late en lo más alto de sus corazones.






