Marcela Gutiérrez Peñaloza es poeta, cuentista, artesana y activista cultural. Ha viajado por toda Sudamérica con sus textos a cuestas y tiene ocho libros publicados (y cuatro inéditos esperando en la rampa de salida). Ha sido pionera en géneros como el erótico o el fantástico y sus obras han subido a escenarios teatrales en Buenos Aires. Sus relatos están publicados en recopilaciones del extranjero (especialmente en inglés y alemán) y del país, siendo la última la Antología del cuento boliviano de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB). Ha fundado revistas literarias, colecciona reconocimientos e imparte talleres de escritura y cursos de lenguaje.
Todo esto está muy bien, pero mucha gente conoce a Marcela por haber estado al frente durante 20 años del mítico Bocaisapo. “Media vida escribiendo y paso a la historia como la dueña de un boliche”, dice con ironía. La obra en madera de Diego Morales que retrataba a la veintena de habitués del “Boca” está ahora a buen recaudo en su casa.
Es hija de un campeón. Su padre, Adrián Gutiérrez Maldonado, apodado el “Fierito” en los años cuarenta, fue un talentoso jugador del club The Strongest, de Atlético La Paz y de la selección boliviana. Su madre, Irma Peñaloza Alcázar, fue una connotada emenerrista, secretaria de Víctor Ángel Paz Estenssoro y cónsul general en Lima durante el primer gobierno de Alan García.
Marcela nace el 17 de julio de 1954 en la clínica Santa María de la avenida 6 de Agosto en el barrio paceño de Sopocachi; “el dueño era el primo de mi madre”. Su casa natal es un conventillo de la calle Sagárnaga, donde años después va a funcionar otro boliche famoso, la Peña Naira. Su segundo hogar estará en Villa Fátima, su verdadero barrio hasta que compra un terreno y construye su actual casa en Alto Ovejuyo, cerca de su amiga querida, Vicky Ayllón Soria. Tiene tres hermanos: Antonio, el mayor, Miguel y Claudia.
(Ya no digo cantares / al pie de la retama / para que vuelvan los muertos / en tu barca Caronte / he embarcado una niña / con los restos de mi antiguo imperio. Para matarte mejor).
Marcela no sale bachiller pero lee desde niña a los clásicos (Salgari, Julio Verne, Andersen, Grimm, Mark Twain y cómics de Superman y Batman), los cuales despiertan su imaginación. Es expulsada del Colegio Santa Ana por decir una palabra prohibida (“culo”) y pasa a uno mixto, el Ingavi (en la calle Díaz Romero, de Miraflores) donde también acaba mal, esta vez por fumar en patota un cigarrillo. Tiene 16 años —casi 17— y su sueño es escaparse y casarse. Dicho y hecho.
En el club miraflorino de los “Diabolics Dukes” donde se reúne con amigos antes de ir al estadio “Hernando Siles” conoce a un joven potosino que vive en Cochabamba, un chango de 20 años llamado Héctor Astete Támez. Se casan volando y tienen tres “wawas”: Alejandro, Horacio Rodrigo y Katya Valeria, en apenas tres años. No tendrá buenos recuerdos de la maternidad. Ingresa al CEMA para sacar su título de bachillerato pero las matemáticas, la física y la química se le atragantan. Entonces el canto lírico se convierte en su pasión: forma parte de la Sociedad Coral Boliviana, donde a la par de cantar escribe en el boletín/revista Vocero Cultural junto a María Esther Alarcón. Tras la muerte temprana de su primer compañero, Héctor, se casa de vuelta con un cruceño llamado Alan Díaz de Oropeza. Nace el cuarto y último hijo: Adrián.
(A Héctor: Te imagino inaugurando tu muerte / nuevo y confiado / con mucha seguridad en tu rostro / como si la parca fuese un lugar preciso / recién estrenado / ajeno a todo lo que pasa / alrededor de tus ojos quietos y vacíos / mirando sin mirar tu pasado / que ya no es tuyo. Para matarte mejor).
Estamos en los años 80 y Marcela trabaja por el día y por la noche/madrugada. Por las mañanas y tardes lo hace en la imprenta Papiro y cuando sale enfila para el periódico Presencia, donde labura de armadora en las computadoras electrónicas de IBM Composer. Cuando llega la oportunidad, enseña un poema suyo llamado Pachamama a monseñor Juan Quirós García, el director del suplemento Presencia Literaria. Es la primera vez que se anima a mostrar algo escrito por ella. “Cuando era niña no había televisión en casa y leía mucho. Imaginaba historias todo el rato y escribía diálogos para los animales pero nunca dejé que nadie viera esos escritos”. La primera devolución/crítica que va a tener en toda su carrera literaria dice así: “Qué buena letra tiene, las cosas nativas no me gustan mucho pero voy a publicar su poema”.
