El lunes pasado, la Escuela de Espectadores de Teatro de La Paz (en su cuarto año de funcionamiento) comenzó su temporada 2015 debatiendo sobre la obra De cómo moría y resucitaba Lázaro, el lazarillo de Diego Aramburo. Con el desafío para futuro de una mayor difusión y producción de materiales escritos, la amena y didáctica charla reunió a 16 personas (12 de ellas, mujeres; el público mayoritario de nuestro teatro).
“¿Qué rato nos atacará?”, se preguntaba recordando el temor, una de las aficionadas teatrales. Dos de las últimas obras representadas en La Paz (la citada y Copi) han sido propuestas fallidas, ahogadas y perdidas, dejando un sabor de maltrato, engaño y estafa para el espectador. E incluso, en el caso del “Lázaro resucitado”, sentimiento de agresión por esa mal ejecutada interacción con el público.
Nuestro teatro carece (en muchas oportunidades, no todas) de directores. Tenemos simples “puestistas” y la dirección de actores-actrices brilla por su ausencia. Sobra risa fácil y falta producción: proporcionar las herramientas y alquilar la sala no es hacer producción (en serio). Necesitamos más formación y bagaje. Y recuperar la figura del “preestreno” (el que avisa no es traidor) para que los incautos no suframos más “ataques”.






