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Manuel Vargas, aquel niño de Vallegrande

Es uno de los mejores cuentistas de Bolivia, un amante de los libros de viejo; fundó revistas, editó a Víctor Hugo Viscarra, es Manuel Vargas Severiche.

Manuel-Vargas

Manuel Vargas

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Por Ricardo Bajo H.
La Paz / febrero 12, 2023
en Escape

Manuel Vargas Severiche es un tipo serio. Serio y responsable. Rara vez sonríe, a ratos parece un hombre triste, no por nada uno de sus mejores libros de relatos se llama Cuentos tristes. Cuando le pregunto por sus recuerdos de infancia en la comunidad de Huasacañada, a cinco kilómetros de Vallegrande, se emociona. Su voz se entrecorta, brotan algunas lágrimas que rápidamente reprime. Mientras apunto sus palabras, trato de no mirarle a los ojos. Trato de no invadir este momento íntimo de quiebre. Después, cuando llego a mi casa, me entra una sensación de culpa: debería haber dado un abrazo a ese niño de Vallegrande que suelta un par de lágrimas todavía. Llorar limpia las penas, lava el corazón. El patriarcado ha mutilado nuestra capacidad afectiva de sentir y expresar emociones. No se llora sin abrazo, pero. Debería haber abrazado a Manuel Vargas.

Manuel nace un seis de marzo del año de la revolución nacional. Hoy tiene 70 pero aparenta menos edad. Será flaco por siempre. Vive desde hace más de una década en Alto Achumani, en Jitita Pampa. Su casa —por aquel entonces solitaria— está ahora rodeada de horribles condominios privados con nombres de flores; primera terraza, segunda terraza, tercera terraza. En Huasacañada, en los años 50, cinco kilómetros y medio era harto. Manuel no dice cinco kilómetros, dice “una legua”.

Vargas vive en su comunidad hasta los diez años y medio. Hoy recuerda a sus ovejitas pastando por los cerros, a las vaquitas. Recuerda que llegar hasta Vallegrande era un mundo, había que caminar o cabalgar una legua, había que cruzar el río que muchas veces rebalsaba. Manuel se convertirá en escritor para rememorar aquellos años olvidados, para imaginar esa infancia donde fue feliz en compañía de sus padres y sus nueve hermanos. “Cuando volví años después, las ovejitas ya no estaban, una gran sequía había arrasado con todo; mi mundo había desaparecido; ya no soy de aquí, no soy de ninguna parte, pensé”. Es entonces cuando el escritor se emociona grave. Nunca volverá a ser aquel muchacho de Vallegrande.

ESCRITORES. Vargas y sus colegas en una de las ferias de autor de Villa San Antonio Bajo.
Vargas y sus colegas en una de las ferias de autor de Villa San Antonio Bajo.

La literatura sirve para muchas cosas, a Manuel Vargas le ha servido para fundar Huasacañada de nuevo; con sus cuentos y novelas ha recuperado su arcadia feliz, ha fabricado recuerdos y consuelos, ha reposado el alma. “Quería volver a ser aquel niño y no podía, fui idealizando mi comunidad con mis escritos; era una situación psicológica de conflicto, con mi obra recuperé ese mundo perdido, mi infancia”. De sus nueve hermanos solo viven dos (en Santa Cruz): Rosa y Dolly. Su padre, Bernabé Vargas Hurtado, vivió hasta sus 90 años y tuvo su primer hijo (Gregorio) a los 26. Luego llegaron Luciano, Felicia, Justa, Santiago, Raquel, Bertha (que murió hace un año) y Manuel.

La madre, doña Josefa Severiche Villagómez, quería que alguno de sus hijos fuera cura. “Era muy religiosa”. La china le toca al último, a Manuel, que con 10 años y medio sale por primera vez de la comunidad, se sube a un bus y parte a Tupiza, “el fin del mundo”. La flota Galgo se accidenta y mueren tres personas. El niño Manuel se desmaya, una chica brasileña sale despedida por la ventana. Su rodilla se llena de “añapancus”, su cabeza sangra.

En el seminario cerrado de los Misioneros Redentoristas de Tupiza está prohibido reírse. Manuel ha terminado ahí, pues esta congregación de curas franceses tiene una parroquia en Vallegrande. El chango Manuel parte con gusto, pues quiere conocer mundo, aprender idiomas. Estará tres largos años en Tupiza. Al cuarto marchará a Cochabamba, a otro seminario, esta vez más abierto. El colegio es el Pío XII de la por entonces avenida Perú (actual Heroínas). “Los curas eran españoles, del seminario San Luis. El grupo de los Redentoristas estábamos al principio bien calladitos; me reía y nadie me decía nada. Las cosas habían cambiado con el Concilio Vaticano II”. En la escuela, Manuel lee harto; entre los libros cae en sus manos la Odisea de Homero. Se prende con un capítulo de Ulises. “Si me gustan los libros, ¿qué estudio?”, le pregunta a su hermana Dolly. “Literatura”. “¿Y dónde enseñan literatura? En La Paz. Dicho y hecho. De Cochabamba se va.

