Uno sale de las tocadas de Piraí Vaca con una doble satisfacción: el gozo/asombro ante el talento/virtuosismo puro del guitarrista cruceño y la sensación mágica de haber aprendido algo de música, de cuerdas, de afinaciones. Y no importa si uno entiende poco, mucho o nada de pentagramas y do/re/mi/fa/sol. Los “shows” del “profe” Piraí son democráticos. Son para todas las personas: para las sibaritas de las guitarras hechas a mano con madera amazónica/boliviana; para las entendidas en púas y uñas; para el fanático rockero o el amante de las cuecas; para las que acuden como imantadas por el carisma del maestro; y/o para las que son maravilladas por primera vez.
El escenario (del Teatro Nuna) tiene tres guitarras, una silla y un atril. El aforo está completo en noche de domingo. Es un público variopinto: veteranos y veteranas (viejos son los trapos); adultos contemporáneos; changos y changas; gentes de acá y gentes de allá. Piraí viste un abrigo negro largo, “jeans” lavados/rotos, camisa negra. Su pelo y su barba de candado bien cuidada han sido hace rato asaltadas por las canas. En la oreja derecha, un arete juega travieso con las luces del local, como un brillante.
Piraí no toca, conversa sus conciertos. Tiene el don de convertir sus actuaciones en noches íntimas de café. Enceguecido por los focos y subido a las tablas, inmediatamente estrecha/acorta esas barreras con charlas “interruptus”. Pareciera que le habla a cada uno de los espectadores. Pareciese que estamos todos y todas sentados en el “living” de su casa.
A ratos toca de pie, a ratos se sienta. De vez en cuando agarra sus lentes. Con la guitarra entre sus brazos, se mueve, se balancea, acompaña el movimiento. Parece que danza. No sé por qué pero me recuerda al personaje de Al Pacino bailando con Donna el tango Por una cabeza de Gardel en Perfume de mujer. Sin mediar palabra, como en un atraco a guitarra armada, arranca con The Scientist de los londinenses Coldplay. Es una canción que habla de desamores, de volver a iniciar la vida, de olvidar los errores cometidos, de la ciencia del amor. No es una casualidad que sea la elegida para iniciar la tocada con la guitarra electroacústica.

Piraí
Piraí “explica” el tema después de tocarlo, después de que todos hayamos sentido la batería, las percusiones, el bajo, el piano, la guitarra en cuatro acordes. Después, nos cuenta que usará a lo largo de las dos horas siguientes, siete u ocho afinaciones. Estrena cuerdas nuevas y tiene miedo que se rompan. La vez anterior que tocó en el Nuna se quebró una y Piraí —ni corto ni perezoso— dijo a la audiencia —siempre cómplice— “¿me esperan un ratingo? Voy al hotel que está acá cerquita y vuelvo”. Y la gente esperó. Y Piraí volvió. El mago tiene cuerda para rato.
El segundo tema también es de Coldplay. Se llama Yellow. Los arreglos también corren a cargo del guitarrista brasileño Daniel Padim. Piraí se confiesa. Sus conciertos son pequeños espacios de confesionario. “Yo sabía de la existencia de Coldplay pero no mucho más. Ahora me he vuelto fan, me gustan mucho sus canciones, tienen cosas hermosas”. Gracias al diamante en bruto de Piraí podemos escuchar a toda la banda inglesa; dan ganas de tararear: “Look at the stars / look how they shine for you / and all the things that you do”. Nadie canta, nadie susurra siquiera. Solo hay aplausos emocionados y algún que otro “bravo” que baja desde las gradas.
Antes del tercer tema, Piraí nos habla de las cuerdas de acero/metal que no resisten tanto como las de nailon. “A veces las cuerdas se vuelven locas y se rompen”. Es la primera vez que imagino la vida y pasión de las cuerdas. Se pueden volver chifladas, se pueden quebrar; son como nosotros. Los primeros reconocibles acordes de Nothing else matters de Metallica nos devuelven a los noventa.
Piraí cambia de guitarra; toma la clásica como Johnny Guitar agarró su fusil. Se coloca sus lentes. Se va a poner seria la cosa. Es el turno de uno de los desafíos de la noche. Es Bohemian Rhapsody de Queen; arreglos de Piraí Vaca. Arranca y se detiene. Algo no ha sonado como debiera. Nadie se ha percatado. Solo él. Piraí es perfeccionista; no por nada se formó en la escuela cubana durante seis años. “Era que la afine”. Y va de nuevo.
El tema de Freddie Mercury es complejo, inusual para ser una canción rockera, se parece más a una rapsodia clásica. Que de una guitarra y media docena de cuerdas pueda salir una ópera de ensueño se hace casi imposible. Es un reto, es el Everest. De esos que encara Piraí durante meses, de esos laberintos/entuertos de los que sale victorioso, con una sonrisa siempre. Podemos escuchar la introducción “a capela” en si bemol, la balada, el solo de guitarra, la parte operística, el “riff” rockero y la coda/final. Podemos degustar, como por arte de magia, la guitarra eléctrica de Brian May, los colores del bajo de John Deacon, la batería de Taylor, los coros.
