El culto a la vida y a la muerte. De ello hablaba el poeta mexicano Octavio Paz cuando escribió, en su libro El laberinto de la soledad, que “una civilización que niega a la muerte acaba por negar la vida”, frase que se lee al entrar a la sala principal del Museo Nacional de Arqueología (Munarq) en La Paz, ubicado en la calle Tiwanaku, esquina Federico Zuazo, y que hoy —en un ambiente controlado en temperatura y humedad— resguarda a Saphi, la momia niña inca.
Aquel nombre, Saphi, lo recibió hace unas semanas durante el sutiyaqui, el ritual de nombramiento en el cual —guiados también por el culto al que hacía referencia el escritor— autoridades gubernamentales le pusieron el nombre que en español significa “raíz”. En el bautismo, realizado en el marco del Día Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo, un amauta— maestro sabio— pidió la bendición de los Apus y de la Pachamama para la momia niña. Durante el festejo se ofrendaron fetos de llama, hojas de coca, plumas, vino, alcohol y otros elementos sellados todos por el fuego y encomendados a las cenizas.
“Lo más importante para una persona es nunca olvidarse de dónde venimos. Sentirnos absolutamente orgullosos de todo ese pasado cultural que es la rica identidad que tenemos por nuestros pueblos indígenas aquí en nuestro país”, dijo en aquel momento el presidente Luis Arce. “Vamos a celebrar y cuidar a Saphi. Es obligación cuidar nuestras raíces culturales. Pueblo que no protege, valora y siente orgullo de su raíz cultural está destinado a perecer y desaparecer”, complementó el vicepresidente David Choquehuanca.

LA COSTUMBRE DE LAS CHULLPAS
Pero la historia de Saphi, en verdad, se remonta a seis siglos atrás, cuando los restos de esta niña de aproximadamente ocho años fueron enterrados en una tumba, chullpa o “torre funeraria” al sur de La Paz, según cuenta Luis Castedo Zapata, antropólogo forense y técnico en registro de bienes arqueológicos del Munarq. Las causas de su muerte se desconocen.
En vida, la niña pudo haber sido miembro de la cultura Pacajes, el pueblo guerrero dominado por los incas, pero con pretensiones de someter bajo el dominio quechua a toda la región del Kollasuyo. Corresponde así al periodo intermedio tardío y el incario entre los años 1150 d.C. y 1532 d.C., indica Castedo. “El estilo textil con fibra animal (camélidos) indica ser inca, pero la momificación es más característica de la cultura Pacajes, por lo que su origen sería Inca-Pacajes”, complementa.
La momificación que sufrió la pequeña fue parte de un proceso natural. “A las momias egipcias o a las persas se les sacaba las vísceras y se las limpiaba, pero ésta no, ésta tiene todo lo visceral, hasta los cabellos”, comenta el antropólogo forense.
En algunos casos, sin embargo, las momias sí eran despojadas de sus vísceras. Los aymaras prehispánicos usaron un procedimiento de embalsamamiento para la conservación de sus difuntos que incluía la extracción de los intestinos para luego colocarlos en las torres funerarias junto a otros materiales, además de bebidas y comida.
Asimismo, en la región y en la época, los antepasados permanecían en la tierra después de su fallecimiento. El culto a la vida y a la muerte era palpable, la línea entre ambas era no solo inmaterial, sino también imperceptible. Los muertos formaban parte del entorno e intervenían en la toma de decisiones. “Era una forma de hacer duelo y mantenerlos con ellos, al punto de alimentarlos y cobijarlos”, dice Castedo.

LA MOMIA AL EXILIO
En 1890 partió la momia hacia Estados Unidos como una donación al museo de Michigan por el entonces cónsul norteamericano en Chile, William B. McCreery. Aunque estuvo expuesta al público, luego de la Segunda Guerra Mundial dejó de exhibirse y permaneció en un depósito durante más de tres décadas. “Se la encontró luego en una bodega del museo y tenía una leyenda boliviana. Pese al encierro, no se ha deteriorado”.
Después de 129 años, Saphi volvió a Bolivia. En agosto de 2019 se realizó la repatriación del cuerpo momificado de la niña. Desde entonces, fue cuidada por el personal del Munarq y preservada como “símbolo de nuestra identidad y del origen de nuestras culturas. Tenerla acá, como patrimonio, es una reivindicación de todo lo ancestral. Es una de las pocas momias, casi la única que tiene su ajuar (conjunto de prendas) completo”, explica Castedo.
A su llegada se realizó la “conservación preventiva en una sala climatizada con deshumidificadores y controles de temperatura”. En su ajuar, por ejemplo, se ven también algunos molares desgastados y una trenza larga y oscura peinada.
A la espera de su reapertura, luego de mantenerse cerrado por más de año y medio a causa de la pandemia del coronavirus, el Munarq atiende las visitas de su público para que éste pueda conocer a la niña inca y celebrar el culto a la vida y a la muerte que Saphi, como las otras momias con las que comparte sala, merece. De todas, ella es la que mejor se conserva.







