Adobes. Primero habitamos, luego somos. Esto implica caminar, observar y conocer un territorio, expresarlo y poder contribuir en él.
También dirán algunos que implica experimentar las relaciones de un paisaje simbólico a través del universo sensorial de la intimidad.
Afinar la vista para poder entablar una sucesión de imágenes que implican un orden, un régimen, un modo de vida.
Habitamos esas jerarquías y las reflejamos de la manera en que construimos los lugares del hábito.
Una casa expresa ese orden.
El artista Gastón Ugalde (La Paz, 1944) recuerda el orden de su casa materna: “He pisado adobe con mis hermanos, para mi mamá, para construir nuestra casa de Alto Sopocachi.”
La construcción es la expresión de un paisaje, entonces, y en nuestro entorno el adobe es la expresión más clara de éste, aunque su importancia y uso estén cambiando.
Así como también está en constante cambio nuestro entorno.

Una pieza de la exposición / instalación de Gastón Ugalde en la Galería Puro de La Paz
Gastón Ugalde, en la exposición / instalación Adobe —Galería Puro, c. Enrique Peñaranda 1034, San Miguel—, plantea una relación de constancia con el contexto andino que es su casa.
Y, a la vez, muestra los procesos de disrupción y cambio que estamos viviendo en el altiplano.
Las primeras en dejarnos fueron las aves. Se ubicaron aquí porque el cúmulo de aguas entre los puñales del cielo les permitía existir sin mayores desplazamientos.
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También se asentaron aquellos humanos que cultivaban aprovechando los mismos depósitos.
Llegaron a nuestra hollada las aplanadoras para poder extender la ciudad por encima de sus “filudos centinelas.”
En algún lugar de la saga aymara del aparapita se han dibujado los perfiles de ese jardín andino que incluye a protagónicos nevados y dorados acantilados que marcan los límites de La Paz.
Ellos estaban ahí para servir a los antiguos paseantes, caminantes, comerciantes.

En esos pasos se marcaban las apachetas, se recibían a los achachilas, se pedían deseos, se concretaba la magia.
Pero nuestros excesos —ambiciosos, progresistas y setenteros— han permitido que se planten encima las aplanadoras.
A la vez que Jaime Saenz advertía de este aplanamiento a sus contemporáneos, a pesar de que: “Nadie puede negar que La Paz es una ciudad andina; y como tal subsistirá.
Así nos lo asegura el espíritu rector que habita la montaña.
Esta ciudad no será desvirtuada; no dejará de ser lo que es” (Imágenes Paceñas, 11).
Como en una contradicción constante, nuestra ciudad desde esos años 70 se ha convertido de una ciudad de adobe.
Que utilizaba los materiales del filo de la naturaleza a una ciudad de ladrillo, aplanadora de la armonía que mantuvimos con el paisaje durante los primeros asentamientos hasta ahora.
Gastón nos muestra justamente esta tensión.