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El primer profesor es un joven beniano llamado Pedro Shimose Kawamura, poeta. Da cursos básicos de Introducción a las Letras en la antigua Escuela de Filosofía y Letras. Hasta hoy, Manuel intercambia cartas con Pedro que por aquel entonces se va a vivir a Madrid, para nunca más volver. Corre 1971 y Pedro y Manuel, Manuel y Pedro, fundan una revista, todo un clásico. Se llama Revista Difusión, apoyada por la librería y editorial del mismo nombre, propiedad de Jorge Catalano Aramayo; librero, poeta, crítico musical; padre italiano, madre boliviana; el hombre que escribiera la más completa biografía de Chopin en todo el mundo.

En la librería Difusión del Prado (abierta en 1960 y cerrada en 1983) quien no caía, resbalaba. Jaime Nisttahuz, Alfonso Gumucio Dagrón, Matilde Casazola, Shimose, Vargas y Silvia Mercedes Ávila, entre otros, se juntan, se leen. “Incluso entrevistamos al ruso Yevgueni Yevtushenko, poeta; de paso por La Paz”. El también diputado de la URSS y director de cine venía de visitar el Perú del presidente Juan Velasco Alvarado.

Cuando la dictadura de Banzer cierra la universidad, Shimose le dice: “¿qué vas a hacer? Vuelve a tu pueblo y escribe”. Shimose, que vive en la calle Rosendo Gutiérrez del barrio de Sopocachi, predica con el ejemplo y se va a España. Antes, junto a Catalano, le regala una caja con hartos libros para sobrevivir en Vallegrande; desde el español Camilo José Cela hasta el argentino Juan Carlos Dávalos, un cultor de los cuentos tradicionales andinos. “Acá, en La Paz, solo quedan los concursos de canes, agarra esta caja con libros que hemos juntado en la librería, regresa y lee”.

Unos años después (1978), Vargas escribe su primera novela Los signos de la lluvia y gana la primera mención del premio de la editorial Difusión con derecho a publicación. En el jurado, cree recordar, están Shimose, Óscar Rivera Rodas y Óscar Cerruto. “Fueron intentos de cuento sobre Vallegrande mezclados con amores platónicos de la universidad, con el estilo de la época, un poco de Faulkner, un poco de Joyce, un poco del Boom de los 60, monólogos interiores…”.  Dos años después, en 1980, publica Rastrojos de un verano: se ha dado cuenta de que su tema literario pasa por la recuperación de aquel mundo perdido vallegrandino.

A mediados de los 70, trabaja en CIPCA (Centro de Investigación y Promoción del Campesinado). Viaja por todo el altiplano en compañía de Xavier Albó. “Tenía un humor fantástico, todo lo decía en chistes, hablaba perfectamente el aymara y conocer la realidad del pueblo aymara de su mano me marcó”. Manuel está encargado de los programas de radio, guioniza y luego sus textos son traducidos al aymara. De esta época (1974) es su primer libro Cuentos del Achachila, que no son relatos sino una fábula. La primera crítica de su primera obra la firma Rubén Vargas (“siempre nos confundían”).

Milita en el MIR en el Frente Campesino, introducido por un colega de laburo en CIPCA, Franz Barrios. Comparte con Antonio Araníbar, con Guillermo Capobianco, con Juan del Granado en el Comité Interfacultativo de la universidad; viaja a las minas; farrea con Artemio Camargo en Siglo XX. “Éramos rebeldes, todos soñábamos que al día siguiente caía Banzer”.

Pero la política no lo es todo, la literatura se ha cruzado en el camino de manera inexorable. Se junta con escritores y pintores. A finales del 76, nace la mítica revista Trasluz (Libros-Relatos-Poesía-Apuntes). En la tapa hay un perro destrozando un libro con un gramófono sobre su lomo. Es una ilustración de Édgar Arandia Quiroga. Dirigen la revista René Bascopé Aspiazu, Jaime Nisttahuz y Manuel Vargas. Colabora también un poeta nicaragüense llamado Mario Santos (fallecido en 2011), amigo de Ernesto Cardenal, que pulula por La Paz en aquellos años. La revista sale de la imprenta de don Roberto Millán Bueno.