El solo de guitarra de Bohemian Rhapsody ha sido considerado el vigésimo mejor de todos los tiempos. Es el tercer sencillo más vendido en toda la historia del Reino Unido. “Mama mia, mama mia, mama mia, let me go”. Cuando terminan los seis minutos de ejecución y sus constantes cambios abruptos de estilo, tonalidad y “tempo”, Piraí se para y abre sus alas. Agradece los aplausos, ahora más entusiastas que nunca. Entonces Piraí respira, se desahoga y nos la charla: “Es diabladamente difícil, meter todas las voces, que suenen todas las estructuras y texturas, escribir los arreglos primero y luego poder tocarlos”. La “Rapsodia Bohemia” —Piraí no lo dice— es una canción de redención de un pobre chico. “Nothing really matters to me / any way the wind blows”.
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Antes del descanso del guerrero, suena Thunderstruck de AC/DC. Es el trueno que coloca el punto final de la primera parte. La interpretación con la guitarra clásica deja a toda la platea “atónita”. Con el “riff” inicial de Angus Young dan ganas de corear y gritar “¡thunder! ¡thunder!”. La guitarra se convierte literalmente en una potente “bata” metalera. Pocos mueven la cabeza.
Cuando termina el mítico tema de los escoceses/australianos, Piraí regala una “Master Class” de arreglos e imaginación; de cómo liberar la mano derecha; de cómo encontrar el “swing”, el “power”; de cómo lograr que el tema no sea una anécdota. “Juego con una ilusión pues hago sonar notas que no están”. A estas alturas todos sabemos que estamos frente a un mago. Uno que inventa pasajes/paisajes. Uno que hace aparecer y desaparecer sonidos, uno que dobla al cantante. Todos escuchamos instrumentos que no existen sobre el escenario. Piraí es un brujo. Y sabe que lo más importante de una canción es su espíritu.
En el vestuario, Piraí rompe una cuerda. Es una réplica del “trueno”. En el intermedio, como en el fútbol, la gente aprovecha para comer y beber. Salen pizzas calientes, se destapan cervezas frías. Pocas, la verdad. La mayoría toma agua y coca-cola.
El segundo “set” arranca tierno con Love of my life de Queen, la melancólica canción de Freddie Mercury para el amor de su vida, Mary. “No conocía ésta de Queen pero ahora que hice el arreglo, son solo cuatro notas, cada día me gusta más”. Piraí nos cuenta un secreto: primero escribe lo que hace el cantante, la melodía; luego el resto.
La séptima de la noche nos lleva de la mano hacia el Hotel California de los Eagles; arreglos de Vaca y del brasileño Lucas Imbiriba. Piraí tiene de nuevo la acústica pegada a su corazón. Usa la guitarra para poder comunicarse sin articular palabra. Se toca los dedos, se cambia las protecciones, pega y despega. Cuando interpreta, pareciera que nada de lo que tiene entre sus dedos le pertenece, ni siquiera sus dedos. Parafraseando al gran B.B. King, Piraí es feliz entre seis cuerdas. Solo tiene un pudor, pudor a cortarse los dedos. Solo tiene una idea entre ceja y ceja, atacar a las cuerdas.

La octava es Phoenix rising del canadiense Calum Graham. Es un malabarismo. Es el Piraí más brutal, más encendido. Es “finger style” puro y duro, como si sus dedos veloces/feroces tocaran un piano. “Cuando interpreto esto, siento renacer, como un ave Fénix”. Como Chavela Vargas, Piraí sabe que el mundo sería un lugar mejor si lo llenásemos de violines y guitarras en vez de tanta metralla.
Cuando comienzan a sonar los primeros acordes de Stairway to Heaven de Led Zeppelin, brotan los aplausos. Antes, el maestro ha dedicado la canción a Ramiro Tarifa. “Es un tema monumental, Ramiro la ponía en el carro durante nuestras giras y me andaba fregando para que la toque pero no estaba convencido hasta que encontré una versión que me gustó”. No es casualidad que sea la última para cerrar la tocada: es la búsqueda de esperanza, sentirse sin brújula y encontrar la vida, la escalera al cielo. No importa lo que diga o deje de decir Robert Plant sobre la confusa letra, Piraí nos guía hacia la emoción.
En el programa de mano aparece Another one bites the dust de Queen. Es un error. Tengo la sensación de que la quería tocar pero algo falta aún. Otra vez será.
Cuando Piraí amaga con retirarse para volver, una niña sube al escenario y le entrega un regalo en una bolsita y una vaca grandota de peluche. “Ahora somos dos vaquitas”, bromea. La platea sonríe.
Entonces llega el turno de las peticiones. Una changa pide una de Coldplay; otros, la de ACDC. No toca ninguna de las dos. Piraí se sale del libreto y se arranca con Munasq’echay de Los Kjarkas. La noche anterior alguien ha pedido esa y ha funcionado. ¿A quién no le apetece que un charanguito se cuele en la fiesta? Luego, para rematar, toca de nuevo Bohemian Rhapsody.
Son las 22.45 de la noche y afuera en la calle no hay nadie, ni siquiera minibuses hay. Piraí sale de entre las cortinas. Espera una larga fila de admiradores y admiradoras, más ellas que ellos. Firma CD y programas de mano. Con cada persona se detiene a conversar, sin prisa, sin pausa. “La última vez que te vi fue en Londres”, le dice Karen. Piraí agradece. Es pura coquetería. Se saca fotos con todos. Charla con la niña que le ha regalado la vaca grandota de peluche. Los hechizos del mago han hecho su efecto. Los conjuros del brujo están ocultos entre las seis cuerdas que descansan sobre el escenario. La liturgia ha terminado.
Texto: Ricardo Bajo
Fotos: Rowdy Cazón y Ricardo Bajo







