Un escudo de Bolivia de 1900 da la bienvenida en la casa de Mariano Baptista Gumucio en Auquisamaña, La Paz. El “Mago” lo quiere llevar y donar al museo de la Guerra del Acre en Cobija. Desde la habitación acristalada donde charlamos se ve toda la zona Sur, rodeada de montañas. El hogar de Baptista es una pequeña gran galería de arte con decenas de versiones de Mona Lisa como obsesión (la que más me gusta es una de Marito Conde). Recorrer los pasillos y las habitaciones es pasear por el arte boliviano de los últimos cien años. Un “Cecilio” nos lleva a la Guerra del Chaco. “Me lo regaló su hijo Iván, que hace poco falleció, estoy escribiendo ahora una antología sobre las dos Gestas Bárbaras y una biografía de Guzmán de Rojas”, anuncia don Mariano. Lo hace, por supuesto, a su manera: buceando en las hemerotecas y los archivos, rescatando joyas como el poema Adiós que el poeta modernista y dramaturgo gallego Ramón María del Valle-Inclán escribiera a sugerencia del pintor indigenista.
(“Adiós te digo con tu gesto triste, indio boliviano / que la encomienda tornó mendigo / ¡Rebélate y quema las trojes del trigo! / ¡Rebélate, hermano! / Rompe la cadena, quebranta la peña / y la adusta greña / sacude el bronce de tu sien. (…) / Lo primero es colgar al Encomendero / y después segar el trigo / Indio boliviano / mano en la mano / Dios por testigo”. Valle-Inclán, Adiós, España y Bolivia, 1932).
—“¿Por qué se suicidó Cecilio en Llojeta hace ahora 72 años?
—Por doña Sol, la mujer más bella de la ciudad de La Paz. Ella tenía 22 años y él 52. También porque su teoría de la pintura coagulatoria fracasó.
—¿No crees que los horrores de la Guerra del Chaco algo tuvieron que ver? El dolor se puede tocar en sus pinturas bélicas, bajo la influencia de Goya, tras su paso por Cañada Strongest.
—A mi padre le pasó lo mismo. Nunca pudo ni siquiera hablar de la contienda, ni de sus días en Fortín Muñoz. Y se divorció después de la guerra”.
En la esquina del “living”, una medalla de la guerra del padre cuelga de una estatua de San Francisco de 1700 junto a otros galardones. El “Mago” no es creyente, es agnóstico (“sería una presunción mía no creer en nada, la religión es una forma de alivio espiritual, dudo que haya un ser supremo, el universo es inmenso”). Mariano señala orgulloso —con su mano temblorosa— los cuadros de los hermanos Lara. Hay pinturas de Gustavo y Raúl, e incluso de su hijo. Lo que ya no está en la casa es su frondosa biblioteca, donada en partes iguales a la Asociación de Periodista de La Paz, a Punata y a Camargo.
Sobre su mesa de trabajo hay papeles, recortes, libros ajenos, libros propios que alcanzan ya los 70 (el primero lo escribió con 23 años y se llamó Revolución y Universidad en Bolivia). Baptista Gumucio ha sido político, ministro, embajador, entusiasta juvenil del MNR, cónsul de Banzer en el Chile de los noventa, candidato a vicepresidente de la República en 1966, secretario personal de Víctor Paz. Ha escrito sobre violentos y enfermos, sobre envidiosos y mujeres (Un país machista), sobre ideas y largas guerras, sobre ahijados y secretarios. Ha sido (y es) periodista y ensayista, director de periódico (diez años al frente de Última Hora en los setenta), escritor, presentador de programas televisivos (hasta el día de hoy con su legendario Identidad y magia de Bolivia) y así hasta el infinito.
El “Mago” —alejado del divismo y la solemnidad— es un escritor inmediato (“Moro” Gumucio dixit); es un sobreviviente; es un francotirador de sus causas amigas, de las gentes valiosas sobre las que nadie escribe; y es —ante todo— un “papelista”. Si consultas el diccionario —sano ejercicio— verás que papelista es aquella persona que maneja papeles y que tiene conocimiento de ellos. Ese es don Mariano, un “hijo” que nunca quiso matar a sus “padres”. Esos particulares “padres” se llaman Augusto Céspedes, Franz Tamayo (le ha dedicado tres obras), Bartolomé Arzáns, Augusto Guzmán, Alcides Arguedas, Carlos Medinaceli, Gabriel René Moreno… “No soy parricida, Marcelo Quiroga Santa Cruz usó el concepto del complejo de Adán para hablar de esa tendencia parricida que tenemos en Bolivia, esa necesidad de anular lo que hizo la anterior generación, de comenzar de cero siempre, lo cual explica nuestro atraso”.
