El jueves 9 de febrero pasado, desde las dos de la tarde, empezó a formarse la fila de invitados para ingresar a la ceremonia de recepción de Mario Vargas Llosa a la Academia Francesa, frente a la puerta principal de la Coupole (la cúpula o la cumbre), como se conoce al soberbio palacio del cardenal Mazarin, edificado durante el reinado de Luis XIV. Una vez instalado el público en la sala grande, a las tres en punto, retumbaron los tambores de la guardia republicana y el escritor, escoltado por los académicos, hizo su entrada triunfal ante los atronadores aplausos de los presentes. Vestido con el uniforme verde bordado con laureles dorados, ocupó resueltamente la poltrona No. 18 que le correspondía y, una vez que se le concedió la palabra, comenzó a leer los 22 folios de su discurso de incorporación, de pie y sin usar espejuelos, durante más de una hora, en buen francés impregnado de su inevitable acento español.
El discurso de respuesta, en 16 páginas, estuvo a cargo del académico Daniel Rondeau que, al evocar el itinerario intelectual del impetrante, sorprendió al exhibir una banderola del liceo militar “Leoncio Prado”, fuente de inspiración para La ciudad y los perros que el orador había conservado por décadas, a guisa de amuleto de admiración por el autor.
Durante todo ese tiempo, los tres centenares de concurrentes seguían con religiosa atención la secuencia del acto, acomodados en tres segmentos del hemiciclo, donde se distinguían miembros de la familia, amigos personales del homenajeado y la comunidad intelectual y social parisinas. Por curiosa circunstancia, acomodaron a mi lado a la princesa Minnie de Beauvau Craon, bisnieta de Simón I. Patiño, apreciada amiga, quien me hospedó años antes en su imponente Chateau de Haroue.
En aquel ritual, todo es símbolo de una época pasada, por ejemplo, la espada forjada en el taller de Antonio Arellano en Toledo y entregada el día anterior (8 de febrero) a Vargas Llosa en evento social alistado en la sede de sus editores Gallimard, es propia de un caballero andante.

Concluido el acto, en salón contiguo tuvo lugar la recepción en que el flamante académico recibió el saludo de los participantes, ocasión que me fue propicia para congratularlo y obsequiarle una fotografía ampliada del cuarto curso de primaria (1945) del Colegio La Salle de Cochabamba donde fuimos condiscípulos. Con la emoción explicable, Mario recorrió las filas de los escolares y por la prodigiosa memoria que es la suya, reconoció a unos y otros. Casualmente, los únicos sobrevivientes, junto a él, somos Carl Brockmann y yo. Los tres, apostados lado a lado. Al constatar esa singular coincidencia, exclamó con sorpresa y satisfacción “¡Los hemos enterrado a todos!”.
Más tarde, al presentar mis respetos al rey emérito Juan Carlos, rememoré su visita a Santa Cruz, en ocasión de la XXIII Cumbre Iberoamericana, añadiendo el buen recuerdo que dejó entre los bolivianos y el que Su Majestad se llevó junto a su deleite por los vinos de altura. Me asombró verlo muy estropeado por el inclemente paso del tiempo, el flagelo de las ingratitudes y los tropiezos que causan las debilidades humanas. Ya no era el gallardo monarca que en una reunión puso un bozal al locuaz Hugo Chávez, cuando le espetó aquella sonora admonición: “¡Por qué no te callas!”
En cambio, fue agrado mutuo reverenciar a la infanta Cristina de Borbón y Grecia, al cabo de tantos años, cuando en sus primaveras juveniles trabajó conmigo en la Unesco, cumpliendo una pasantía. Sin par, dama encantadora, por su sencillez y buen humor.
En aledaño alero del salón, conversando con Patricia Llosa, exesposa de Mario, me avisó que también era cochabambina y al presentarme a María Murillo como la abogada más famosa de Lima, especialista en divorcios, la jurista se declaró de familia boliviana. Así pude observar que Bolivia estaba visible por doquier.
Naturalmente, en pláticas con académicos y profanos, afloraron varios elementos: solo ocho premios Nobel fueron académicos y que el sillón No. 18 de Vargas Llosa fue antes ocupado por 17 miembros, entre los que figura el mariscal Philippe Petain, de ingrata recordación. Irónicamente, de 40 poltronas estatuidas constitucionalmente, hoy día únicamente 35 están atribuidas, con titulares de avanzada edad, incluyendo la excepción hecha en favor de Vargas Llosa, electo a sus 86 años, siendo 75 años el límite para nuevos postulantes.

¿Podría acaso decirse que en la Academia “no están todos los que son, ni son todos los que están”? Porque entre los grandes ausentes se anota a Baudelaire, Stendhal, Maupassant, Diderot, Dumas padre, Verlaine, Balzac y Proust, entre otros.
Los académicos se reúnen una vez por semana, los jueves, y por sus esfuerzos reciben como emolumento la módica suma de 3.180 euros al año, o sea 114 euros mensuales.
Sin embargo, el patrimonio inmobiliario y bancario de la Academie Francaise (una de las cinco academias reconocidas) se ha incrementado notablemente desde el tiempo en que el ilustre cardenal de Richelieu tuvo la genialidad de crearla (1634), para preservar y enriquecer la lengua de Molière.
EL DISCURSO
No asombra que la ociosidad habitual de los reporteros que cubrieron la ceremonia hubiera recogido las frases políticamente más mediáticas del sermón, omitiendo algunas serenas y sabias reflexiones. La disertación en sí está dividida en cuatro partes: la primera, de fuste autobiográfico, donde el autor relata su cariño por la lengua y la cultura francesa, hace hincapié en su apasionado amor por Madame Bovary y su insigne creador, Gustave Flaubert, a quien reconoce como su inspirador y mentor. Luego, según es de rigor, correspondió la honra al finado Michel Serres (1930-2019), a quien lo reemplaza, recogiendo las impresiones más sublimes de su obra completa, cuya lectura seguramente tuvo que realizarla precipitadamente, con la urgencia que el caso amerita. En tercer lugar, volvió a su obsesión por Flaubert con erudita pasión, al agradecerle la invención de la moderna narrativa de ficción. La cuarta parte, y final de la alocución, contiene su propia opinión acerca de las teorías literarias y, advierte que “la novela salvará la democracia o se deteriorará con ella y desaparecerá”, oportunidad para referirse a la guerra ruso-ucraniana desde una óptica más literaria que de la geopolítica real.
Con toda razón pregona que la novela nos dará siempre la esperanza de acordarnos un último respiro hasta el instante final. Y el párrafo que más me impactó, en una traducción personal, dice así: “La literatura tiene necesidad de libertad para existir y, cuando ella no existe, recurre a la clandestinidad para hacerla posible, puesto que no se puede vivir sin ella, así como el aire es indispensable a nuestros pulmones”.
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RECONOCIDO
El 25 de noviembre de 2021 se concretó el ingreso de Mario Vargas Llosa a la Academia francesa por 18 votos a favor, dos abstenciones y uno en contra.
Desde La ciudad y los perros (1966) hasta Un bárbaro en París (2023) se han traducido al francés 46 obras del escritor peruano.
La célebre colección bibliográfica de La Pléiade ha incorporado dos tomos con obras de Vargas Llosa. De esta forma se incorporó al escritor a esa “tribu de efímeros inmortales”.
Texto y Fotos: Carlos Antonio Carrasco