Los 70 son maravillosos/odiosos. “Se escribían los primeros cuentos y los primeros poemas. Y también muchos vómitos y discursos y manifiestos. También nos peleábamos. Se discutía sobre costumbrismo y realismo socialista; y cada uno creía tener la razón. Los ambientes de nuestros escritos podían ser la violencia y la pobreza urbanas (René Bascopé), pero también las nalgas de las oficinas públicas (Jaime Nisttahuz), la arenosa frontera con sus trenes (Félix Salazar), las minas con sus fantasmas (René Poppe), extraños personajes de la penumbra (Ramón Rocha), lugares ubicuos (Alfonso Gumucio), la avenida Buenos Aires y sus olores (Humberto Quino) y mis cerros y mis vaquitas que nada tenían que ver con el dictador de turno”.

Pero no todo son letras, discusiones y conspiraciones, Manuel también se casa. Ha conocido a la hermana de Loyola Guzmán, Vicenta, con la que tendrá dos hijos: Manuel y Luciano. Vivirán durante 15 años en Villa Copacabana, su barrio.

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—Llevas más de 50 años en la ciudad de La Paz, ¿te sientes paceño, Manuel?

—Cuando salí de Vallegrande no me sentía de ningún lugar. Cuando volvía a mi comunidad sentía dolor y molestia, por lo perdido. Hasta hace poco iba a ver a mis sobrinos, ya no voy. Viajé por toda Bolivia, conozco casi todo el país. Vivo en La Paz desde los 70, he vivido en Achachicala, Vino Tinto y en un cuartito de la Guachalla en Sopocachi cuando llegué por primera vez; en Villa Copacabana, cuando me casé; en Obrajes y ahora en Achumani, pero no me considero paceño. Me considero boliviano, he aprehendido mi país.

Un día, a inicios de los 80, publica un cuento en el suplemento Presencia Literaria. Se llama Mal de ojo. El relato le cuesta un exilio. “No me fui a Suecia un año y medio, donde vivía una cuñada mía, por la dictadura de García Meza; me fui porque el Comité Cívico pro Santa Cruz me puso un juicio por difamar el honor de la mujer cruceña, entre comillas; pensaron que yo había retratado a todas las mujeres de Santa Cruz como putas”. En Estocolmo aprende sueco, estudia matemáticas, oficios y sigue escribiendo (La mujer del duende) sobre Vallegrande, sobre su paraíso perdido.

Cuando vuelve a Bolivia trabaja en Televisión Universitaria bajo la dirección de Luis González Quintanilla. “Ya había laburado en el Trece en los 70 cuando se creó el canal, en esta nueva etapa me tocó cubrir el golpe de García Meza”. La década de los 80 le consagra como afamado cuentista. Publica los libros de relatos Cuando las velas no arden, El sueño del picaflor, Cuentos de ultratumba y su famoso Cuentos tristes.  En los 90, colabora con la revista infantil Chasqui.

Recién con el nuevo siglo lograr escribir más allá del universo recreado de su Vallegrande y se atreve a plasmar a la ciudad de La Paz en su obra. Es Nocturno paceño (2006). Vargas revisita en esa novela —que se lee como relatos— aquella Bolivia de los 70; aquellas noches de bohemia y frío; aquella lucha antidictadura y viajes a las minas; aquellos amores clandestinos.

En 1996 funda una revista, otra revista; es la recordada Correveidile, órgano de difusión de la obra de jóvenes cuentistas como Wilmer Urrelo, futuro ganador del Premio Nacional de Novela; propaganda para rescatar a los viejos cuentistas de antaño, olvidados. “Fue una linda época, nuestro tiraje alcanzaba los mil ejemplares, se agotaba la revista y teníamos que reimprimir; en la última época no podíamos vender los 300 que hacíamos, con el internet la gente dejó de comprar revistas”.

En esta aventura es acompañado por dos viejos amigos, Adolfo Cárdenas y Marcela Gutiérrez. “Buscábamos al lector, queríamos contribuir con nuestro granito de arena a la difusión de nuestra literatura boliviana, en cuento”. Años más tarde (en 2016), Manuel va a ser el encargado (ideal) de agrupar a la selección boliviana del relato en la antología publicada por la Biblioteca Boliviana del Bicentenario (BBB).

Con la publicación de cientos de cuentos en Correveidile, cae en otra cuenta: la tradición oral, (la conservación y transmisión de los relatos ancestrales) es lo suyo. Actualmente, desde la pandemia, Vargas se ha dado a la tarea (gigante) de reescribir cientos de estos relatos (en castellano, aymara, quechua y guaraní). También afina un libro autobiográfico llamado Mi vidita.

