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Magela nunca escribirá sola

Magela Baudoin, premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2015, llegó a La Paz de vacación y presentó en Sopocachi su más reciente libro de cuentos: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

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Por Ricardo Bajo H.
La Paz / diciembre 27, 2021
en Escape

Magela cree que hay dos tipos de narradores: Ulises y Edipo. Ulises navegó el mundo y luego lo contó, lo explicó y lo volvió a contar. Edipo se quedó en su casa y jugó a ser investigador/detective, descifró signos y misterios. Baudoin escribe, a veces, a partir de una idea, al estilo de Edipo, abordando la mirada rota sobre una piedra inmóvil. De Edipo aprendió a verse como una narradora pensando la escritura como testimonio de un concepto. Pero, a veces, Magela narra como la periodista que lleva adentro y vuelve al camino de Ulises.

Habla con varios acentos cruzados: a ratos parece colombiana, a ratos venezolana y casi siempre se fugan modismos paceños o cruceños. Lleva un año y estará otro en Estados Unidos en la Universidad de Oregon con una beca de investigación (su proyecto se llama Poesía y canto popular en la obra de Matilde Casazola y Violeta Parra: el viaje a la semilla). Su obsesión es la voz. “La voz es una piel, es un mapa que traduce cicatrices, dolor y placer, la voz te da un lugar en el mundo”.

Sus (nuevos) cuentos viajan de La Paz a la Argentina, de Colombia a Tailandia y el más allá. En uno de ellos, dos chicos leen y una madre fornica, no hace el amor, fornica. Los chicos calcan historietas del gran Milo Manara, el maestro indiscutible del cómic erótico, y las venden en el colegio. Es un “shock” de placer. Vendrá el azote y tendrá tus ojos. En otro relato (Mujer fumando en la playa), un hombre lleva flores a una mujer y es perdonado, ella también es perdonada. Es una historia de tango, otra vez.

Gabriel Mamani Magne, escritor, presenta en la librería de Plural editores, en Sopocachi, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, de Magela Baudoin. Habla del ombliguismo casi inevitable de cierta literatura actual, de esa “ola del yo” que todo lo inunda, de este mundo ahogado en “selfis” y palabras hipócritas.

Dice GMM que el hilo/ligamento que une a todos los libros de Baudoin es la pluralidad, la diversidad en los lenguajes, en las geografías, en los narradores, en el estilo. Luego —leyendo el texto sin título que ha preparado para la presentación— cita a la propia Magela en la nota final de su última obra: “Todos los cuentos de este libro tienen cicatrices de otras lecturas”. Y luego improvisa ese título que falta: “Si habría que titular mi nota sería éste: Vendrá Magela y te abrirá los ojos”, a lo Cesare Pavese. El medio centenar de personas que llenan la librería aplaude. Magela sonríe. Tiene una sonrisa fotogénica. Baudoin no se da cuenta de lo que escribe. Cuando la gente lee sus textos y habla de ellos, se siente vulnerable, desnuda. Y cuando siente eso, sonríe, casi cerrando los ojos.

Magela cree que la escritura es lectura por partida doble, que nace de ella y vuelve a ella en justa y humilde retribución. Gusta y presume de re/lecturas y re/escrituras. Los que te leen, los que lees; la escritura es muchedumbre, es contaminación colectiva. Es Scherezade, como ballena de voces y de tinta. Por eso, Magela nunca escribirá sola.

Mónica Velásquez, poeta, dice —en la misma presentación— que a nadie le gusta su voz. Tiene razón. Cuando oímos la propia, es la peor del mundo. No sabemos si a Magela le pasa lo mismo. Mónica cree que la literatura de Baudoin siempre ha estado atenta a la voz, a la sonoridad, a la manera de hablar de los personajes, a la forma de respirar. Y entonces pregunta: ¿qué le pedimos a los cuerpos?

Magela confiesa que roba, es un vicio para ella. Es una ladrona, como Marnie en aquella maravillosa película de sir Alfred Hitchcock. Se sienta en un café y espía conversaciones ajenas. Para uno de sus últimos cuentos, Ajayu, viajó a Tiraque (Valle Alto de Cochabamba) y trató de capturar la voz quechua, se abismó de oído. Lo hizo sentada en el mercado, en la plaza, con su amiga. Lo hizo también escuchando canciones de Luzmila Carpio, durmiendo/soñando con su Phatitan, Phatitan. Cuando intentó transcribir esas voces, no funcionó. Se dio cuenta de que tenía que crear una sintaxis propia; es decir, desvalijar el mundo y armarlo de nuevo.

“Confieso que en todos estos textos hay un hurto, un navajazo con el que la realidad concreta queda abierta, sangrante y expandida hacia su interior. Tal vez eso sea un cuento: la memoria de un corte que nos anima a recordar el dolor de lo no vivido”, dice Baudoin en la nota final de su último libro. “Escribir es robar vida a la muerte”, dijo un gallego.

La Bolivia de Magela es un país de espectros. Una patria inventada a partir de las añoranzas de sus padres en el exilio venezolano. “He querido aprehender a Bolivia, para mí es un país de oídas”. Otra vez, las voces. Entonces, Mónica recuerda aquellas palabras de Blanca Wiethüchter: “Decidí ser de este país”.

De su padre, en el exilio de su niñez, Magela aprendió a narrar jugando. Y de ese “ludus” inicial llegó el otro, el juego con el lector. Cuando la escritora omite contar, pone a trabajar al lector, a la lectora para llenar los espacios. De la familia aprendió que es un territorio de fricción natural. “La familia es el primer escenario de poder, no hay fuga, es un campo inflamable por naturaleza, sumamente productivo para explorar y narrar al estar cruzados los afectos, los matices y las memorias, es la tensión dramática por excelencia”.

