Através de la obra de 18 artistas, la Festividad de la Santísima Trinidad del Señor Jesús del Gran Poder —aquella que inició su dinámica en la segunda década del siglo XX, pero que tiene sus antecedentes en la colonia y que en 2019 fue declarada Obra Maestra del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco— se instaló en tres salas y en los pasillos del Centro de la Revolución Cultural, dependiente de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB). La muestra Fiesta y Poder: Tradición, Cultura y Fe, inaugurada el 22 de octubre y que estará abierta al público durante dos meses, reflexiona sobre los aportes a la festividad desde diversas artes y quehaceres.
Una imponente máscara de moreno, la más grande del país y hecha por el artista Raúl Condori, recibe a los visitantes antes de ingresar al CRC, ubicado en la ex Estación Central (Línea Roja de Mi Teleférico). Adentro, pinturas, esculturas, bordados, vitrales, grabados, orfebrería, cerámicas y murales se exhiben en las salas dedicadas a la memoria, a la fiesta y a lo espiritual, respectivamente.
Traje de moreno y taller de bordado: un homenaje a los artesanos de Ángela Murguía; Vitrales: la fiesta de los rechazados de Javier Saiko y Tatiana Sánchez; Oratorio para el Tata del Gran Poder de Fabiola Gutiérrez; “La Pacha de la Fiesta Mayor de los Andes de Raquel Verástegui; Achachila Illimani y El moreno del Gran Poder de Wendy Arteaga y Elmer Gonzales; Taller de máscaras: forjando las imágenes del Gran Poder de Juan Carlos Ancasi y Danza del Illimani de Juan Carlos Ancasi, Mónica Vargas, Jhamil Cruz, Rolando Quispe, Carlos Mamani y Freddy Mamani son algunas obras que componen la muestra.
La primera sala con vida a un viaje temporal a través de telas, cortes, colores y bijoutería que adornan los trajes. “Mis trajes, los que di al Musef (Museo Nacional de Etnografía y Folklore) están aquí. Nací en Achacachi, la cuna de los bordadores. Soy de la cuarta generación. Mi padre, que todavía vive, se dedica aún a esto. Este es un trabajo que demuestra una tradición familiar, una historia”, cuenta Jorge Quisbert. “Yo soy un bordador tradicional por excelencia, todos los trabajos que hago son en bastidor. Cada taller es una escuela y mi especialidad es la morenada. Lo que busco con mis trajes es mostrar cómo era la danza antes de los últimos cambios que sufre”.
Los trajes, confeccionados por diversos artistas, dialogan con la línea del tiempo que ilustra la historia de cada bordado, junto a fotografías que retratan este proceso. En el recorrido, pequeños talleres montados al estilo de antaño exponen los materiales con los cuales los bordadores trabajan. Al entrar a la segunda sala cobra vida la fiesta en su esencia: música, baile y convivencia. Instrumentos de viento apilados en la pared, superpuestos unos con otros, en silencio, pero también sonando, montan una de las obras que se deja ver en el salón del medio.
Para adentrarse al segundo ambiente, se pasa por debajo de un alto arco de plata. “Podemos apreciar piezas coloniales, republicanas y actuales, todo esto con el afán de rescatar las costumbres de antes. Siempre se tuvo una admiración por los metales, pero su manejo va cambiando. La plata es muy importante en la colonia y parte de nuestra historia está en el desarrollo de la platería”, dice el artista Mauricio Terrazas, autor de la obra El arte de la platería: arco y carga.
Mirando hacia el Illimani
El oído es también uno de los sentidos que, como la vista, trabaja en esta exposición. La obra El bello sonido del desorden, cuenta Ángelo Valverde —parte del Colectivo Cementerio de Elefantes—, “muestra una narración de algunos de los paisajes sonoros más destacados de esta festividad. Los instrumentos se muestran sujetados y ordenados de forma caótica y armoniosa a la vez. Las emisiones acompañan la puesta. Se escuchan diferentes eufonías que describen la misma fiesta: resonancias de bandas musicales auténticas, sonidos ambientes con fuegos artificiales y sonidos grabados de forma exclusiva para esta obra”.
Desplegado en el fondo, acompaña estas obras el mural Una marcha de resistencia de Javier del Carpio. “Esta pintura muestra cómo la cultura sobrevivió tanto a la colonia como a los prejuicios citadinos sobre las creencias. Quisimos mostrar cómo las culturas nativas, además, asimilaron la cultura católica para sobrevivir. Los colores giran en torno a una paleta de ocres contrastados con rojo carmín”, comenta Del Carpio.
Antes de llegar a la sala final, dedicada a lo espiritual, los visitantes están invitados a rezar en el oratorio y encomendarse al Tata del Gran Poder: “es un cuarto dedicado a la ritualidad y su esencia, pero también a conocer la historia del rostro de las tres caras”, indica Fabiola Gutiérrez. O, en medio de la mixtura, el paseante puede disfrutar de una pintura en óleo sobre lienzo que, con la imagen de tres mujeres, representa la convivencia y la ch’alla. “Este cuarto evoca el trance, el compartir, la bebida”, dice Cristian Laime, creador de La festividad del encuentro y de la unidad.
“Hemos investigado la Trinidad, la cosmovisión y la cosmogonía andina para construir un Illimani no figurativo. Se nos ocurrió utilizar una triangulación geométrica presente, por ejemplo, en los panales y en las células: es decir, en la vida misma. Todo el conjunto representa la vida, pero hay niveles y estadios. Cada elemento representa algo en esta obra. La persona debe pasar por todo esto para llegar al video final que mira de frente el Illimani, como sucede con el recorrido de la fiesta”, señala Wendy Arteaga, artista plástica y psicóloga que es la autora de la instalación Achachila Illimani.
En un recorrido extenso, aunque menor a los ocho kilómetros de la ruta del Gran Poder o Fiesta Mayor de Los Andes, artesanos, folkloristas, investigadores, escultores, bordadores y artistas plásticos se detienen y profundizan en su quehacer y en su aporte a la festividad, aquella que, en su despliegue de danzas, ritualidades, sincretismo religioso, música y vestuarios, moviliza a más de 40.000 danzantes, 74 fraternidades, 7.000 músicos autóctonos, y logra reunir a 300.000 espectadores, transformando cada vez la vida social, cultural, económica y política de La Paz.
FOTOS: ÁLVARO VALERO







