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’98 segundos sin sombra’

El segundo filme en solitario del realizador beniano Juan Pablo Richter está basado en el libro homónimo de la cruceña Giovanna Rivero

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Por Pedro Susz K.
/ diciembre 20, 2021
en Escape

CINE

En su segundo largometraje en solitario, luego de El río (2017), y digo en solitario puesto que mucho antes (2010) había coescrito y codirigido con Denisse Arancibia Casting, el director de origen beniano Juan Pablo Richter (Trinidad/1982) vuelve a arriesgarse, no solo porque en la ocasión traslada a la pantalla la novela homónima de Giovanna Rivero (2014) —y bien se conocen las dificultades inherentes a la adaptación de obras literarias respetando al mismo tiempo, en lo posible, los originales pero sin renunciar a los recursos propios de la narración cinematográfica—, sino asimismo debido a que vuelve a ensayar una inmersión introspectiva, aun cuando en la oportunidad situándose en el polo opuesto al que adoptó en el seguimiento a Sebastián —protagonista de El río— durante el traumático reencuentro con su lugar de nacimiento. Adicionalmente, en ambos casos, atendiendo a las declaraciones de Richter, los protagonistas trasuntan en alguna medida los recuerdos de infancia del propio director, el cual sorteó el primer obstáculo: la mudanza de una novela al cine, atendiendo a la recomendación de la escritora inglesa Claire Downs, quien le aconsejó olvidar que el guion se basaba en un texto literario.

En efecto, si el realizador optó por acompañar a Sebastián en su regreso colocándose en el punto de vista de un observador bastante distante, no digamos neutral, en el caso de Genoveva, la protagonista casi excluyente de 98 segundos sin sombra, la mirada es una zambullida a fondo en la conflictuada personalidad de esa adolescente de 16 años que, en 1986 (avisa un texto insertado al principio), debe lidiar con una familia igualmente desgajada, con el acoso escolar de sus compañeras de curso en la escuela regentada por monjas a las que tampoco la liga ninguna simpatía, y con la violencia que se extiende sin parar sobre el pueblo de Monte Alto. Este es rebautizado por Genoveva y su amiga Inés como “el culo del mundo”, cuyas características dominantes son definidas asimismo por ambas: “las drogas y la mediocridad”, puesto que en efecto allí el narcotráfico asentó sus reales y no para de expandirse. Tal vez la inclusión del texto mencionado —el que remite los hechos narrados a 1986— sea una oblicua acusación hacia quienes debieran poner coto a esa erosión de la convivencia pero prefieren mirar hacia otro lado.

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Una larga conversación entre Genoveva e Inés marca de entrada uno de los rasgos del estilo elegido para ensayar el acompañamiento a la protagonista mientras se plantea innumerables dudas propias de una muchacha de su edad, alternando con las fabulaciones a las cuales apela en el modo de la necesaria válvula de escape para no doblegarse ante tan compleja y desalentadora situación, agravada cuando su madre entra en una suerte de trance infranqueable luego de dar a luz a Nacho, el esperado hermano, calificado por el padre de “niño no normal”, ensanchando de tal manera la grieta de odio que separa a Genoveva de ese progenitor al cual no duda en tildar mentalmente de “un extraño y un cobarde”. Los pensamientos de aquella, verbalizados en off, son un recurso discutible, pero valedero como opción del realizador, para interiorizarse, (interiorizarnos), en sus fluctuaciones anímicas.

Genoveva e Inés no comparten únicamente la soledad y el desprecio por el lugar que el destino les reservó en la vida. Ambas muestran una lógica obsesión por el tiempo que las envuelve transcurriendo con la lentitud de un reptar, sin rumbo tampoco, sensación de encierro claramente alegorizada en la lograda escena que entremezcla imágenes de ambas, aún niñas, jugando en el parque con otras de algunos años más tarde, impregnando las primeras de un sentido adicional como otra vía de escape, en este caso hacia la nostalgia por un pasado todavía marcado por la inocencia de las chicas pero ya irrecuperable. Las citas, algunas prescindibles, al diario de Ana Frank, que parecieran totalmente fuera de contexto, acentúan el sentimiento de indefensión de la adolescente beniana frente a una realidad sin aparente salida.

Impedida, por distintos motivos, de mantener cualquier comunicación con sus padres, Genoveva encuentra una suerte de salvavidas en su relación con Clarita, la abuela afectada por distintas dolencias, a pesar de las cuales no renuncia a disfrutar lo que le queda de vida, estableciendo una gratificante complicidad con su nieta, a la cual no tiene reparo alguno en poner al corriente incluso de los secretos del vudú.

