CINE
Seis años atrás, abordando el sorprendente estreno de Viejo calavera, primer largometraje de Kiro Russo, se me antojó imprescindible resaltar, entre otras varias dianas, la porfía del director para revalorizar la imagen como sustento esencial de una mirada cinematográfica a contraflecha de la reducción de aquella a un puro ingrediente acoplado a las cada vez más acentuadas y estériles recetas del adormecimiento consumista y, de ese modo vaciadas de cualquier alcance significativo y expresivo, entendiendo este último término como trasunto de una visión personal acerca del ambiente acometido en cualquier relato que no se contente con solo atender un encargo, o un capricho, con el acento obsesivamente puesto en los números de la taquilla.
Que esa preocupación no era en modo alguno una maniobra circunstancial destinada por el director a mostrarse original queda ampliamente probado en este nuevo trabajo de Russo, cuyo demorado estreno debido a las restricciones obligadas por la pandemia llega precedido de un buen número de reconocimientos en festivales internacionales de primera línea y una excelente recepción crítica, que, por ejemplo, en el caso del recensionista irlandés Eamon Tracy, lo llevó a considerarla la mejor película del año.
En estos años el vaciamiento de sentido de la imagen, aparejado a la sobreabundancia icónica patente en ciudades, caminos, medios, comercios, etc., valoriza aún más la consecuencia estético/expresiva de Russo con un estilo que vuelve a indagar en las potencialidades significantes de los códigos audiovisuales. Recurro a este último término puesto que en su segundo largo el director no se contenta, como tampoco lo hacía en el anterior, con desbordar el uso de los ingredientes figurativos en tanto meros recursos para ilustrar y/o “copiar” lo real, de igual manera esquiva la cómoda coartada de usar los sonidos como relleno o acompañamiento, más al contrario, también en este caso se vale de ellos a fin de espesar su aproximación a la interioridad de sus personajes y a la conflictiva relación de éstos con el entorno.
Elder Mamani, el alcoholizado protagonista central de Viejo calavera, ambientada en el centro minero de Huanuni, acaba de quedar desempleado. Resuelve entonces dirigir sus pasos, junto a Gallo y Gato, dos compañeros de trabajo, hacia La Paz, a fin de sumarse a una movilización de protesta contra los despidos en las minas.
El traumático encuentro con la metrópoli paceña es prologado por un casi ceremonioso acercamiento que la cámara encara por medio de pausados zooms, entretanto desde la banda sonora se escucha una suerte de sinfonía urbana que mezcla el ruido de las bocinas, las conversaciones, las excavadoras, los gritos de los niños, el repique de las campanas, el golpeteo de las construcciones en curso, los llamados a comprar de las caseras de los mercados, ilustrativa de ese caótico movimiento —recurrido, valga el apunte, en el eslogan de la administración local en el modo de una involuntaria ironía si se confronta el alcance que ésta pretendía conferirle con el impactante efecto que provoca en los tres recién llegados en procura de una salida a sus escollos existenciales—.
Muy pronto Elder comienza a sentir severos trastornos respiratorios manifestados en una tos persistente y en el sibilante sonido que provoca el esfuerzo para expirar el aire de sus pulmones. Podría ser que el malestar de cuenta de una silicosis avanzada a causa de la inhalación constante a lo largo de años de las partículas tóxicas acumuladas en las precarias condiciones laborales en los socavones. Agravada esa patología de base por las consecuencias de la caminata de siete días, la endeble dieta alimenticia, sumadas a las secuelas de las reiteradas ingestas de alcohol que el ahora exminero solía consumir a modo de evasión de su dura vida. Pero finalmente también pudiera ser provocada por una maldición demoniaca.

