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Alexandra Bravo, artesana de plumas

La artista y psicóloga narra una historia de migración, de identidad y de viajes a través de su obra plumaria

Alexandra Bravo, artesana de plumas
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Por María José Richter
La Paz / octubre 24, 2021
en Escape

Ligeras y de colores vivos; en joyas, en cuadros, en trajes, en instalaciones y hasta en vestimentas; en su mayoría medianas, aunque también las hay pequeñas y, a veces, grandes. Así son las plumas que la artista Alexandra Bravo Cladera (1950) labra desde hace más de 40 años y las usa no solo en diversos soportes, sino también en diálogo con otras disciplinas, sobre todo con la psicología, rama a la que también se dedica. Y aunque el arte plumario existe desde tiempos remotos, Bravo —sin dejar de beber de la tradición que la antecede— supo crear una propuesta renovada, marcada por dos grandes afanes: su historia con la migración y la identidad.

Bravo nació en Oruro, pero se crió en La Paz: “soy sopocachense, aunque he querido vivir en otras zonas, no he podido, ésta me cautivó”. Cuando terminó el colegio, ingresó a la carrera de Artes Plásticas en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), donde se formó con artistas como Alandia Pantoja, Wálter Solón Romero y Eduardo Espinoza. Sin embargo, ella y su familia tuvieron que dejar de forma abrupta Sopocachi, La Paz y Bolivia para exiliarse en Santiago de Chile en 1971.

Allí, Oswaldo Guayasamín, junto a otros docentes de la Universidad de Santiago, la formaron durante dos años. En 1973 tuvo que mudarse una vez más. A causa del golpe de Estado de Augusto Pinochet, Bravo se instaló en Zurich, Suiza, donde logró concluir la carrera y titularse como maestra de Artes Plásticas. Un tiempo más tarde, en 1996, decidió estudiar Psicología en Friburgo y especializarse en Psicoterapia para niños, jóvenes y adultos. Desde entonces trabajó en consultorios, sobre todo con personas migrantes, “porque es mi historia, porque quise orientar a los refugiados latinoamericanos, pues eso buscaba yo al llegar”.

La intriga y pasión por el arte plumario la tentó durante sus visitas a los museos europeos: “Veía plumas de Sudamérica y pensaba en cómo han llegado hasta acá. Las plumas significaban para nuestros antepasados lo que hoy significa el oro. Sudamérica es el continente clásico del trabajo plumario”, dice. Al poco tiempo creó la Escuela Latinoamericana de Arte Plumaria en Friburgo, que luego fue recorriendo diversos lugares del mundo.

Desde el momento en que decidió labrar las plumas, lo hace solamente con aves de corral, con plumas de gallina, de pato y de ganso. “Por varias razones, pero sobre todo ecológicas y de cuidado a la naturaleza es que no trabajo con plumas exóticas. El tráfico internacional está poniendo en peligro muchas especies de aves que tienden a desaparecer. No quiero colaborar al comercio de plumas exóticas, más aún cuando Bolivia es uno de los países más ricos en este tema”.

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DESFILE. Bravo, junto a sus modelos, mostrando su trabajo plumario en trajes típicos rediseñados

Cada pluma, una historia

“Empecé haciendo aretes y collares; después me dediqué a los cuadros y a las esculturas. Pasé por las instalaciones y los móviles. En estas piezas, muchas veces aumento frases y reflexiones sobre diversos temas: la migración, los indocumentados, la mujer y el trabajo y más. Hoy me dedico a la vestimenta y a los trajes típicos, sobre todo pensando en aumentar nuestro turismo y que nuestra cultura e identidad sea visible y se refuerce en nosotros mismos. Las comunidades tienen que saber que pueden beneficiarse de ello. Mis desfiles recientes no son pasarelas de moda, son la muestra de una alternativa ecológica para trabajar las plumas ”, comenta.

De 1984 a 2000, Bravo viajó a la Amazonía boliviana y al Chaco para nutrirse de las tradiciones y estudiar las técnicas del labrado. “Tuve contactos con etnólogos y estudiosos, pero necesitaba entrar a la Amazonía y hacer expediciones para aprender ‘en la cancha’. El chamán o jefe de la comunidad me decía que una forma de pagar, a cambio de que me enseñen, era que yo llevara cemento o material para la escuela. El intercambio era muy grande, no solo aprendí sobre las plumas y sus tratados y formas de trabajarla, sobre todo aprendí a vivir como ellos y saber sus historias”.

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INDUMENTARIA. En el último tiempo, Bravo se dedicó a los trajes típicos y a la propuesta de una vestimenta nacional acompañada por las plumas

La escuela itinerante

Conoció de técnicas y cuidados hasta originar su propia forma de acercarse a las plumas y cuidarlas. “Uno de los primeros pasos para trabajarla y cuidar su fragilidad es limpiar los ácaros. Los incas tenían un método para que éstos no carcoman la pluma y es lavarlas con quinua con cáscara. También se puede lavarlas con querosén y detergente para ropa. Una vez lavadas, hay que secarlas inmediatamente para que no pierdan su ligereza. Después las clasifico por tamaños. Para los penachos, por ejemplo, utilizo las plumas de las colas”.

Bravo retornó a Bolivia en 2016 y desde entonces ha difundido su obra en exposiciones y desfiles montados a lo largo y ancho del país. En su afán de recorrer los rincones nacionales, su escuela se volvió itinerante y con ella ha formado, a través de conferencias, seminarios y cursos, a artistas y artesanos del país. “En muchas ocasiones hemos montado exposiciones en grupo junto a mis alumnos, de forma que conozcan también el mercado laboral que está, sobre todo, ligado a los trajes típicos y a los adornos”.

El Museo Simón I. Patiño en Oruro, el Centro Cultural Plurinacional en Santa Cruz, la Casa del Pueblo, el Centro Cultural Museo San Francisco y el Campo Chuquiago Marka en La Paz son algunos de los lugares que recibieron su obra. No solo los espacios físicos la acogieron, también las culturas ancestrales.

”Hace un tiempo, formé a artesanos de la cultura Urus, dedicados a la pesca y caza de aves acuáticas. Los encontré un día vendiendo aretes en una feria y les pregunté ‘qué pasa con ustedes, qué hacen por acá’, y me dijeron ‘se ha secado nuestro lago, hay que buscar otras formas de vivir’. Les dije que vengan a mi exposición, traigan su totora y con lo que tengan haremos manualidades. El enlazado de una pluma con totora, por ejemplo, es precioso. Ojalá puedan seguir haciendo trabajos así”.

En marzo de 2022, Bravo presentará, junto a la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB), una exposición de toda su obra en retrospectiva. “Uno de mis objetivos al empezar a trabajar con las plumas era su reivindicación.

Las plumas, hasta ahora, a veces son un sinónimo de los pueblos no cultos, cuando en verdad es una expresión no entendida. Ser artista es tener una responsabilidad social, hay una inclinación política. Mostrar nuestra identidad es importante, ya sea a través del turismo o de otras formas. Mi identidad fue la migración y a través de mi arte, de mi trabajo como psicóloga, he podido compartirlo con otros y ayudarlos y empoderarlos”, señala.

En la muestra venidera podrá verse — entre las barbas de sus plumas labradas— una historia de migración, de identidad y de tradición, o, como Bravo resume: “Será mi trayectoria saliendo a flote en mi propio lugar de origen”.

FOTOS: ARCHIVO ALEXANDRA BRAVO

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