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Cuidando al sol

La premiada ópera prima de Catalina Razzini versa sobre una niña que crece junto al Titicaca, en la Isla del Sol

Cuidando al sol
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Por Pedro Susz K.
La Paz / marzo 14, 2022
en Escape

Aun teniendo muy presente la advertencia acerca de la inutilidad de las comparaciones cuando de obras expresivas se trata, a lo largo de la ópera prima de Catalina Razzini no me fue posible dejar de evocar Vuelve Sebastiana (1953), el magistral mediometraje de Jorge Ruiz, lo anoto a tiempo de señalar que ello no implica de ninguna manera el mínimo desmerecimiento axiológico por anticipado al debut de Razzini.

Más al contrario, adelantando criterios, me resultó por demás gratificante reencontrar algunos de los rasgos y premisas antropológicas y figurativas que hicieron posible, entre otras cosas, que la mencionada obra de Ruiz, obtuviera para nuestro cine el primer premio internacional cuando en 1956 le fue concedido el máximo galardón en el Festival de Cine del Sodre (Montevideo). Es más, estaría dispuesto a apostar, doble contra sencillo, que la directora de Cuidando al Sol  tuvo muy presente aquella aproximación a la comunidad Uru Chipaya a la hora de elegir el enfoque que le daría a su emprendimiento.

Y en ello tampoco hallo ningún demérito. Ojalá todos, o al menos la mayoría, de los(as) muchos(as) realizadores(as) primerizos(as) le echaran una buena mirada analítica a las obras capitales de la producción boliviana para detectar los atributos que en su momento les permitieron sintonizar con el grueso del público local, a tiempo de conferirle un sello muy propio a esa producción.

Filmada en 2019 en la comunidad de Yumani, Isla del Sol —donde asimismo tuvo lugar la primera proyección—, con la colaboración de Ibermedia y del programa Intervenciones Urbanas en la posproducción, al igual que todo lo relacionado con el cine —más aún con el nuestro, que sigue enfrentando innumerables escollos para salir adelante— debió quedar encajonada, en espera del momento adecuado para su estreno, a causa de la pandemia, el aislamiento obligatorio y todos los etcéteras aparejados a esa disrupción que nos cambió la vida a todos.

Un día cualquiera Lucía, de 10 años, ve cómo se aleja su padre, obligado a marcharse a La Paz en busca de trabajo. El golpe de esa repentina pérdida —momentánea, asegura Pedro— tiene un fuerte impacto sobre la sensibilidad de la niña, la cual a partir de ese momento, a modo de soportar la soledad, comienza a fusionar imaginariamente la ahora distante figura de su papá con las tradiciones oralmente transmitidas en el pueblo, sobre todo con las del hijo del sol que habita en algún lugar del lago Titicaca, donde igualmente espera la ocasión para emerger el legendario y temido monstruo Katari.

En el cotidiano Lucía convive con Justina, su madre, ahora trabajosamente a cargo del cuidado de ella, de su hermana menor Maribel y del pequeño Adrián, sin dejar de mencionar a la alpaca Albina que es a la vez el exiguo capital del que dispone la familia y la sustituta de las muñecas que las dos niñas aguardan les sean traídas por el padre mientras pasan los días, meses y años, alternando sus paseos y las típicas oscilaciones de la relación entre hermanas, por momentos cómplices y en otros instantes contendoras enfrascadas en discusiones a propósito de temas muy propios de su edad.

Significativa importancia a lo largo del relato tiene asimismo la relación de amistad entre Lucía y su coetáneo Sebastián, quien se gana unos pesos haciendo las veces de guía para los grupos de turistas que desembarcan en el lugar y en cierto momento se convierte en el depositario de la esperanza de ella de ver reconstruido el bote que eventualmente pueda transportarla hacia la ciudad en procura de reencontrar al padre.

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El guion, premeditadamente minimalista, escrito por la propia realizadora, está centrado en ese día a día que entremezcla la espera con los altercados entre madre e hija y la rutinaria existencia descrita al detalle luego de los meses que la cineasta se tomó, conviviendo con las y los intérpretes naturales —todos los personajes infantiles—, para interiorizarse en su modo de ser y vivir, evitando caer en los estereotipos o en el uso de esos personajes para corporizar las propias visiones de la directora que así consigue una cercanía empática que constituye el basamento fundamental de una narración impregnada de profundo apego a sus criaturas.

