Ya entrando en otro asunto, hay gente que no termina de nacer, por alguna razón, no termina de llegar a la vida. A veces son ancianos que han envejecido en sus oficinas teniendo como única nave su escritorio y han naufragado en dos metros cuadrados sin salvación alguna. A veces son, en el caso inverso, pequeñuelos que el destino no permite que toquen siquiera la tierra y cuyas bocas no se han abierto nunca para el lenguaje.
Los primeros se van porque sí. Pero algunos de los segundos no se resignan a quedarse en el umbral de la existencia.
En aquel hospital solo se oían por las noches llantos de bebés fantasmas y, desde luego, había que jugar con ellos, porque, si no, con estrategia de pavor, podrían ir por el pueblo recordando a los demás qué es estar vivo y dotar al gentío de un saludable temor a la muerte.
La inocencia de aquellos, que no tuvieron oportunidad de cometer pecado, era totalmente intuitiva. De cuando en cuando, como enfermos de un mismo recuerdo, lloraban creyendo que al fin habrían nacido. Y allí estaban las tres señoras haciendo de madres para las almas perdidas. Haciendo de nodrizas para angelitos y no nacidos.
Las enfermeras del hospital eran tres gentiles y buenas personas que sabían sanar las enfermedades del cuerpo para los vivos en el día y las almas de los niños desafortunados por las noches.

Al llegar a la puerta del hospital, los escarabajos rojos dejaron al bebé en el piso cuidadosamente, y, todos juntos, golpearon la puerta del garaje metálico, lo que ocasionó un tamborileo que felizmente no despertó a la angelita.
Pese a la increíble prisa, la niña estaba envuelta en magníficas frazadas. Las arañas habían tenido cuidado en tejer las más finas mantas y tules, cooperándose juntas, poniendo empeño en sus duchos pedipalpos y quelíceros, la aplicada visión de sus múltiples ojos para las abrasiones, los aprestos y cavados: todo el afán en los multifilamentos, tricotados, punciones y encajes, en la urdimbre, tramas, contra hilos y rellenos. Asuntos que solo las arañas maternales conocen y practican antes de que sus propios hijos se las merienden.
Al verla toda hermosa, las enfermeras la recibieron muy conmovidas. Les extrañaba mucho el peso de la niña y los definidos colores de su rostro, la tibieza de sus mejillas, el aura caliente de su cuerpo, su respiración calmada y profunda, sus ojos cerrados.
—Wow, es el primer bebé vivo que hemos cuidado.
—Wow—, también dijo un perro que por allí pasaba.
—Los demás bebés se pondrán celosos.
—Es probable.
—Pero habrá que probar y apiadarnos de esta alma maravillosa que puede seguir su curso natural, vivo, me refiero.
Mientras ellas debatían con ternura en el idioma de los hombres, más propiamente en el idioma de las mujeres; los soldados de la tierra, los rojos escarabajos, saludaron haber cumplido su misión y partieron a los anchos pajonales del altiplano a contar su travesía y seguir con sus peligrosas peripecias de vuelo.
Aquellos pequeños niños fantasmas, que mal pudiéramos decir recién nacidos, no podían distinguir si Cecilia estaba viva o no, porque ellos solo podían ver el alma, tan inocente como la de ellos. Mediante ella iba creciendo, jugaron sin juzgarse ni temerse.
Como en el caso de los chicos que, descuidados por los padres, salen al patio y tienen de amigos a los misteriosos duendes, sin saber que ellos no son otros infantes; en la circunstancia inversa, ellos no se enteraban de que Cecilia era una niña viva y la cuidaron durante los primeros años de su infancia.
Jugaban, por ejemplo: A cantar en el ulular de la pampa, al carnaval de los animales, al mercadito de ropa usada, a ¿Quién le pone luz a la flor?, a los indios y wakeros, enterrando y desenterrando cerámicas antiguas de los chullpares. Pero el juego preferido era poder bailar con Lunor, el perro imaginario.
Todos ellos eran una gran familia. Cecilia era feliz, pero creció y empezó a preguntarse por qué sus hermanitos no, por qué todos en el pueblo eran diferentes.
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Texto: Sergio Gareca
Fotos: Secretaría Municipal de Cultura de Oruro