Don Mariano es consciente de que la cultura es la cenicienta del país. Por eso su última misión se llama museo. Cita a Mario Vargas Llosa para decir que un museo hace más que diez libros juntos. “Chile tiene tres museos dedicados a Pablo Neruda y los tres dan plata, son negocios rentables. ¿Por qué no hacer lo mismo en Bolivia?”. Baptista lleva armados seis de ellos dedicados a René Zabaleta; Tamayo; la Batalla de Ingavi y José Ballivián (en la antigua alcaldía de Viacha); las misiones jesuíticas (en la antigua Casa de la Cultura de Trinidad); Melgarejo y Nataniel Aguirre; y la familia Argandoña en La Glorieta de Sucre. El próximo año la lista se alargará con un repositorio en Cobija dedicado a la guerra desconocida, la Guerra del Acre (donde irá a parar ese escudo que da la bienvenida en su casa); con otro en Potosí para recoger el impacto de esta ciudad en el mundo europeo; y con otro en Santa Cruz en honor a Germán Busch Becerra y la Guerra del Chaco. “¿Por qué no contamos con un museo en Oruro dedicado a los hermanos Lara?”
Baptista Gumucio es un crítico permanente de la escuela y los maestros que tenemos (“he quedado con el Sambenito de enemigo del magisterio”); y también de la academia. Lucha de manera risueña contra el menosprecio de la colonia y la república. “No se entiende a Bolivia sin ambas, sin ellas seríamos gentes del desierto. Por ese resentimiento se cultiva el odio y se hace porque éste da dividendos, es más fácil odiar que construir, como bien dijo Carlos Medinaceli; no quisiera que lleguemos al bicentenario con un país dividido en dos facciones. El odio se alimenta de ignorancia, resentimiento y envidia. Hay que lograr consensos sin atropellar, sin negar el derecho a disentir”.
—¿No te has sentido en tu labor de divulgación cultural a ratos como un Quijote luchando contra miles de molinos?
—El peor molino es la burocracia, una burocracia insolente, ignorante y corrupta, herencia colonial, por cierto. Seguimos llenos de leyes y sellos, pedimos fotocopia de todo y alimentamos un negocio de coimas y más coimas. Cada autoridad es un pequeño virrey.
Aunque no lo parezca, el “Mago” es un optimista moderado. “Quisiera serlo por mis nietos, que no se tengan que ir al extranjero, Bolivia es el único país que tenemos. Nos falta ante todo comprensión del otro, educación, cultura y cortesía. Tenemos muchas sangres corriendo por nuestras venas, solo abrazando al otro, a los departamentos que se sienten marginados o postergados como el oriente y Tarija, tendremos futuro”.
(“Si queremos ser nación, lo primero es que vayamos aprendiendo a pensar —y expresarse— en conformidad al genio nacional, al alma de la raza, al “espíritu territorial”. Porque eso es lo propio nuestro, aunque por de pronto, ese espíritu sea todo lo mestizo e indígena que se quiera, no importa. Más vale relinchar por cuenta propia que no vestirse con las plumas del grajo”, Carlos Medinaceli).
Aunque no lo parezca, Baptista no es “arguediano” y cree que los países vecinos construyeron esa leyenda negra de pueblo enfermo. “Es la posición chilena de siempre, no dejarnos respirar”. No obstante, en algo es pesimista Baptista: “cada vez leemos menos y mira que eso es casi imposible. La televisión, las imágenes, las redes sociales han ganado la batalla. La frivolidad es la reina absoluta”.
Ahora que está cerca de cumplir 90 años (en diciembre de 2023), don Mariano hace un repaso y está contento con lo hecho en su vida, una vida larga repleta de lecturas voraces (más ensayos que novelas) “gracias” a sus crónicos desvelos nocturnos. Está feliz con la idea de dejar algo que sea útil a los demás, de haber servido al país con pasión como lo hicieron su padre, su abuelo, su tatarabuelo. En su epitafio quisiera que pongan: “Aquí descansa alguien que trató de no hacer daño deliberadamente a nadie”. Ha cultivado la comprensión, la amistad y el amor en su sentido más noble.
Y como todos, ha pasado por buenos y por malos momentos, como una operación en Chile a corazón abierto, un ataque cardiaco en 1980 y algunos problemas de estómago. Los días de mayor pesar se resumen en la muerte de su padre (Mariano Baptista Guzmán), de su madre (Mercedes Gumucio Reyes) y de sus tres hermanos (Fernando, Bernardo y Myriam; solo vive su hermana Emma). “Los llevo siempre en la memoria, el tiempo es la gran medicina para sanar del dolor, para enfrentar esos momentos siempre pensé que los días mejores están por llegar”.
El “Mago” —apodo heredado de la oratoria de su bisabuelo, Mariano Baptista Caserta, presidente de Bolivia entre 1862 y 1866— recuerda los tranvías que bajaban por su barrio de Sopocachi, los viejos amigos del colegio San Calixto y Bolívar, su infancia en su natal Cochabamba (donde su tío Gonzalo Gumucio lo inició en el hábito de la lectura), sus estudios en Londres, sus años en Sucre como subdirector de la Biblioteca Nacional y su década completa en la Caracas de los 60. No considera que tenga enemigos (algunos dicen que no escribe sus libros sino los “reúne”) pues el único verdadero enemigo es el tiempo. Y todavía se acuerda de cuando fue expulsado de cuarto de secundaria por haber leído públicamente las Tesis de Pulacayo.
