Ramiro Fernando Valdez Guzmán es microfonista de oficio. Es un obrero del cine boliviano. Por sus manos han pasado películas emblemáticas de Agazzi, Eguino, Valdivia, Loayza, Oroza, Sanjinés… Desde hace ocho años su oficina es el Archivo Fílmico “Marcos Kavlin” de la Cinemateca Boliviana que ha rescatado y custodia — a puro pulmón— el 90% del patrimonio fílmico de Bolivia. Ramiro limpia y cuida viejas películas en nitrato y celuloide; revisa, restaura equipos cinematográficos en mal estado, hace “transfer” a Telecine; recibe nuevas donaciones de filmes en 35 mm, 16 mm, 8 mm y videos; organiza al sindicato de técnicos y proyeccionistas; y sueña con más recursos y personal para preservar el patrimonio audiovisual de nuestro país. Es el guardián de la memoria. Estos días, Ramiro está feliz porque pronto llegará (si se logra la “desaduanización”, qué palabra más fea) un “scanner” digital comprado con un fondo alemán para la preservación cultural.
La película más antigua que tiene el Archivo Fílmico se llama Vistas de la ciudad de La Paz. Es de 1904, autor anónimo, material nitrato, altamente inflamable. No se puede disfrutar hoy en día porque no hay plata para pasarla a celuloide como se hizo con El bolillo fatal de Luis Castillo (también conocida como El emblema de la muerte, 1927); como se hizo también con Wara Wara (1930) de José María Velasco Maidana. El bolillo fatal—que narra el fusilamiento de Alfredo Jáuregui, acusado de asesinar en 1917 al presidente José Manuel Pando— fue milagrosamente rescatada en 2012 de la cabina de proyección de un cine abandonado, el mítico Cine Bolívar de El Prado paceño.
En el depósito del Archivo de la Cinemateca yacen olvidadas otras auténticas joyas de nuestro cine. La última que se ha descubierto en 2014 —tras lograr un fondo para la catalogación ejecutado por la argentina Carolina Cappa y la boliviana Soledad Domínguez en el proyecto Imágenes de Bolivia— se llama Hacia la gloria. La película, terminada en 1931 y censurada tras un único pase en marzo de 1932, fue dirigida a seis manos por Mario Camacho, Juan Jiménez y Raúl Durán.
En un cuarto oscuro del depósito estaban 126 rollos de nitrato de plata donados en los años 70. Hacia la gloria narra la historia de un joven nacido fuera del matrimonio; cuenta con el primer actor de doblaje (el mítico aviador yungueño Rafael Pabón Cuevas haciendo sus acrobacias); y tiene el lujo de un director de escena y actor (haciendo de yatiri) como el escritor Arturo Borda. Una investigación en hemeroteca ha permitido reconstruir el guion. Ahora “solo” falta la plata.
Ramiro Valdez tiene también entre sus manos otras películas perdidas: un documental sobre el primer centenario de Bolivia en 1925; otro sobre la posesión del presidente sucrense Hernando Siles; otro sobre la exposición en Buenos Aires de Cecilio Guzmán de Rojas tras vivir en las trincheras del Chaco; otro sobre las Alasitas de 1930; otro sobre la inauguración del “Gran Stadium Presidente Siles” ese mismo año, en enero, con victoria de The Strongest sobre Universitario. “Cuando tengas un tiempito, un sábado por la mañana, te pasas por el Archivo y te muestro los goles stronguistas”.
Entre hallazgo y hallazgo, Ramiro ha cambiado en estos años las latas de más de 800 películas de 35 milímetros que se encontraban en muy mal estado. Ha tardado meses pero lo ha conseguido. Incluso se ha dado a la tarea de calcular cuánto tarda por cada filme restaurado: dos horas de promedio. Ahora calcule, caro lector, dos horas por 843 películas. “Cuando se necesita reparar daños físicos, esto puede tomar uno o dos días”.
Ramiro no está solo en esta tarea silenciosa de titanes: cuenta con el apoyo de estudiantes que hacen sus pasantías y con el aporte solidario de los trabajadores técnicos del cine. “Esto ha sido gracias a la apertura que ha tenido la Cinemateca bajo la dirección de Mela Márquez en estos últimos años. Los compañeros obreros del cine boliviano —de arte, constructores, vestuaristas, maquillistas, iluminadores— nos colaboran desinteresadamente y así hemos podido montar también la exposición de objetos de cine para la Noche de Museos”.
