El nuevo campo ferial Chuquiago Marka luce imponente, tan grande como La Paz, su gente y el poderoso tata Illimani. La sede de la Feria del Libro se ve linda y espaciosa aunque —obviamente— faltan “detalles” por solucionar: ¿quién tuvo la genial idea de poner piedras en la entrada?, un dolor de cabeza para autos y especialmente para adultos mayores que ponen en riesgo sus delicados tobillos.
El segundo obstáculo son unas largas escaleras que no cuentan con acceso para personas con discapacidad. Hasta los bancos, por instrucción de la Asfi, ya cuentan con rampas. Al final de las gradas, un letrero nos da la bienvenida al Bloque Rojo (con lindas reminiscencias soviéticas) del campo ferial y nos aconseja “ama súa” (no seas ladrón en aymara).
La tradición cleptómana ha regalado hermosos cuentos a lo largo de la historia de la literatura universal: robar libros (y luego leerlos) es el delito más hermoso del mundo e incluso se han publicado manuales para que no te pesquen y especialmente para no sentir remordimientos. Los libros robados se pueden regalar, devolver e incluso algunos vuelven solitos a su lugar de origen, por muy extraño que parezca, como si protagonizaran un relato de Cortázar.






