Cuando supe de la existencia de los concursos literarios yo estaba en colegio, en segundo medio, si mal no recuerdo, y me pareció sorprendente que alguien pagara a cambio de las letras que te salen de la cabeza.
En ese entonces, yo trabajaba como embolsador en alguno de los supermercados de la zona Sur (no recuerdo en cuál, porque trabajé en ambos) y lo que ganaba (solo podías optar a las propinas que te daban los clientes y a algún refrigerio bien medido) no alcanzaba para comprarte muchas cosas que necesitabas para vivir (¡no sé cómo hacían un par de compañeros que solo tenían ese ingreso para sus familias!).
Siempre me han gustado los libros y, de chico, tenía el sueño de convertirme en escritor. En colegio solía escribir poemas para las horas cívicas o cómicos o románticos, por encargo. Así que, cuando supe de la convocatoria, me dije ¿por qué no? Escribí un libro de poemas (a mano, porque no tenía computadora, ya luego me prestaría una para transcribirlos, la de mi querida profesora de Educación Física, Sonia Morales, la que más fe me tenía) y lo mandé. Por fortuna (para los lectores, sobre todo), ese mamotreto (que más tarde yo mismo me encargaría de tirar a la basura) no obtuvo la menor atención.
Pasó el tiempo y dejé de escribir (no) poesía. Me enteré de que existía el Premio Nacional de Novela. Y, todavía colegial, cursaba la prepromoción, decidí participar. Era otra obra terrible que acabó en el basural para cobijo de los ratones, que, por fortuna (esperemos), no saben leer.
Me di cuenta de que, si algún día quería ganar un premio literario, debía mejorar bastante. Este par de sucesos fallidos fueron la motivación para dedicarme a leer muchos más libros y examinarlos con mayor atención. Ahora pienso, gracias a esta experiencia, entre otras, que, más que para ayudar a los escritores en su difícil día a día, los concursos literarios ayudan a fabricar lectores. (¿Y qué otra cosa es un escritor si no un lector que también está leyendo —un momento, un país, los sentimientos de las personas, sus ideas— cuando escribe?).
Al año de terminar el colegio, encontré trabajo en Santillana como vendedor de libros para la Feria del Libro de La Paz. En ese entonces, el Premio Nacional de Novela era editado por Alfaguara, un sello internacional que, antes de que la crisis española hiciera que se vendiera a la Random House, operaba en Bolivia.
El más reciente ganador del premio era La doncella del Barón Cementerio, de Eduardo Scott-Moreno. El año pasado, el galardón había recaído en La gula del picaflor, de Juan Claudio Lechín, novela de corte erótico que se convirtió en un éxito de ventas (fue el primero de los premios nacionales que leí y, como adolescente que está descubriendo las posibilidades de lo sensual, releí un par de veces más). Me sorprendió gratamente que los lectores buscaran leer con ansias una novela nacional, me hacía creer que sí era posible ser escritor en Bolivia; generalmente, muchos solían buscar títulos extranjeros como primera opción de lectura.
En 2008 salió mi primer libro, uno de cuentos, Eva y los espejos. Desde entonces, me propuse pensar más seriamente en una novela. Si bien ya había madurado lo suficiente para no hacerlo por el dinero que ofrecía un premio, fue el plazo fijado en la convocatoria el que, de alguna manera, me obligó a terminarla.
En ese entonces ya tenía a mis dos primeras hijas a cuestas. Había tenido que elegir entre trabajar y estudiar en la Carrera de Literatura o trabajar y seguir escribiendo. Me decidí por la segunda opción. El dinero que ofrecía el Premio Nacional de Novela me era más que necesario para sobrevivir. Envié Lluvia de piedra al concurso y el libro obtuvo una mención de honor.
Mentiría si dijera que cuando recibí la llamada de Zulma Yugar, quien era la ministra de Culturas, me sentí feliz. Esperaba ganar. Ese libro me había costado bastante esfuerzo. Y fue un trabajo honesto: lo mejor que pude hacer en ese momento con las posibilidades que tenía (a veces, ser escritor no habiendo sido el hijito de un papi que fue ministro te limita en tu comprensión de ciertas cosas que se necesitan saber, ¡los libros cuestan plata pues!). Fue el último que escribí totalmente a mano, mientras sostenía a Andrea, mi segunda hija, en el regazo para que no llorara y Camila, mi primogénita, jugaba a mis pies.
Por fortuna, Alfaguara Bolivia había aprendido la lección que dejó Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas (ese libro que injustamente perdió el Premio Nacional de Novela, que más injustamente todavía no fue publicado por ese sello internacional, y que resultó siendo un best seller todavía mayor al que había ganado el galardón en ese entonces, La gula de picaflor) y decidió publicar las menciones de honor también, entre ellas, mi Lluvia de piedra (que, en el momento en el que escribo esto, es un libro agotado).
Es una gran pena que, desde que en el nefasto gobierno de Áñez se suprimió el Ministerio de Culturas, se haya eliminado este concurso también. Es una pena todavía mayor que el actual Gobierno, alineado a una ideología política totalmente distinta, no se haya encargado de recuperarlo. Hay un Ministerio de Culturas, pero se ha olvidado de los escritores que, al concursar en los premios nacionales, lo hacen en busca de un salario justo para su trabajo, que implica un gran esfuerzo, a veces incluso renuncias que muchos no estarían dispuestos a hacer.
Ojalá reviva pronto el Premio Nacional de Novela para que los lectores y también los escritores continuemos aprendiendo y escribiendo sobre nuestro país.