Sin embargo, lo que más le preocupa a “Rami” son todos esos videos que se perdieron entre los años 80 y el nuevo siglo. “Lamentablemente en los canales de televisión, en los años ochenta, se grababan obras una encima de la otra, incluso en el Siete usaban el celuloide para adornar los árboles de Navidad”.
Las últimas donaciones en formato video han llegado por la generosidad de Antonio Eguino (más de 2.000 videos en U-Matic), María Eugenia Kirigin, de la productora Ecco, Jean Claude Eiffel, la familia Cajías-Muñoz, Agazzi, “Tonchi” Antezana, Marcos Loayza, Demetrio Nina y la productora del recientemente fallecido Luis PájaroMérida Coímbra (Wallparrimachi), Carlos Soria, Gioconda Aguilar y Germán Román.
Ramiro ha habilitados dos espacios para todos los “cassettes” y ha armado bandejas de acuerdo al tamaño de éstos. La isla de video que permitirá la digitalización de todos estos materiales alegra especialmente los ojos del guardián de la memoria. “La isla requiere de varias reparaciones, esperamos lograr esto lo más pronto posible”.

Ramiro también agradece otras donaciones recientes: películas —muchas de ellas familiares— entregadas por el actor Elías Serrano, por Roberto Lanza (11 rollos de 16 mm de Después de la coca), por Róger Quiroga, por los músicos Alexis Trepp y Boris Rodríguez, por Armando Urioste, por Carlos Cordero (tres rollos de Nazaria Ignacia en 16 mm) y por el actor David Mondacca. “Incluso tenemos dos rollos en 16 de la participación de Delia Gambarte de Quezada en el Congreso de la Federación Mundial de Mujeres en la URSS en 1962, ha sido una donación hermosa de Loyola Guzmán y Marcelo Quezada. Un señor Murillo también nos ha traído un corto rodado en 8 milímetros llamado El Escape, realizado por la promoción 1959 del Instituto Americano”.
Al Archivo de don Ramiro también llegan películas para ser restauradas. Cuando no se puede hacer este trabajo en la Cinemateca se envían a otros países que colaboran, como es el caso de los programas televisivos que grabara Luis Espinal Camps en el Canal 7 bajo el título de “En Carne Viva”, que están siendo recuperados en Colombia. “Los retos para la Cinemateca en el futuro serán cada vez mayores; en este periodo, pese a las varias limitaciones que tenemos, hemos logrado avanzar, el esfuerzo de la preservación de lo que se ha hecho hasta el momento dependerá de los esfuerzos colectivos despojados de intereses individuales”, dice Valdez Guzmán.
Ramiro, criado en la calle Ballivián del centro de La Paz, comenzó a enamorarse del cine cuando su padre lo llevaba en los años 60 una vez a la semana al cine Ebro o al París de la plaza Murillo. “Eran las salas más baratas, las sesiones eran dobles y continuadas, te podías quedar a vivir en la sala oscura; rara vez íbamos al Tesla o al Scala porque eran más caros. En aquellos años, la radio y el cine eran importantes y las películas argentinas y mexicanas causaban furor”.
Ramiro se metió a estudiar Administración pero nunca ejerció. A finales de los 70 comenzó a colaborar en el legendario semanario Aquí. “Ayudaba a doblar los periódicos, hacía un poco de todo, era un trabajo militante, ahí conocí a Beatriz Palacios, que era columnista”. Al mismo tiempo integraba la Asociación de Familiares de Mártires por la Liberación Nacional, lo que después sería la Asofamd, la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos.
Y así, una cosa llevó a la otra. Cuando Jorge Sanjinés y Beatriz Palacios comienzan a rodar Las banderas del amanecer (1985), su pasión por el cine lo lleva a hacer un poco de todo: ora chofer, ora microfonista, ora pintor, ora costurero de vestuario. “En el grupo Ukamau todos hacíamos de todo”. Por aquel entonces ya se había olvidado que con nueve años había visto Yawar Mallku (1969) en el cine México y no le había gustado. Años más tarde, proyectó cientos de veces y limpió esa cinta emblemática de Sanjinés en la sede de Ukamau junto a la plaza Riosinho.

Después de trabajar con Sanjinés, Valdez debuta en la televisión en la primera telenovela boliviana llamada Radio Pasión (1993), emitida por la red ATB en 70 capítulos y dirigida por Marcos Loayza con la inolvidable Norma Merlo en el reparto.
—Has trabajado con los más grandes directores del cine boliviano, “Rami”, ¿cuál es la peli que recuerdas con más cariño?”.