El hecho es que la fiebre se apodera del personaje, quien acaba desmayado en plena calle. Allí es recogido por la anciana Mama Pancha, quien dice haber sido comadre de su mamá y madrina del propio Elder, el cual no la recuerda en absoluto. Ella le conseguirá un trabajo como cargador en el mercado Rodríguez. Asimismo intentará que un doctor lo ayude. Pero cuando Mama Pancha insinúa que tal vez sea víctima de alguna condenación sobrenatural, el galeno la corta en seco: “La medicina no cree en el diablo. Hacemos estudios, exámenes y analizamos”, para terminar dictaminando “debe ser estrés”.
La colisión cotidiana de culturas en una ciudad con creciente presencia de inmigrantes llegados de las áreas rurales en busca de, muy esquivas, mejores condiciones de vida, ha quedado al descubierto en un apunte que no precisa subrayados. Le toca al espectador sacar sus propias conclusiones. Y ese es uno de los rasgos del provocador estilo narrativo elegido por Russo para oscilar con admirable soltura a lo largo de toda la puesta en imagen entre el documental, el ensayo experimental y la inmersión en el sentir de sus criaturas encaradas a una realidad muy distante de la que imaginaban, a la par de la respetuosa recuperación del ajayu colectivo trasuntado en esa forma apartada de la racionalidad secante de relacionarse con las incertidumbres vitales, contrastante, vale decir, con el afán mimético de la búsqueda de una modernidad decadente sostenida en el cemento y el consumismo desenfrenado, al que la trama dedica un ácido par de secuencias.
La colisión de cosmovisiones está por lo demás personificada en Max, el otro protagonista medular de El gran movimiento. Es algo así como una mezcla de brujo y yatiri a quien Russo conoció hace años y, declaró el director en una entrevista, que le sirvió de guía para internarse en los rincones menos conspicuos de la vida en los barrios populares de La Paz, los de los mercados atendidos por esos “otros” que aquel pretencioso afán modernizador considera un lastre prescindible al que conviene dejar en sombras, o bien oculto debajo del ruido que el movimiento hacia algún indefinido mañana genera sin pausa. Max, a quien persiguen las alucinaciones de una pantera negra, representativa de un espectro satánico, habita en las afueras, en los márgenes, de la urbe y sus correteos, hacia donde desciende de tiempo en tiempo para convertirse en artista y profeta callejero, con algún toque bufonesco, siendo recibido entre bromas, reclamos y pedidos de ayuda por las caseras.

Max será quien le ofrezca a Elder un singular paliativo a sus malestares físicos y emocionales, trasuntados estos últimos en el persistente y afiebrado delirio de un can blanco que imagina ronda por las cercanías, induciéndolo a participar de un baile, de igual forma como en su angustiosa cotidianidad minera ejecutaba en solitario una danza que semejaba un acto de locura cuando en verdad era un vehemente gesto de reencuentro consigo mismo.
Contando con buena parte del equipo que lo acompañó en Viejo calavera, Russo construye su relato, que puede parecer desperdigado porque no se atiene a los modos preestablecidos de llevar a la pantalla alguna historia, alternando escenas reales y de estricta ficción, todas filmadas en un granuloso Super 16, formato pertinentemente elegido para contribuir a enriquecer la ambientación surrealista, así como el empaque sensorial, que envuelve la película, donde adicionalmente se juega con el contraste entre lo que se ve en primer plano con lo que ocurre en el fondo de la imagen, acentuando el efecto de no linealidad que por momentos podría dar la idea de una fragmentación algo excedida. Pero es que Russo tampoco se atiene a las heredadas fórmulas de la progresión dramática, al igual que ratifica su renuencia a dejarse sugestionar por el pintoresquismo en su mirada sobre la ciudad, que aprovecha correctamente esa faceta distinta apreciable desde el teleférico. Lo suyo es, una vez más, el armado de una atmósfera envolvente dentro de la cual el interlocutor, que no un mero espectador, está retado a encontrar la punta del hilo.

Los innumerables rasgos estilísticos desplegados por el realizador con bienvenido atrevimiento, sumo a los ya mencionados: las lentas panorámicas que llevan a registrar distintos apuntes icónicos mientras prosigue en off un diálogo iniciado por los personajes, generando de tal suerte una especie de contrapunto visual/sonoro, o los brevísimos flashbacks a escenas de interior mina recicladas de Viejo calavera, terminan atrapando la atención e inmovilizando al espectador magnetizado por esa construcción dramática inescapable, efecto directamente opuesto al semi-hipnotismo activado mediante las argucias desplegadas con cada vez mayor énfasis por el mainstream a fin de bloquear la facultad crítica que pudiera dejar al descubierto el sinsentido de lo que transcurre en la pantalla. Por el contrario, El gran movimiento va introyectando en el interlocutor, sobre todo al que habita en La Paz, un inquietante cuestionamiento a su manera de implicarse en el contexto.
No era por cierto desafío menor para Russo equiparar el nivel de su anterior trabajo que había dejado la vara muy alta. Lo ha conseguido —aun cuando por momentos pueda dar la impresión de estar un poco por debajo de la cota de aquél, cuestión de gustos—, gracias a la experiencia entonces acopiada por su elenco de intérpretes naturales, así como por los mayormente noveles responsables de los rubros técnicos. De tal suerte el envite queda duplicado para posteriores emprendimientos de un realizador que se reserva las libertades sobre las cuales levantaron su obra algunos de los más atendibles autores de aquella corriente que renovó medio siglo atrás el cine en diferentes latitudes.