Si hay algo engorroso en el trabajo con intérpretes infantiles es conseguir que éstos asuman de manera natural sus roles sin caer en la caricatura propia de adultos en formato menor, por decir algo, comprometiendo de tal suerte la credibilidad de todo el asunto. Ha sido esencial en ese sentido la tarea de María Laura Berch, quien tuvo a su cargo el manejo de dichas personificaciones. Como lo fue la faena del fotógrafo español Santiago Racaj, quien consigue un preciosismo naturalista sacando el mejor partido de las impresionantes escenografías del Lago Sagrado y sus alrededores sin enfrascarse en forzados lucimientos personales, y sin tentarse tampoco por un paisajismo de postal.

Así la conexión entre los personajes y los entornos responde a un sentido dramático ayuno de innecesarios énfasis en todos los rubros. Al mismo estilo se atienen el montaje del uruguayo Fernando Epstein y todos los otros ingredientes técnico/formales del film, incluyendo la banda musical de Andrés Razzini y Guadalupe Álvarez Luchía, igualmente alineada en un tratamiento que enfoca la trama desde el punto de vista infantil obteniendo una impresión casi documental acerca del obligado rápido proceso de maduración que se ven obligados a transitar en la realidad los vástagos de esas familias de escasos recursos, la de Lucía enfocada rehuyendo el miserabilismo en el cual a menudo incurren las puestas en imagen de una existencia mirada desde afuera, mientras Catalina Razzini consigue impregnar el relato de una calidez y apertura de horizontes conceptuales para aproximarse al otro, su cultura, su cosmovisión dejando de lado los típicos prejuicios fundados en un vergonzante sentido de superioridad.

En el tema de los diálogos, asignatura pendiente en innumerables películas de por estos lares, queda claro el esfuerzo, que redunda desde luego a favor de la consistencia del producto final, de mantenerlos en un tono coloquial, siempre afectuoso, a buena distancia de las falsas impostaciones que conspiran justamente contra la credibilidad de las situaciones y de los propios personajes en ellas involucrados. Que en los momentos de mayor tensión los adultos se expresen en aymara, su lenguaje originario, es un acertado apunte a propósito de la carga emotiva que solo en el recurso a él puede manifestarse en plenitud.

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Esa misma contención expresiva, esa sencillez dramática muy diferente al simplismo, si se quiere, impera en las apostillas críticas apuntadas por la narración a un sistema educativo que no acaba de acomodarse a las necesidades y referencias contextuales del auditorio, distanciamiento especialmente notorio en la primera de las escenas en la escuela, cuando la profesora se empeña con toda sinceridad en transmitir conocimientos del todo desfasados de aquéllas y, por ende, sin utilidad alguna para los estudiantes. En cuanto a los grupos turísticos que desembarcan en el sitio, queda claro que la principal preocupación de los visitantes estriba en tomarse unas cuantas fotografías, pero sin el menor interés por trabar el mínimo contacto con los habitantes, reducidos a un elemento paisajístico más, simplemente consumible.

Asimismo en varias instancias se sugiere, tan solo de manera visual, que doña Julieta ya ha dado por perdido a su esposo y mantiene un acercamiento con una posible nueva pareja. Pero al igual que en el caso de las dos facetas recién colacionadas, la atinada renuncia a los subrayados prescindibles, evidencian que la directora deja a la responsabilidad del espectador las inferencias. Adicionalmente una muestra de respeto hacia éste.

Idéntica postura se mantiene hasta el final, cuando Lucía, ya precozmente encarada a la madurez no consigue empatar sus lejanas reminiscencias del padre que se marchó con la presencia de ese hombre que volvió como cuatro años más tarde, si nos dejamos guiar por la edad que entonces tiene Adrián, y resuelve entonces explorar su propio camino en una escena terminal franqueada a la imaginación de ese espectador.

En un año en el cual nos esperan aún varios estrenos bolivianos no será para nada sencillo que se le dispute a Cuidando al Sol el prominente lugar que se merece como un real aporte al enriquecimiento de la filmografía local, aseveración que no intenta sugerir que se trata de una obra absolutamente redonda. Entre las, pocas, flaquezas se puede constatar, por ejemplo, cierta dificultad para encaminar el relato, inconveniente pronto superado empero en virtud de la infrecuente claridad mostrada por la realizadora para afrontar su primera película, logrando una inmersión existencial que a su vez traduce el largo y minucioso trabajo de campo desarrollado para posibilitar semejante zambullida con una frescura y naturalidad que son los pilares básicos del tratamiento de una historia que se implica bien a fondo en una de las incontables facetas propias del país real.

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FOTOS: PUCARA FILMS

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