El sonidista responde al tiro: “Con La Casa del Sur de Carina Oroza y Ramiro Fierro, nos divertimos mucho en el rodaje con Piti Campos, David Mondacca, Alejandra Lanza y Cristian Mercado, fue todo muy fraterno y lindo”. Ramiro no se quiere olvidar tampoco de Cuestión de fe, de Loayza, ni de Eguino. “Don Antonio me provoca respeto y admiración profunda, ha formado a muchos técnicos, él mismo arrancó así. El mejor foquista que hemos tenido en nuestro cine, Freddy Delgado, que nos dejó hace poco por el COVID, aprendió con Eguino, el GordoAguirre, lo propio. Formó con calidad a muchos de nosotros, a Raquel Romero, Mela Márquez, Rafael Flores en las cámaras, Juan Cadena en la edición, Ramiro Quispe y Policarpio Torres como “gaffers”, Patricia Quintanilla en la producción…; a veces a los golpes, por el carácter de don Antonio, pero siempre muy solidario con su gente, cuando murió Freddy Delgado lo sintió verdaderamente como uno de los suyos”.
Valdez cree que hay un antes y un después en el cine boliviano. “Juan Carlos Valdivia, cuando volvió de México, transformó los modos de trabajo, nos daba retos nuevos, fue el primer gran cambio junto a la llegada de la primera generación que se formó en Cuba, en la Escuela de San Antonio de los Baños. Comenzamos a laburar con una mentalidad profesional, con horarios y disciplina, hasta entonces los técnicos éramos empíricos; éramos como el Mentisan, servíamos para todo pero no curábamos nada. Por cierto, Valdivia también ha donado cientos de rollos de sus películas como Jonás y la ballena rosada, Ivy Maraey, Zona Sur, American Visa”.
Por eso, la fama del técnico del cine boliviano atravesó fronteras. No se corren a la hora de arriesgar el pellejo; si hay que trepar un poste de 20 metros de altura, se trepa, sin importar la vida, solo el cine. “Cuando llegó el mexicano Carlos Bolado para rodar Olvidados, se quedó admirado de nuestro trabajo, todavía hoy cuando vienen a rodar a nuestro país no traen técnicos. Hemos avanzado mucho, por poner un ejemplo en maquillaje; desde que en Cuestión de fe, Marcos comenzó a trabajar con los primeros técnicos formados en la UMSA, como Jorge Altamirano, Víctor Mamani, Jaime Guzmán en arte”.

Entonces, Ramiro hace una pausa, no se quiere olvidar de Paolo Agazzi. El director de Mi socio elaboró el primer tarifario en el cine boliviano para los técnicos. “Antes de eso, no nos pagaban o pagaban mal, hasta que se rodó El día que murió el silencio”. El Tano es así.
La sala de nitratos del Archivo —sometida a un control riguroso de la temperatura— es un viaje por el túnel del tiempo. Una copia de La quimera del oro de Charles Chaplin, fechada en 1925, nos traslada a otro lugar. Cintas familiares —donadas hace poco— por los herederos de Arturo Posnansky nos llevan a otra ciudad. Y los 62 largometrajes (y 30 latas vacías más) donadas por Susana Gironda, la propietaria del Cine México, nos recuerdan tardes y noches de cine que nunca volverán.
Un proyector de 8 mm, marca Elmo, y dos rollos de 16 milímetros donados por Pedro Susz en octubre de 2014 tienen un rótulo enigmático: Film sin identificar. En el suelo aparecen unas películas de la Unión Soviética. Nadie sabe qué son, ni siquiera Ramiro. Los títulos están en cirílico y los señores de la embajada rusa que vinieron a verlas las dejaron donde las encontraron. Detrás de una bolsa azul que la familia Sevilla donó hace cinco años (un proyector Victor Animatograph junto a películas que se proyectaron en las minas en los años 40), se ve un cartel lleno de polvo. Es parte del “atrezzo” de Los hermanos Cartagena de Agazzi. El cartel negro dice: “Exigimos justicia para el pueblo”.
Es hora de irnos, el hijo de Freddy Delgado ha venido a buscar a don Ramiro. Abandonamos el Archivo por un pequeño pasillo con viejas cámaras de cine. “Mira, esta es la cámara con la que Velasco Maidana rodó sus películas. En el depósito también pude rescatar una cámara de nueve milímetros con perforación frontal, marca Pathé. Un amigo no me creía que teníamos este tesoro, ni se sabe cuánto puede costar”. Un proyector de carbón fabricado en Francia en 1910 y un revelador doméstico de 16 y 35 milímetros nos dicen adiós. Ramiro apaga las luces, todo queda a oscuras, como en el cine.







