CINE
Dando rienda suelta a su irrefrenable voracidad para aposentarse ya no en el top ten sino directamente en el top del rango de taquilla semanal planetaria, Disney deja esta vez de lado por un momento la exprimidora de historietas transferidas al celuloide. En la ocasión, de lo que va la cosa es de sacarle, cuándo no, algo más de jugo a una aventura con claras reminiscencias de la franquicia Piratas del Caribeque arrancó en 2003 con La maldición de la Perla Negra (Gore Verbinski) y lleva a la fecha cinco largometrajes estrenados —con una recaudación global de $us 4.500 millones—, y uno en proceso de filmación. La idea original consistía básicamente en trasladar a la pantalla los viajes por los parques temáticos de Disneyworld, convirtiéndolos, entre otros, en escenario cinematográfico de, entre otras lejanas, en el tiempo, aventuras protagonizadas, en incontables cuentos y leyendas, por aquellos temidos malhechores marinos con un ojo parchado que asaltaban cualquier navío que se les cruzara a bordo de su clásica embarcación de madera embanderada con un trapo blanco como fondo para una calavera negra y dos fémures entrecruzados de la misma tonalidad.
La trama arranca en Londres con una escena ambientada en 1916, en medio de la Primera Guerra Mundial. Lily Houghton, una bióloga aventurera, calco femenino de Indiana Jones, y su hermano gay MacGregor, personaje insólito en el universo asexuado del Tío Walt, se embarcan hacia la jungla amazónica para afrontar una, presunta, peligrosa aventura en busca de cierto misterioso árbol cuyos pétalos, llamados Lágrimas de Luna, tienen enormes poderes curativos capaces de sanar desde la sífilis hasta el cáncer, pasando por otras patologías igual de letales. Ya en las orillas del Amazonas, les cuesta un tanto convencer al aparentemente —después se develará porqué— remiso capitán Frank Wolff de aceptarlos como pasajeros en su modesta, bastante destartalada, nave a vapor para iniciar ya directamente el riesgoso periplo. Finalmente parten y entretanto llegan a los recodos donde comienzan los jaleos que distraen su tiempo, y el de la platea, intercambiando pullas que pretenden poner a los espectadores en vena de reírse con las bromas, en definitiva opinablemente graciosas, que el guion va desparramando, sin ton ni son, a lo largo de la historia.
Los villanos de ocasión son un zombi, algo avejentado aun cuando lleva bastante bien sus 400 años de edad, al cual le brotan víboras, venenosas claro, de todos los orificios; Joachim, un cuadrado aristócrata germano al mando de un submarino con tripulación entera aparcado en el Amazonas, quien aparenta creerse una dúplica del Káiser y que se siente atraído por el árbol buscado, suponiendo que cuando se lo encuentre permitirá que Alemania domine el mundo; el propio Frank, confabulado en verdad con los piratas encabezados por un tal Aguirre —volveremos en el párrafo siguiente sobre él—, y un fanfarrón de malas entrañas el cual se pasea acompañado de su cacatúa que no para de vociferar con un volumen capaz de ahuyentar no solo al resto de la fauna, también al espectador, quien no debiera resistirse al impulso de fugar de la sala poniéndose a buen resguardo del aluvión de dislates argumentales que le caerán encima a lo largo de los 120 y algo minutos de esta andanza sin brújula.

Acogiéndose a la irritante (mala) costumbre, cada vez más frecuente, de meter con calzador en el metraje citas que parecieran homenajear a los originales pero no responden en absoluto a ninguna función dramática, Jungle Cruise—tampoco entiendo el motivo por el cual no se la estrenó por estos lares traducida a Crucero por la Jungla, es lo de menos sin embargo—, picotea escenas sueltas de La reina africana (John Huston, 1951), En busca del Arca Perdida (Steven Spielberg, 1981) y, claro está el ya mencionado primer eslabón de la saga de los piratas caribeños. Sin embargo, la más desorejada de tales referencias es aquella que remite a Aguirre, la ira de Dios (Werner Herzog, 1972) incorporando a Lope de Aguirre —que aquí se llama solo Aguirre—, el conquistador español protagonista de la película de Herzog, a la nómina de bellacos que rondan en torno a Lily. Alguien podría suponer que dicho metacomentario pretende ser un liviano alineamiento con la “corrección política” al aludir, así sea de modo muy esquinado, al brutal trato dispensado por los conquistadores a las tribus originarias, pero aún si así fuese ello no esconde cuán forzado, oportunista también, es tal apunte.
