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El escuadrón suicida

Gunn arriesgó ponerse a la cabeza de un elenco casi desconocido, salvo uno que otro nombre, y la prescindible inclusión de Stallone

El escuadrón suicida
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Por Pedro Susz K.
La Paz / agosto 15, 2021
en Escape

CINE

Sería un error mayúsculo emprender el escrutinio de este segundo capítulo comparándolo con el primero, un bodrio monumental perpetrado en 2016 por David Ayer, puesto que aventajar semejante desatino —uno de los peores dentro de la epidemia de los superhéroes trasladados del cómic a la pantalla, coincidieron buena parte de las recensiones, siendo que alcanzar semejante sitial no era sencillo, pues los mamarrachos abundan en la materia—, no demandaba ninguna proeza. En todo caso James Gunn, guionista y director de la nueva entrega pareció haber considerado pertinente aplicar la sentencia popular: borrón y cuenta nueva, si bien por momentos de la radicalidad de los retoques, o las enmiendas puede tomarse ejemplo con lo decidido respecto al título, agregándole el artículo The (“El”), añadido que pasará desde luego desapercibido para el 99,99% de los insaciables consumidores de estas franquicias, lo mismo que el nombre de Pacemaker (El pacificador) impuesto a uno de los más despiadados protagonistas de la película.

Gunn aceptó hacerse cargo de revivir la, puesta al borde del nocaut, franquicia por encargo de DC Comics luego de ser eyectado de Marvel como penalización por sus, dizque desmadrados, comentarios en las redes —no deja de ser curioso que recién los ejecutivos de DC se sintieran molestos con los tweets colgados hace buen rato por su empleado mofándose del 11 de septiembre, la pedofilia, las violaciones y el Holocausto—, y no obstante haber aportado a engordar las arcas de aquella con dos bombazos taquilleros: Guardianes de la Galaxia (2014) y Guardianes de la Galaxia 2 (2017).

Tras la anterior fallida misión del Escuadrón suicida, en una propuesta fílmica ídem, se dijo, el grupo, ahora compuesto por otros integrantes, reclutados de una prisión para llevar a cabo la misión secreta que les encomienda Amanda, la directora del centro de reclusión a cambio de rebajar sus condenas, desembarca en una imaginaria isla sudamericana de nombre Corto Maltese. Esta se encuentra gobernada por sanguinarios dictadores castrenses a los cuales se enfrentan los guerrilleros del lugar, mientras entremedio circula un grupo de científicos lunáticos obstinados en dar vida a tremebundas criaturas paridas en un laboratorio experimental considerado por la “potencia del norte” como un peligro para su seguridad nacional. La tarea de los llegados a esa tierra ajena es poner orden, alusión nada sutil a las incontables intervenciones norteamericanas a su “patio trasero”, si bien las varias materias desperdigadas en la, por demás, inflada trama quedan, casi todas, en esbozos malversados por el apuro de Gunn para explayar fieros combates y carnicerías a granel.

El cinéfilo memorioso detectará múltiples referencias a Doce del patíbulo (Robert Aldrich/1967) aun cuando no queda claro, nada queda claro en el divertimento ensayado por Gunn, si se trata de un tributo al trabajo de Aldrich, protagonizado por Charles Bronson, Lee Marvin, Ernest Borgnine, Telly Savalas y otras figuras prominentes de los géneros bélico y de acción, o si la idea fue ironizar, por doble partida: acerca del verdadero papel de los héroes insistentemente glorificados por el cine estadounidense en apoyo a la exaltación de su mesiánico papel como guardián planetario, tarea que Hollywood asumió, y continúa llevando a cabo, con perseverante empeño a la cabeza de la industria del entretenimiento.

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El gusto de Gunn por un estilo de puesta en imagen escorado hacia la brutalidad explícita ya había quedado indisimulablemente puesto en evidencia en Guardianes de la Galaxia. Viene en realidad desde sus primeros trabajos a mediados de los años 60 como guionista, más tarde director, y en ocasiones actor, para Troma Entertainment, productora independiente especializada en la hechura de películas de terror clase Z caracterizadas por sus bajos presupuestos y sus altas dosis de sexo, violencia y sangre. Pero en la oportunidad es llevada al paroxismo describiendo las andanzas de este pelotón de antisuperhéroes, en verdad una banda de villanos psicópatas resueltos a salirse con la suya sin escrúpulo alguno a la hora de utilizar los procedimientos más siniestros para conseguirlo en el nombre postizo de la libertad y la democracia.

