Es mediodía y a unos metros de la estación 6 de Marzo del teleférico de la Línea Morada, en la ciudad de El Alto, un hombre con el disfraz del legendario superhéroe de la Ciudad Gótica, Batman, protege a una niña del incandescente sol, la resguarda en las sombras de un pequeño kiosco cerrado.
Él es su padre, hace unos días llegaron de Cochabamba, antes de la pandemia trabajaba como taxista, pero las condiciones por el confinamiento fueron difíciles de sostener, ya que no lograba conseguir la renta para el propietario ni mucho menos una ganancia para él ni su familia. Vivían en una casa, él como cuidador pero los obligaron a desalojar la misma.
Ahora se encuentra en la ciudad más alta de Bolivia, vino por mejores días. Se ve obligado a trabajar con su pequeña niña porque no tiene con quien dejarla, sabe que trabajar con ella se complica.
“La necesidad me obligó a salir a la calle no podía dejarla a mi hija en ningún lado. Lo único que hice fue salir cargado de ella. Ella es mi vida porque me da alegría, con ella estoy todos los días. Siempre viendo a los niños, hasta ella los saluda también otros niños, ‘hola’ les dice”, contó.
Vive en alquiler, pero confiesa que es su razón de vivir, sus ojos se humedecen cuando habla de su niña.
Un arnés ajustado a su cuerpo sujeta a la pequeña criatura, de dos años, mientras ella sostiene en sus manos una muñeca que le regalaron, es una distracción para ella mientras su padre camina entre los autos, que aguardan la luz verde del semáforo, lleva consigo una lata donde guarda cada centavo recaudado de aquellas personas que pasan por el lugar.
“Desde que nació mi hija siempre va conmigo, a todo lado. En Cochabamba la llevaba a trabajar. Vine solo con ella, y no la puedo dejar en ningún otro lado, no confío en nadie, ella es mujercita y le puede pasar cualquier cosa”, aseveró.
Partió de la Llajta con la idea de divertir a los niños en las plazas, y así poderse ganar unos pesos, es por eso que lleva el traje de Batman y la niña un casco similar al de su padre. “Es para alegrar un poco a los pequeños, no solo para ganarme unos centavos”.
Es consciente de que las condiciones en las que se encuentra son desfavorables y con la voz entrecortada dice “con quién podría estar mejor si no es a mi lado. Mi madre me dejó muy pequeño y mi padre murió cuando tenía ocho años. Me quedé con mis tíos, pero me maltrataban, así que me escapé. Viví en las calles, desde niño empecé a trabajar, siempre lo hice, nunca robé. No quiero abandonar a mi hija o que pase por lo mismo”, reflexionó.
Fue criticado y discriminado por algunos transeúntes. “Quisiera que se pongan en mis zapatos, me gritaron diciendo que me aprovecho de mi hija usándola para dar lastima, pero no es así”, lamentó.
Este héroe como muchos papás que existen que no desmayan ante las adversidades, solo piden una oportunidad, quiere ser empleado en cualquier oficio que le permitan no separarse de su pequeña. “Las propuestas que conseguí me dicen: ¿con ella vas a trabajar?, no vas a poder, y se van”.
Lastimosamente no cuenta con un celular para que las personas que le quieran colaborar se puedan comunicar con él, le robaron en la primera semana que llevó a El Alto.
Sin embargo, no pierde el optimismo. “Yo diría a los jóvenes que no se desanimen, que no se dediquen a otra cosa, que hoy en día como el alcohol los lleva a otro mundo”.
Solidaridad
Las personas que quieran apoyarlo, todos los días trabaja pidiendo unas monedas en la avenida Tiwanaku, muy cerca de la estación del Teleférico Línea Morada y frente al Regimiento Ingavi.
La pandemia no solo arrasó con la salud de los más vulnerables sino también con su economía.
Muchas familias buscan alternativas para reactivar sus actividades e ingresos económicos.