Vargas es un crítico acérrimo de la literatura boliviana que hoy se autodenomina “moderna, universal, urbana y estética” y no cree que antes se escribía mal y ahora se escribe bien. “Antes existía la sociedad, existía la represión, los mineros, los campesinos, en síntesis, existía un país llamado Bolivia. Ahora, para ciertos escritores y sus bomberos, ah, qué suerte, ya nos hemos librado de esos lastres. ¿Para qué hablar de Bolivia, para qué referirse a las vaquitas o a los militares o a los mineros? Somos parte de la modernidad. La literatura está en otra parte. Y más de una vez se dice, como certificado de calidad, tal novela es tan moderna que no ocurre en Bolivia sino en cualquier parte del mundo. Entonces, debe ser buena. En todo tiempo se ha escrito buena y mala literatura”.

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A pesar de su frondosa obra (seis novelas —la última Sal de tu tierra de 2014—, y nueve libros de cuentos) muchos conocen a Vargas como el editor de Víctor Hugo Viscarra. Y lo que es peor, algunos creen que Vargas reescribía los libros de “Viscarrita”. O peor aún, que hizo (mucha) plata con sus obras, pirateadas hasta el infinito, por cierto. Manuel niega todo.

También puede leer: Siempre será 1908

—¿Cómo conoces a Víctor Hugo?

—Yo era jefe de producción del canal 13. Víctor Hugo ya había publicado su Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano y también un libro de cuentos en Cochabamba junto a Urbano Campos. Cuando vuelve a La Paz se contacta con Nisttahuz y éste le dice que me busque, pues nosotros ya publicábamos la revista Correveidile, que también era editorial. Nos vimos y me entrega sus manuscritos desordenados en una caja. Junto a Germán Arauz, que editaba los cuentos de la revista, nos ponemos a la tarea y sacamos el Alcoholatum y otros drinks. Germán, que trabajaba de periodista cultural en La Razón, era bueno para titular y él se encargó de eso, en este primer libro y en el Borracho estaba pero me acuerdo. Viscarra no se apareció en la presentación que hicimos del Alcoholatum. Era su manera de ser, “brilló por su ausencia”, como solía decir. “Lorito” Orihuela hizo una crítica muy elogiosa de aquel primer libro. Luego nos metimos con su autobiografía, el Borracho estaba...  Lo transcribí en mi computadora y lo trabajamos con Germán, que volvió a titular. Agotamos dos ediciones de mil ejemplares cada uno; del Chaqui fulero, el libro póstumo, vendimos tres mil, todo un récord. Siempre pagamos al Víctor Hugo el porcentaje que quedábamos, el 30%, mucho más de lo que pagan las editoriales convencionales; nunca fui un buen comerciante. Los que aseguran que lo que hacía Viscarra no era literatura, los que juran que él no escribió nada, que era un negocio mío, nunca me lo dijeron en mi cara. Lo único que hacen es menospreciar a Víctor Hugo; él dijo su verdad a su manera y punto; fue un escritor auténtico y nadie puede pedir nada más. Todas esas críticas y ataques se explican por nuestro carácter envidioso”.

De las dos ediciones con sellos en Argentina (Libros del Náufrago sacó una tapa horrible) y España (editorial Mono Azul de Sevilla), Vargas no tiene buenos recuerdos. Con ambas firmó un contrato, recibió un adelanto, pagó su parte a Viscarra y luego “chaucheras”, que diría el Victor Hugo en coba. “Me fumaron”.

—¿Queda algún texto de Viscarra por publicar?

—Publiqué el 80%, el 90% de lo que Víctor Hugo me dio. Cuando murió, entregué todo a su sobrino, Juan Pablo Ortega Viscarra. Creo que se va a publicar con la editorial 3600 algún material nuevo. El sobrino cree que su tío sigue siendo una veta para hacer negocio.

Estamos charlando en medio de la tupida biblioteca personal de Manuel Vargas. Junto a su lado yace una máquina de escribir, marca Remington, herencia de un suegro. Nos rodean más de ocho mil libros, la gran mayoría comprados en los puestos de viejo de la ciudad. Es una pequeña habitación dentro de la casa. Es su paraíso en la tierra. Manuel Vargas vuelve a ser aquel niño de Vallegrande cuando se aísla del mundo y se pierde en su remedio/refugio de letras.

Texto y Fotos: Ricardo Bajo H.

en tendencia: Vallegrande

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