Fuera de casa, la situación no es, en modo alguno, más grata. Maltratada verbalmente de forma insistente por las otras alumnas de su curso, va creando de a poco una dificultosa relación con Lorena, la más agresiva de todas, y con la cual, luego de enzarzarse en una pelea, es obligada por las religiosas, a modo de castigo, a ocuparse de limpiar la huerta de la escuela. Allí aflora una comprensión mutua  ahondada cuando se percata que esa, hasta entonces, antagonista atraviesa una situación límite: está embarazada a causa de una violación, presuntamente cometida por un pastor. Ambas acabarán enfrentadas a los avatares de un aborto, instancia que las forzará a madurar de un brinco.

Pero la vida de la protagonista da un giro definitivo cuando conoce al maestro Hernán, el guía espiritual de su madre,  una suerte de híbrido entre un charlatán prolífico en la emisión de sentencias filosóficas de dudosa validez y el típico líder de alguna de las muchas sectas asentadas a lo largo y ancho de la geografía nacional disputándole al catolicismo tradicional sus fieles. Cuando entabla una relación muy íntima con Hernán, Genoveva, en otra muestra de su atropellada maduración, se desliza de sus sueños de ser rescatada de ese entorno amenazante por alguno de los exploradores de la galaxia de las películas de ciencia ficción a la ilusión de fugar a donde fuera en compañía de aquel.

La narración transcurre de manera extremadamente pausada y esa es otra de las evidencias de la consecuencia de Richter con un estilo que lo arriesga a malquistarse de entrada con una platea mayormente rehén de “la dictadura del videoclip” (Illescas dixit), por ende impaciente, inquieta y apurada sin saber en absoluto por qué y para qué. El mismo desdén exhibe el director respecto a la fórmula implícita instituida por la industria del entretenimiento y convertida en consigna imperativa por los títulos hoy predominantes en la cartelera: sin acción no hay película que valga. En la oportunidad ese corre-corre sin sentido se encuentra ausente, reemplazado por la meticulosa atención a cada gesto de los personajes y a las circunstancias frente a las cuales esos ademanes responden a manera de una reacción cargada de sentido.

La naturalidad con la cual el armado del relato oscila recurrentemente de la descripción de la “realidad” a las fantasías y elucubraciones de Genoveva es una muestra de la familiaridad de Richter con un tipo de cine distante de las recetas y de los tópicos usuales en las películas que solo apuntan a engordar las cifras de la taquilla. Y eso mismo puede decirse del recurso a la ambientación, a la lluvia por ejemplo, como un plus para pautar la intimidad de la protagonista frente a las situaciones que le toca sobrellevar. En esa materia, el aporte de la fotografía de Luis Otero Prada resulta esencial, lo propio que el de Gabriel Lema en la música.  

Resulta sencillamente asombrosa la desenvuelta seguridad con la que Irán Zeitún asume, en su debut, un rol a tal punto complejo como el de Genoveva, el cual, ya se dijo, lleva sobre sí el peso del grueso de la película. No desentonan tampoco Florencia Ramírez y Luciana Carrasco, ambas igualmente primerizas en estas lides, como Inés y Lorena, respectivamente. Desde luego, resulta esencial la faena de los experimentados Pati García, como la madre que no necesita de muchas palabras para transmitir gestualmente el ensimismamiento en el que vive su laberinto existencial, y el de Fernando Arze Echalar, como el padre desentendido de todo lo que no tenga relación con sus turbios negocios vinculados al narcotráfico. Por supuesto, en la piel de Clarita es impecable lo de Geraldine Chaplin —que volvió por aquí 26 años después de su participación en Para recibir el canto de los pájaros (Jorge Sanjinés/1995) —. Y no desentona tampoco ninguno de los otros protagonistas. Mérito de ellos, más también del director.

En buenas cuentas, 98 segundos sin sombra, elegida para presentarse en el festival Black Nights de Estonia, uno de los más prestigiosos eventos anuales en la materia, explora caminos poco frecuentados por la producción local y lo hace sin descuidar uno solo de los ingredientes de un trabajo que tampoco confunde seriedad con almidonamiento ni maquilla sus propósitos con desbordes retóricos apuntados a alguna faceta del pasado o del presente. Podría decirse que Richter, quien aquí se muestra mucho más sólido que en El río, va armando una obra propia, con un estilo inconfundible, no exento, se anotó ya, de retos mayúsculos, sobre todo el de acabar encallando en un ombliguismo bloqueado a cualquier probabilidad de interlocución con los espectadores locales.

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FOTOS: 98 SEGUNDOS SIN SOMBRA

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