No obstante el obstinado, por lo demás en exceso obvio, empeño de Gunn para exhibirse radicalmente contrario a los lugares comunes connotados recurrentemente por las anécdotas de estas historietas filmadas, al igual que frente a los aderezos oportunistas que comienzan a proliferar, sobre todo los guiños de supuesta complicidad con los reclamos feministas, el director no pudo, o no supo, dar con el modo de zafar por entero de unos y otros. Ocurre, para dar un ejemplo, con el abordaje dispensado al personaje de Harley Quinn, indiscernible de los tropos concernientes a princesas rebeladas o esposas hastiadas.

El déficit mayor está empero en la descontrolada acumulación de chistes y humoradas de todo calibre y de todos los tonos, desde los más oscuros hasta la bufonada rústica, que distraen al director, (y empachan al espectador), de su responsabilidad primaria: construir una historia, algo muy diferente a sumar momentos más o menos divertidos. Los personajes no terminan de tomar cuerpo y quedan encajonados en los estereotipos. ¿Será que Gunn consideró esa una pérdida de tiempo dado que, como el título indica, están destinados a terminar como kamikazes? Las situaciones se resuelven a patadas, varias literalmente, y la construcción dramática semeja mucho más la de cualquier serial televisiva que la de una obra fílmica.

Si se pudiera identificar alguna elección estética, una marca autoral digamos, por parte de Gunn podría elegirse el caos, amasado en partes iguales con la desmesura y el toqueteo sensorial al respetable confrontado con un espectáculo extremadamente bestial montado sobre un despliegue de cantidades navegables de sangre, así como de la exposición ininterrumpida de cuerpos desmembrados, de cabezas reventadas y de tripas desparramadas por doquier. 

Desde ya que Sebastian, la rata doméstica amaestrada por Ratcather 2, quien la lleva en hombros,  sea el único “personaje” habilitado para concitar simpatía e identificación en quienes miran la película, es una pista a tomar en cuenta cuando en varios momentos de los excesivos 132 minutos de metraje ronda otra interrogante: ¿no será que el realizador se considera más gracioso de lo que realmente es? Alguien podrá suponer que el explícito cinismo — la mala leche si se prefiere—, del cual está embebido todo el asunto, obliga a negar tal presunción. Cada quien tomará posición por sí mismo.

Gunn arriesgó ponerse a la cabeza de un elenco casi por entero desconocido, salvo uno que otro nombre, y la prescindible inclusión de Sylvester Stallone, prestando su voz al personaje del fornido hombre-tiburón Nanaue, modesta participación  que le alcanza empero para dejar constancia de que sigue desconociendo los rudimentos de la actuación, es otro de los incontables gestos apuntados por el director a masajear su propio ego, bizarra actitud que desnuda asimismo la indiferencia de aquel frente al ridículo, otra pauta susceptible de distintas valoraciones puesto que no faltaron quienes la consideraron uno más de sus elogiables desmarques de todos los patrones impuestos por las recetas encuadradas en la así llamada “corrección política”, por lo común tildada de pura hipocresía, a la cual se atribuyó la, al principio colacionada, tardía reacción de los gerentes de DC comics con los “chistosos” tweets de su ahora ex-dependiente.

El escuadrón suicida va de más a menos cuando Gunn ya perdió definitivamente el timón y cifra todas sus apuestas en un atosigante despliegue de imágenes generadas por computadora (CGI), pretencioso calificativo para lo que solía denominarse como efectos especiales, acompañado  de un ensordecedor concierto de explosiones, chillidos, choques y disparos. Y, no podían faltar, aunque salen sobrando de igual manera, las escenas encajadas entre y  después de los créditos finales a guisa de anuncio de que aquí no acaba la cosa. O sea puede empeorar, y a ese desbarajuste aportarán su pequeña cuota las recensiones que vienen loando esta película por su atrevimiento e ingenio, develando en verdad el grado de sinsentido que ya sobrepasaron las inacabables producciones dedicadas a los superhéroes.

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