“Se consumen como cualquier carne: cocidos, fritos, en hamburguesa o en salsa”, afirma Katharina Unger, una austriaca coinventora de un aparato para criar gusanos de harina en casa, cuyo consumo alienta la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Bautizado Colmena de mesa, el aparato puede producir hasta 500 gramos de gusanos por semana. Su funcionamiento es simple: se introducen las larvas en su parte superior, donde crecen y se reproducen, y una vez que alcanzan los tres centímetros, caen automáticamente en un compartimento donde son “cosechados”.
“Después se guardan en el congelador y se pueden consumir como cualquier otra carne”, afirma Unger, de 25 años, que desarrolló el concepto con su socia Julia Kaisinger, de 28.
Las dos jóvenes, que se instalaron en China para supervisar la fabricación del producto, captaron 150.000 euros (unos $us 163.300) mediante financiación participativa y prevendieron hasta ahora 200 aparatos.
Unos 2.000 millones de personas, sobre todo en Asia, África y Sudamérica, consumen a diario insectos, un hábito que la Organización de Naciones Unidas (ONU) para la FAO considera contribuye a la seguridad alimentaria.
En Europa, aunque practicada en la antigüedad por romanos y griegos —Aristóteles confía en sus escritos ser un apasionado de las larvas de cigarras—, la entomofagia (ingesta de insectos) cayó en la confidencialidad y no fue hasta hace poco que empezó a ganar terreno, con nuevas tiendas y restaurantes de moda que proponen gusanos, grillos o hasta escorpiones fritos.