Junto a la imprenta Papiro está entonces El Claudia, un café donde paran escritores y pintores antes de arrancar para el Averno y otros bares nocturnos de buena/mala muerte. “Cuando salía del laburo me silbaban aunque ya me conocían porque nosotros sacábamos algunos de sus libros”. Así conoce —entre otros— a Manuel Vargas, Silvia Peñaloza Rocha, Benedicto Ayza, Max Aruquipa, Diego Morales, Víctor Zapana, Adolfo Cárdenas y “Chino” Arandia. Es el germen del colectivo Los Beneméritos de la Utopía de inicios de los noventa.
El primer libro que publica se llama Para matarte mejor (1993). “La Casa de la Cultura de la Alcaldía de La Paz sacó una convocatoria para editar a tres autores noveles y mi poemario salió elegido”. La obra será reeditada en 2011. Son los años de otro boliche para la leyenda, el Avesol de la calle Goitia, primero en las manos de otro poeta, Jorge Campero, luego regentado por el recordado Fernando Lozada y su compañera Vilma.
(Al Avesol de Jorge Campero: Avesol / nave de orates / reclutando otros iguales / encallados en los puertos del mundo / bajo tus lámparas destilas / aves amarillas y papagayos guindos / menuda guarida de pan de oro / donde se codean arcángeles y poetas / donde reconstruimos pedazos de nuestra existencia / hemos bebido el veneno / de todos tus rincones / y hemos encontrado / la araña blanca de aire / en la madera de nogal de tus paredes. Del poemario Para matarte mejor).
Dos años después de la presentación de su primer libro, éste sirve de salvoconducto para viajar como poeta hasta Santiago de Chile. Sus poemas son publicados por primera vez en una antología de escritoras de América del Sur. La crítica argentina recibe así su trabajo: “La noche, el viento, los rayos, los árboles, las ramas, los reptiles, los huesos, la montaña, el cielo, el relámpago, las uñas, el ombligo y las rodillas constituyen el paisaje personal de Marcela Gutiérrez Peñaloza, a modo de un mundo interior cargado de presagios. Es así como lo íntimo se ubica en un espacio natural pleno de significado simbólico y en un tiempo nocturno en el cual habita la soledad”.
Junto a Jorge Campero y al calor de los famosos “Miércoles de Literatura” del Avesol y sus rones con mandarina, Marcela funda la revista Siesta Nacional. Van a sacar un solo número, todo un clásico: tiraje, 500 ejemplares; imprenta, la del “Picus”. “El nombre que le pusimos es porque pensamos que la literatura boliviana estaba durmiendo desde hacía demasiado tiempo”. Los dibujos están a cargo de Mario Conde y los Beneméritos de la Utopía. El primer gran invitado (y último) es el (“incomprendido e inconmensurable”, Quirós dixit) poeta vallegrandino Neftalí Morón de los Robles, que en un principio se niega a incluir sus textos en una revista hecha por changos. “Al poco tiempo se murió don Neftalí y su viuda nos pasó algunos de sus escritos y los publicamos”.
En 1995, Marcela publica su libro de relatos eróticos Diario de campaña. Es otra venganza/revancha. “Fui criada por curas y monjas y crecí en la ignorancia de mi propio cuerpo, sentía entonces que todo era pecado. Cuando descubrí el erotismo por mí misma, escribí esos cinco cuentos como negación de toda aquella etapa anterior”. Las señoras literatas del PEN Club de Cochabamba reciben el libro escandalizadas: “Son aprestos de una adolescente”. Dos años después, Rosario Aquim Chávez publica Detrás del cristal, poesía erótica. La tea ha sido encendida. El tabú ha sido derrotado.
(Eros tardó demasiado —yo no sé— / tanto esperar junto al minotauro / en las primeras horas del día / si te anunciabas al atardecer / ahora estás aquí / estoy aquí / el cuarto es silencioso / y me enredo con los versos / guardando para ti —mi último amante— / un rayo de sol / reflejada en las aguas más corrientes / grabada para que te acuerdes. Para matarte mejor).
Estamos ahora en plena noche fría de San Juan. Un “gordito bien bonito” entra al Avesol. Es un músico y toca la quena junto a sus hermanos en un grupo llamado Kanata. Su nombre es Cayo Lucio; su apellido, Salamanca. Es amor a primera vista. Se asocian para dar comidas en el Avesol pero pronto sueñan su propio boliche. El charanguista Ernesto Cavour tiene un pequeño espacio en su casa de la calle Jaén.
El 7 de febrero de 1997 —a las siete de la noche— abre sus puertas el café “Coca, Arte, Cultura, Bocaisapo”. Lugar: subsuelo del Museo de Instrumentos Nativos, esquina de la Cruz Verde. Va a durar 20 años exactamente, va a cerrar un 7 de febrero de 2017. “Siento nostalgia, especialmente de la primera época del Boca. Sus diez primeros años fueron muy lindos. Y formó parte de la vida de mucha gente. Recuerdo una noche que apareció una novia vestida de blanco, recién salida de la iglesia, se habían conocido ahí y querían bailar el vals en el boliche”.