Y lo mismo puede anotarse respecto al personaje de MacGregor, quien confiesa, a medias, su inclinación sexual durante una conversación con Frank y luego resulta siendo blanco de constantes bromas pesadas, muy poco graciosas en el fondo, por parte de varios otros compañeros de aventura, como si en algún momento durante el desarrollo del guion o de la puesta en imagen los responsables de uno y otra hubiesen dudado de la pertinencia de incorporar un personaje de tales características en un relato que tropieza a cada instante con su falta de rumbo y con la indecisión de no saber dónde se encuentra la salida a tan oneroso emprendimiento: costó $us 200 millones.
Es de no creer que se hubiese requerido de cuatro autores de la historia, tres de los cuales son igualmente co-guionistas, para cocinar semejante insípida ensalada que el director de origen español, afincado hace varias décadas en los Estados Unidos, Jaume Collet-Serra no encuentra modo de enrumbar, ni hace tampoco ningún esfuerzo para aderezar con algo de interés y emoción. De hecho en ningún momento se deja sentir que el viaje entraña algún peligro real, mientras se prolonga cansinamente a través de tornados, explosiones, interminables caídas de agua, combates risibles con las comunidades originarias que encuentra a su paso, prodigando un despliegue figurativo tan abrumador y ruidoso como ayuno de cualquier rasgo estilístico personal. De esa carencia da testimonio, entre otros, la mascota de Frank, un tigre supuestamente feroz llamado Próxima, tan evidentemente postizo —se advierte de inmediato haber sido parido mediante un efecto computarizado— que no deja en ningún instante de semejar un tierno gatito casero.
De hecho, la segunda hora del viaje está enteramente ilustrada mediante efectos desarrollados por computadora, los inevitables CGI, que ¿aportan? los fondos verdes para escenarios en ningún instante creíbles. Durante todo ese tiempo va quedando constancia que la dirección echa mano de innumerables inflexiones distractivas intentando ocultar la ausencia de una trama consistente. Tampoco aporta nada la banda sonora de James Newton Howard resignada, sin pausa ni matices, a valerse de los estruendosos tópicos sonoros de las películas de acción. De igual manera los diálogos reproducen los estereotipados dichos utilizados por los guías encargados de conducir a los visitantes de los parques temáticos.
Collet-Serra, quien va por su noveno largometraje, cómodamente aposentado en la medianía, tengo la impresión, cree a ojo cerrado —gesto inconveniente para un director de cine ¿no?— que el exceso de ruido disimulará sin dificultad la escasez de nueces. Así deja que el asunto se le escabulla de control escapando por demasiadas ramas hasta quedar definitivamente atrapado en el vacío, y en el tedio. Ese es el resultado de extender el viaje de 20 minutos por un parque temático hasta las anotadas insufribles más de dos horas de la desnatada realización que no consigue sobreponerse nunca a los huecos del guion de partida.
De semejante inconsistencia no escapa menos aún la interpretación de casi todo el elenco. Se salva, en parte, Emily Blunt en el rol de Lily, encarnado con la ligereza recomendable para una película de aventuras y con la convicción exigible a cualquier personificación que no se quede en la pura gestualidad mecánica y/o en la vocalización monocorde de sus textos. Es, por el contrario, penosa la interpretación del musculoso Dwayne Johnson, mejor conocido como La Roca, figura frecuente, siempre, repetitiva en sus composiciones, en varias últimas producciones, por ejemplo algunos de los episodios de Rápidos y Furiosos o Jumanji (Jake Kasdan, 2017) y su secuela de 2019 invariablemente hechuras pensadas, por así decirlo, con la vista puesta en las cifras de recaudación pero que en la oportunidad entrega un personaje tan poco expresivo y gracioso como una lechuga sin condimento.
Ni comedia, ni romance, ni hazaña épica,Jungle Cruisedeja durante largos tramos la impresión de no ser sino un borrador para la segunda parte que ya ha sido anunciada. ¡Sálvese quien pueda!