—El otro día en la hemeroteca municipal me sorprendí con un poema de Tamayo ilustrado con un “top-less” atrevido. Dicen que la revista Semana de aquellos años setenta era el “Playboy” de los pobres. Esos desnudos te trajeron problemas incluso con la jerarquía católica, más preocupada en aquellos años de represión por el cuerpo desnudo de una mujer que por los perseguidos y asesinados.
—Sí, fue nuestra era particular del destape, diez años antes que en España. No quiero que se me malinterprete, no me gustaría ser acusado de machista pero no hay animal más estético que la mujer, una combinación de gracia, brillantez y belleza. Con la revista Semana vendíamos 20.000 periódicos cada viernes. Solo Presencia, cuando publicó los diarios del Che, nos ganó con 50.000 ejemplares vendidos.
Si tuviera que escoger al mejor presidente de Bolivia, el “Mago” escogería a Sucre por su honestidad y brillantez. Si tuviese que escoger al peor (“no vale decir Evo” le digo con una sonrisa no correspondida), nombraría a cualquiera de los militares del siglo XIX que gobernaron para nuestra pesadilla (“en cada boliviano hay escondido un dictadorcito”). Si pudiera viajar en la máquina del tiempo, se marcharía con Magallanes y Elcano a dar la vuelta al mundo por primera vez o a los años de la “Belle Epoque” entre 1870 y el inicio de la Primera Guerra Mundial. “Fue una era de paz, prosperidad, de grandes escritores y pintores, de vanguardias artísticas; un tiempo tranquilo pero también atravesado por esa pobreza absoluta retratada por Dickens, Tolstoi, Balzac”.
A donde no volvería sería a la plaza Murillo en 1946. “Con 14 años, vi colgados al mayor Eguino y Escóbar, oímos en la radio que habían colgado a Villarroel y con mi amigo Javier Lorini nos escapamos del colegio y allá nos fuimos. Estábamos en primera fila y desde ese día me convertí a la no violencia, luego más tarde leí a Ghandi y a Thoreau. Muchos años después, siendo director de Última Hora, encontré en los archivos una foto donde se me ve al lado de la horca junto a Lorini, que murió en la Revolución del 52”.
El “Mago” confiesa que ya no escribe sus libros, los dicta a su secretaria de los últimos 25 años, Nayda Tejerina Pozo, que le acompaña también a todo acto cultural. Llevamos dos horas largas de charla, con cafecito negro de por medio. Una llamada al teléfono fijo de la casa (otra rareza) interrumpe el diálogo. Es uno de sus nietos (uno de sus cuatros hijos). El abuelo, que conserva una memoria impresionante, no se ha olvidado y lo va a acompañar al aeropuerto de El Alto.
“Te voy a dar un libro donde está todo”, me dice a modo de despedida forzosa pero cordial. Don Mariano vuelve con tres libros más. Ahora entiendo por qué heredó el apodo de “Mago”. Uno de ellos es la investigación maravillosa realizada por su esposa Beatriz Rossells Montalvo alrededor del libro de cocina de la potosina Josefa de Escurrechea y Ondarza, de 1776.
Por la libertad y la cultura (Plural y Fundación Zofro, 2016), editado por Luis Urquieta Molleda, viejo amigo orureño (director del suplemento El Duende), es una biografía fragmentaria con una galería de fotos espectacular. Cuando comienzo a leer el libro, me doy cuenta de que efectivamente ahí está todo: ensayos y entrevistas sobre su obra y persona; su labor pedagoga/alfabetizadora; sus misiones diplomáticas como embajador en Washington en la era Reagan; su labor al frente de la Biblioteca Popular Boliviana de Última Hora; fragmentos sobre sus innumerables viajes por todo el mundo (“no hay mejor universidad que ponerse a caminar y ver gentes y paisajes distintos”); y sus “columnas del afecto” escritas por personajes como el poeta Pedro Shimose, “Paulovich”, Ramón Rocha Monroy, Wálter Chávez (que cita a Ribeyro para decir: “No hay mayor felicidad que hacer leer a los demás textos que no son de uno”), Luisa Fernanda Siles, Manfredo Kempff Suárez, H.C.F. Mansilla, Gabriel Chávez Casazola, Alberto Suazo Nathes, Wálter Montenegro, Fernando Molina, Álex Ayala Ugarte…
Entonces los epítetos se multiplican: “Boliviano rotundo”, “Sansón del papel y del archivo”, “Papá Noel impaciente”, “Mensajero de la memoria”, “Llama incesante”, “Hombre sin espuma”, “Rey Mago”, “Coleccionista insaciable”, “Vigía de la cultura”, “Erudito irónico”, “Don sintético”. O simplemente, Baptista, el “papelista”; el hombre que transmite memoria para construir identidad.