El Bocaisapo —antigua carceleta colonial— ve pasar noches de vino chapaco, chuspillo y letras alrededor de sus corridos bancos de madera con cuero de oveja. La bohemia tiene ahí su guarida inexpugnable protegida por las hojas de coca servidas en chuas de barro. Cayo toca su concertina cuando menos te lo esperas. Humberto Quino Márquez y Víctor Hugo Viscarra compiten a las buenas y a las malas: quieren ser los más famosos de la caverna (ya no se acuerdan que Pedro Shimose también resbalaba por el lugar).
Diego Morales recibe un encargo de Marcela: pintar un cuadro con los retratos de los artistas y escritores que una noche sí y otra también entran por la diminuta puerta del “Boca”. Dicho y hecho. Los rostros de “Cayito” y “Marce”, Viscarra, Quino, Adolfo Cárdenas, “Bene” Aiza, Campero, Max Aruquipa, Carmelo Corzón, Cavour, Manuel Vargas, “Chino” Arandia, Ariel Cortez, Manuel Benavente, Vicky Ayllón, David Mondacca, Mónica Arce, Andrés Nakazane, Miguel Ángel “El Pocho” Suaznábar y el propio Diego Morales darán la bien/mal venida por siempre. “El único muerto del mural era Jaime Saenz, ahora son unos cuantos más. Cuando entraba algún famoso y preguntaba enojado dónde estaba dibujado él, siempre decíamos: Eres el que está con cuernos detrás de la máscara de China Supay”. ¿Quién se acuerda hoy del boletín La boca del Sapo cuyo primer número arrancaba con un poema de Héctor Borda Leaño sobre los seculares vaticinios del sapo y la serpiente? Solo recuerdo a los Sicuris de Italaque.
En el “Boca” del sapo de piedra —“jam’patu”— comprado por Cayo en la calle Santa Cruz, Marcela arma con Vicky Ayllón el primer número de Alasitas de la revista Correveidile, junto a “Manucho” Vargas. La tapa lleva una ilustración de “Alejo” Salazar con un Ekeko lector. Acaba de nacer, unos meses antes (1997) esa revista que esta vez sí pasará —con creces— del número uno para aguantar décadas (hasta 2014) publicando lo mejor de la cuentística boliviana.
(Intentaba mandarte palabras / pero ha de estar la luna de fuego / en medio del firmamento / pues no dejo de pensar obsesivamente en ti / la noche, la secreta noche / nuestra secreta / nos alarmaba tanto silencio / flotando entre nuestros cuerpos / todavía te nombro / en la vigilia de lo arcano / de la madera / nos hemos ido de todo / ahora estarás mirándote hacia adentro / como un túnel en busca de tus signos. Para matarte mejor).
Sus siguientes cuatro libros —todos en la editorial Correveidile— son de relatos: Zoociedad anónima (1998), Tales por cuales (2005), La mujer que no se equivocaba (2008), Gente como nosotros (2009) y Cuentos de animales y otros seres (2015, literatura infantil). La pionera Marcela la hace de nuevo. Incursiona con este antepenúltimo libro en la literatura fantástica con tintes feministas. Será su obra más exitosa. Sus lecturas —libres— de mitología han parido un imaginario rico. “Las mujeres estábamos condenadas, parece, a escribir sobre nuestra cotidianeidad, sobre nuestra infancia, sobre nuestras tareas, como si nos faltara soltarnos, soñar e imaginar cosas fantásticas, locas, crueles, extrañas”. En 2011, vuelve a la poesía con Alicia, la duquesa y el conejo blanco.
Algunos de sus cuentos más celebrados como Todas somos muy felices y Zona sur son representados por la compañía argentina “Que aquí que allá”. Y otros relatos son teatralizados por actores bolivianos como David Mondacca, Raúl Beltrán y Pedro Genaro Grossman. Su texto Los estidos se vuelve cortometraje de la mano de Pamela Romano.
Hoy en día, Marcela sigue tejiendo palabras y lanas. Lo hace desde chiquita cuando tejía para sus muñecas, lo hace desde que conoció a Cayo (fallecido en la primera ola del COVID tras 25 años de amor) y sus inventos para hilar. Sus carteras de cuero, sus alfombras de mariquita roja y sus chales en alpaca son una ayuda para vivir junto a sus seis perros (Uganda, Congo, Dingo, Morgana, Octavio y Lola) y cinco gatos (Misha, Pinky, Mandy, Mikasa y Tigrito), todos recogidos de la calle.
(Quizás en las paredes / escuches todavía / las voces de nuestros cuerpos / el murmullo de las ropas / resbalando por nuestras memorias. Alicia, la duquesa y el conejo blanco).
Marcela Gutiérrez es una escritora que no escribe para vender ni para complacer en plena era de farandulización literaria. Es una mujer que ha roto con los tabúes cotidianos/históricos que reproducimos a pequeña escala; esos que nos ordena(ba)n que una mujer no puede escribir relatos eróticos, que no puede imaginar cuentos fantásticos, que no puede abrir boliches, que no puede decir palabras prohibidas.







