Hacer buena música en Bolivia —esto es, aquella que contrasta con su deplorable realidad— es una cruzada arriesgada, heroica, solitaria y, en algunos casos, incluso ingrata. Tal vez alguien agregaría que, ante todo, se trata de un esfuerzo disparatado. ¿Cómo deberíamos evaluar, entonces, a los músicos que se dedican a hacer jazz? Nos inclinamos por esta definición: Quijotescos mortales que —a la par del espigado personaje de La Mancha— están guiados por una conmovedora determinación que desafía toda lógica coherente y una visión (implícita) que obedece con convencimiento absoluto a los lineamientos de un propósito muy íntimo.
La historia del jazz en Bolivia no cuenta con eras memorables y mucho menos con nombres cuyo arte se hubiese proyectado más allá de nuestras fronteras. Carlos Fischer —un músico de aquellos que aparecen muy de vez en cuando en el firmamento— tuvo la convicción no solo de incursionar en el jazz, sino de hacerlo adoptando quizás uno de los estilos más cuestionados por los puristas: el jazz fusión. En el país de los adoradores de los mamarrachos bailables, ello constituye una verdadera rareza.
“Hacer música”, dijo alguna vez Chick Corea, “estimula lo que es natural en todos nosotros. (…) Lo único que se requiere es que seas un ser humano que emana vida y que estés abierto al juego de la imaginación”. La historia de Carlos Fischer tiene características que explican el comportamiento de su inquieta, saludablemente terca y voraz mente musical exploratoria: (a) haber crecido en un ambiente familiar que fomentaba la música y el arte, (b) la adaptación permanente a entornos geográficos diferentes (factor de enriquecimiento vivencial fundamental) y (c) la decisión de abrazar una sólida formación académica como base imprescindible para poder canalizar la inmensidad de su creatividad.

El catálogo discográfico de Fischer —si tomamos como referencia el año de grabación de su primer álbum solista (Autorretrato, 2012)— ya abarca una década. En ese ínterin ya lleva grabados tres álbumes de estudio de sorprendente consistencia en términos cualitativos. El último de ellos, Búsqueda infinita, fue presentado en mayo de este año. La propuesta del músico cruceño continúa su proceso evolutivo en curva ascendente y se erige, a estas alturas, como un escudo para protegernos de la chatura generalizada.
El cuarteto Carlos Fischer Band —que en este momento se encuentra de gira por Europa presentándose en varias ciudades de España, además de París (Francia) y Bucarest (Rumania)— había realizado su última serie de presentaciones en 2019, antes de la pandemia. Dicha crisis sanitaria obligaría, entre otras cosas, a cancelar un par de giras que ya estaban programadas para 2020 y que incluía presentaciones en Latinoamérica y el viejo continente. La denominada Gira Europa 2022 —que ha sido organizada por Silvana Vargas, mánager y representante del músico— arrojará, con toda seguridad, nuevas experiencias y generará una legión de nuevos seguidores; pero servirá, en igual medida, para que Fischer y el cuarteto continúen solidificando su sorprendente comunión musical.
El viernes 5 del corriente, a las 20.00, antes de partir rumbo al viejo continente, el cuarteto ofreció un concierto en el Espacio de Arte Mérida Romero (Av. Costanera esq. Calle 9, Calacoto) e interpretó un repertorio especialmente preparado para la gira que también incluía algunos temas clásicos del género. El gran saxofonista tenor Coleman Hawkins —Hawk, para los amantes del género— dijo alguna vez: “No es una cuestión de ser moderno. Se trata simplemente de música, de aventura. Es eso lo que la música representa: aventura”. Traemos a colación el elemento aventura porque es, en buena medida, el que encarna la música de la Carlos Fischer Band, hecho que se percibe claramente en sus presentaciones en directo.
La música que Carlos Fischer escribe tiene dos componentes fundamentales: parte de ella es escrita (interpretada) y la otra es improvisada (espontánea). La improvisación, se sabe, es el ingrediente inseparable del jazz; pero lo es también del flamenco, aunque de manera más restringida. El Diccionario Harvard de la Música define improvisación como “la creación de música en el curso de la interpretación”. Tanto el jazz como el flamenco están incorporados desde hace mucho en el paladar musical de Fischer y ambos géneros comparten un vínculo que para muchos pasa desapercibido a simple escucha.

Discografía: Autorretrato (2012), A través del alma (2014) y Búsqueda infinita (2022)
Un tema como Resiliencia, por ejemplo —que inaugura Búsqueda infinita, su tercer álbum—, tiene una estructura impecable subdividida en partes específicas. En la primera de ellas se introduce la línea melódica principal de la composición en guitarra y piano, con el bajo sumándose poco después a la reiteración de la melodía. Antes del primer minuto, se interpreta una suerte de contramelodía. Inmediatamente después hace su ingreso la batería, pasaje que desemboca en una nueva reiteración de la melodía principal y la posterior ejecución de los solos de rigor. Éstos conforman la segunda parte de la grabación y destacan la capacidad para improvisar de Carlos (guitarra) y Luis García (piano) —en ese orden—, mientras el bajo de Raúl Flores y la batería de Eduardo Navarre se suman con mucha discreción a ese esfuerzo interpretativo hilvanando el entramado rítmico de apoyo.
La tercera parte reitera la línea melódica principal y también repite la contramelodía. Acto seguido llega el turno para el lucimiento de Flores y su solo, aunque bajo los parámetros de un entorno métrico diferente marcado por el piano de García, que es el encargado de dibujar sus contornos. Algo más del último minuto y medio de la grabación constituye la cuarta parte, en la que se destaca una segunda línea melódica cuya esencia es distinta a la de la primera. Se trata, en este caso, de una melodía que evoca determinación, resolución, quizás optimismo y el augurio de un final feliz. Nuevamente el piano toma la batuta en esta última parte del tema. La conclusión, sin ser abrupta, ofrece un epílogo que sorprende por su solvencia y oportunismo.
Ver al cuarteto en vivo permite identificar las partes de una composición en las que la interpretación es en diferido (de acuerdo al libro) o en tiempo real (improvisada). Es enorme la satisfacción de poder apreciar el grado de comunión y creciente cohesión que existe entre cuatro músicos de primer nivel. La velada sorprendió a los presentes porque incluyó interpretaciones de tres clásicos: Chicken, uno de los temas bandera del gran Jaco Pastorius; Mr. P.C., del legendario saxofonista John Coltrane; y Samba de una nota so, del maestro brasileño Antonio Carlos Jobim. Las versiones del cuarteto fueron más sucias que las originales y en todas ellas afloraron los rangos distintivos de la personalidad de un ensamble que tendría que enorgullecer a Bolivia. Este cuarteto no deja de volar en libertad en la inagotable aventura musical que ha emprendido.







