Textos de los periodistas Montse Armengol y Ricard Belis, así como las historietas autobiográficas Paracuellos y Auxilio social de Carlos Jiménez, han sido influencias importantes para la autora y directora madrileña Laura Ripoll a la hora de componer Los niños perdidos, obra que el elenco de la compañía española Producciones Micomicón presenta hoy (19.30) en el Teatro Municipal.
Además de investigaciones periodísticas que sobre el tema se han publicado, la pieza teatral refleja «recuerdos, cosas que nos contaron nuestros padres, de ellos mismos o de nuestros abuelos», explica Mariano Llorente, uno de los cuatro actores que entrarán a escena.
Desconocida hasta hace pocos años, la realidad de los hijos de los vencidos en la Guerra Civil española aún preocupa a ciertos sectores sociales de ese país, que buscan mantenerla en secreto, asegura Llorente. «Se sabía de la enorme opresión que Franco ejerció sobre los vencidos, pero no se sabía hasta qué punto les pudo hacer daño a sus hijos».
Ternura, humor, tragedia y esperanza son los elementos con los que la obra pretende hablar de aquellos niños muertos o desaparecidos en cárceles, trenes o albergues religiosos y de auxilio social.
Son adultos los que encarnan a los infantes de la historia. «Ahí está la dificultad», menciona Llorente, quien junto a sus compañeros se sometió a un entrenamiento «en el que dejamos salir toda nuestra capacidad de juego, nuestra capacidad de emocionarnos (…). Siempre tienes en tu imaginario los recuerdos del niño que fuiste».
La observación también ayudó, ver cómo los niños se comportan, cómo pasan de la risa al llanto sin transición. «Ellos irán desenmarañando la siniestra madeja que rodea a los desaparecidos y a los olvidados de la España franquista», cuenta Ripoll, a cargo de la compañía.
La idea, señala Llorente, es no mostrar el desamparo de los personajes. «Los niños hablan del maltrato desde una perspectiva siempre de juego, juegan incluso con la muerte y se comportan de una manera completamente distinta a la de los adultos». En ese sentido, añade, la dramaturgia y la dirección hilvanan la trama, provocando que el dolor sea luego captado por el espectador.
La obsesión de los pequeños está representada por la religiosa, un personaje de carne y hueso del que Llorente no quiere revelar detalles. En cuanto a los aspectos técnicos, el actor indica que la iluminación, discreta pero profunda, traduce la parte poética de la historia. «Viene a recrear una especie de mundo fantasmagórico, es una especie de ensoñación cercana a la pesadilla» de la que los protagonistas no son conscientes. La producción cierra la temporada internacional del Festival Escénica 2011.
La historia del elenco
En 1991, Laura Ripoll fundó Micomicón junto a Juanjo Artero, Mariano Llorente y José Luis Patiño. La compañía obtuvo el Premio Caja de España de Teatro por la obra. Otras producciones como Atra Bilis han consagrado a Ripoll como dramaturga.
Se ofreció un taller
Como parte del programa de formación de la temporada internacional de Escénica, la compañía española Producciones Micomicón dictó ayer, en el Centro de Eventos del Teatro al Aire Libre, el taller denominado El dolor de los niños, dirigido a actores locales.
Una crítica a la propuesta
JAVIER VALLEJO – EL PAÍS
En Los niños perdidos, cuatro víctimas del Auxilio Social están encerrados en un desván polvoriento, un lugar de la memoria, como sugieren la escenografía, asimétrica y desvencijada, y la luz irreal.
Para matar el tiempo, repiten las consignas de sus reeducadores, cantan sus himnos, juegan y temen que entre una de las monjas, la más terrible. El texto reproduce con exactitud los tics del lenguaje de la época, y el montaje interesa más a medida que avanza.
La autora mantiene, casi hasta el final, cierta intriga. Su tesis es que hay que poner sobre la mesa los episodios de nuestra historia reciente que fueron cerrados en falso, y honrar a las víctimas. Los intérpretes de esta función aniñan sus personajes, demasiado a veces: los hacen eléctricos, con mucha energía, rebajando el drama. Hay un punto álgido: el relato, aterrador, del traslado interminable de los niños en un tren de ganado.






