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Estado boliviano versus pueblos indígenas

El nacimiento de Bolivia en 1825, la revolución de 1952 ni la Constituyente de 2006 no pudieron erradicar la mentalidad colonial interna

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Por Esteban Ticona - Es sociólogo y antropólogo aymara y docente en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).
/ agosto 6, 2012
en Especiales

Nos interesa acercarnos de una manera muy general a la larga relación conflictiva, no resuelta hasta el presente, entre el Estado boliviano y los pueblos indígenas. El Estado trató de instituirse en tres grandes momentos históricos: después del 6 de agosto de 1825, pasada la revolución del 9 de abril de 1952 y con los resultados de la Asamblea Constituyente de 2006. En los tres momentos surgió una gran pregunta: ¿Cuál es la capacidad del modelo foráneo del Estado boliviano de reconocer la experiencia societal de los pueblos indígenas y hacerla parte?

Desde el primer período de 1825, las élites con mentalidad colonial han intentado imitar ciegamente al patrón de los Estados nación europeos del siglo XVIII, aunque en la práctica esa “democracia liberal” estipulada fue la “democracia de unos pocos”, ya que los indios (como se decía) ni las mujeres (en general) podían ejercer sus derechos básicos de ciudadanía hasta mediados del siglo XX. A pesar de estas prohibiciones estructurales, el movimiento indígena, sobre todo en los Andes, inició el ejercicio de facto de sus derechos, defendiendo sus tierras comunales contra las haciendas que pretendían usurparles. Esta defensa societal india de fines del siglo XIX, a la cabeza de Pablo Zárate Willka, en alianza con los liberales del norte, terminó visibilizando y empoderando políticamente a los pueblos aymaras, quechuas y urus. Ante la traición de José Manuel Pando al pacto, el movimiento indio planteó el primer gobierno indio a fines del siglo XIX, a la cabeza de Juan Lero en Peñas-Oruro, que no pudo cristalizarse por varios factores.

La revolución de 1952 es el segundo momento donde el Estado boliviano trató de refundarse, insistiendo bajo los cánones foráneos y liberales del Estado nación. Obviamente, con algunos matices respecto del primer momento, como estar encabezados por unas élites mestizas y populistas, que encaramadas en el MNR y sus allegados, promovían la alianza de clases, la cultura nacional mestiza, la integración y la castellanización masiva de los indios, ahora llamados campesinos, la sindicalización obligatoria de todas las organizaciones como la única vía que nos llevaría al desarrollo y al progreso del país. La revolución fue percibida como la evolución histórica de la última etapa de desarrollo de la sociedad.

El tercer momento tiene que ver mucho con los sueños de los pueblos indígenas de construir un Estado distinto al viejo Estado nación, que no sólo escuche y reconozca a sus habitantes ancestrales, sino que construyamos una democracia y un Estado plurinacional basados en la experiencia política administrativa de las civilizaciones indias del país y que nos encaminemos hacia la interculturalidad descolonizadora profunda. Las primeras acciones fueron planteadas en la tesis política de la CSUTCB (Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia) en 1984; pero las acciones concretas fueron emprendidas por los pueblos de la Amazonía, el Chaco y el oriente, con la marcha pro-Asamblea Constituyente en el año 2000.

Precisamos detenernos para considerar algunas experiencias de las relaciones de los pueblos indígenas de la Amazonía, el Chaco y el oriente con el Estado boliviano. Desde el primer momento histórico pos-1825, los pueblos de estas regiones fueron vistos como parte de la naturaleza, motivo que llevó al Estado oligárquico emprender múltiples campañas de colonización regional interna, llevadas a cabo por militares, hacendados y hasta curas. ¿Cuántos pueblos fueron obligados a trasladarse a las barracas o la “Casa Suárez” del noreste? ¿Cuánto territorio de los guaraníes fue convertido en haciendas después de la masacre de Kuruyuki de fines del siglo XIX? Para el Estado de 1952, la Amazonía, el Chaco y el oriente  eran un imaginario de tierras vírgenes a las que se debía seguir colonizando. A lo mucho, se pensaba que había unos cuantos salvajes en extinción, como expresa la Ley de Reforma Agraria de 1953. Es paradójico que en este tercer momento histórico del “proceso de cambio”, esa mentalidad colonial interna no se haya superado, pues si bien hoy se percibe a la Amazonía con algunos pueblos dispersos, se sostiene que estas comunidades indígenas no tienen desarrollo y hay que hacer que abracen las políticas gubernamentales de cambio, construyendo carreteras, no importando que éstas atraviesen los parques nacionales, como es el caso del TIPNIS (Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure).

¿Cuáles son las diferencias en los tres momentos históricos en la relación del Estado boliviano con los pueblos indígenas? Sabemos que los dos primeros momentos (1825 y 1952) tienen más similitudes que grandes diferencias, aunque no se puede desconocer algunos quiebres que ocasionó la revolución de 1952 a la estructura patronal. En 2006, uno podía decir con mucho entusiasmo que el Estado plurinacional en gestación, sería distinto a los dos anteriores. “La revolución democrática y cultural” del Estado plurinacional ha generado la reaparición de un neoindigenismo mestizo (mestizos supuestamente indianizados), compuesto por los nuevos indiófilos que son los que gozan de los privilegios del poder en el “proceso de cambio”. Este sector social, en vez de coadyuvar a las políticas de la descolonización e interculturalidad, han rearticulado intereses políticos del colonialismo interno, en fuerte desmedro de los pueblos indígenas de la Amazonía, el Chaco y el oriente del presente.

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