Baudoin se siente más a gusto respondiendo por escrito a las preguntas del periodista/colega y pide un cuestionario. Cuando habla ante el público siente que miente. Pide que no la crean. Y sonríe otra vez con los ojos casi cerrados. Va a pasar estos días paceños con la familia, firmará libros un lunes lluvioso en la librería El Pasillo, luego volará a Santa Cruz. Y llegará también a Copacabana, al Lago Sagrado. Su padre, Luis, es un marxista raro, necesita ver a la Virgen de tanto en tanto.

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Estas cinco preguntas para Magela:

— En tu nuevo volumen de cuentos, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (nueve cuentos y una novela breve, Plural editores), te sales de tus inquietudes literarias habituales y abordas la memoria y la muerte, ¿cómo se cruzan ambas? El cuento Mujer fumando en la playa arranca con esta frase: “Estoy perdiendo la memoria”.

— Este libro se pregunta por la muerte o por el apego a la vida, desde los archivos de la memoria, que son la cantera principal de la imaginación. Y la memoria, como laboratorio creativo, está constituida tanto por la experiencia vivida como por la leída. ¿Cuántas veces podemos morir en un mismo día o en una vida?, se pregunta uno de los personajes del libro y es que la soberbia del antropoceno hace que veamos la muerte como algo lejano y aplazable, cuando en realidad está más cerca que nunca. Por otra parte, la sociedad en que vivimos es tan inequitativa, tan llena de injusticias, tan depredadora que hay cuerpos (humanos y animales) más dañables, más perecibles, más vulnerables. De esos cuerpos también hablan estos cuentos. Del absurdo existencial y, al mismo tiempo, de ese aferrarse a la vida, que a veces parece imposible.

— Hablando de memoria. Fuiste una hija del exilio, nacida en Caracas en los 70, ¿qué recuerdos tienes de aquellos años de infancia que tanto nos marcan a todos?

— Cuando migras eres el “otro” y ese lugar puede ser doloroso y hermoso al mismo tiempo. Por una parte, siempre está la idea del regreso, de la impermanencia y de lo que se ha perdido o dejado atrás. Y, por otra, la vida sucesiva, los amigos que se vuelven familia, el acento o la lengua que se cuela, la sorpresa de sentirte parte y haberte “acostumbrado”. Said decía que la del exilio es “una mente de invierno”, en la que los climas del verano, del otoño o de la primavera están cerca pero son inalcanzables. Pienso en esto y en que la promesa más repetida de mis padres era: “El año que viene volvemos a Bolivia”.

— Trabajaste como periodista durante años, ¿qué extrañas del oficio? ¿No te vienen ganas a veces de escribir una crónica o hacer una entrevista?

— La adrenalina de la redacción es algo que extrañé por mucho tiempo. El periodismo es emocionante no solo por la inminencia que lo define, sino porque es un descubrimiento permanente. Y ese descubrimiento —no siempre, pero sí algunas veces— ayuda a entender mejor las cosas y a cambiarlas. Por suerte, escribir una crónica o hacer una entrevista es algo que sigue siendo posible y a lo que puedo volver cada tanto.

— ¿Cuándo te diste cuenta de que la literatura le iba ganando poco a poco al periodismo? En tu libro La composición de la sal (ganadora del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2015) hay varios relatos sobre/de periodistas.

— Muchas de las historias que he escrito están gatilladas por un titular. Es un vicio para mí completar aquello que el periodismo no te permite, pues sus reglas son precisamente las de la neutralidad y la distancia. En La composición de la sal hay varios cuentos sobre periodistas, como dices. Uno de ellos describe la tensión entre ambos oficios. La cinta rojaes la historia del asesinato de una muchacha, en los extramuros de la ciudad. Una amiga muy querida, la poeta y periodista Paura Rodríguez, tenía que escribirla, pero estaba limitada por las calles ciegas de las fuentes, aunque ella intuía que la “verdad” estaba en otra parte. Ante su impotencia, se me ocurrió escribir esta otra historia, respondiendo las preguntas que el periodismo no permitía responder, imaginando y, por tanto, expandiendo la realidad. La ficción permite dar cabida a aquello que, en el orden del periodismo, puede ser sencillamente “innombrable”.

— Has escrito novela (El sonido de la H ganó el Premio Nacional de Novela, 2014), pero tus libros más conocidos son de relatos. Tus lecturas de poesía, además, alimentan tu obra narrativa. ¿Cómo te mueves en esas tres aguas?

— El cuento está más cerca de la poesía que de la novela o de otras formas literarias. Ambos —cuento y poesía— ocurren en la condensación o en la microscopía. Hay una cuestión paradójica que los define: navegan en un estrecho pedazo de agua —digamos en una bañera— como si se tratara de un mar. Por otra parte, está la desnaturalización del lenguaje. Hacer que ese parásito abstracto y gastado que es el lenguaje desaparezca y que, en el devenir de la escritura, vuelva a aparecer como una belleza extraña y perturbadora. Octavio Paz decía eso, ¿no?, que la creación poética se inicia como violencia sobre el lenguaje y que el primer acto poético consiste en el desarraigo de las palabras. Los poetas no solo están dislocando el lenguaje permanentemente, sino la mirada. Y eso también es propio del cuento. Me interesa navegar en ambas aguas.

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Los escritores Gabriel Mamani Magne y Magela Baudoin en la presentación del libro en La Paz

PERFIL. Baudoin es una autora, periodista y editora nacida en Caracas (Venezuela) el 3 de enero de 1973. Publicó Mujeres de Costado(2010), El sonido de la H(2014) y La composición de la sal(2014). Este año ganó el Premio Anna Seghers (Alemania).

FOTOS: ARCHIVO LA RAZÓN Y RICARDO BAJO

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