Un viernes 16 de julio de 1926, el periódico nacional El Diario lo anunciaba. La estatua de Cristóbal Colón “será inaugurada mañana a horas 4 p.m. en la avenida 16 de Julio”.
Un par de días después, en la crónica de la inauguración, se habló de la colonia italiana residente en el país que, por el centenario del nacimiento de la República de Bolivia, quiso hacer un regalo de cariño al país con esta efigie del “descubridor” de América.
La obra fue creada por el escultor italiano Giuseppe Graciosa, realizada en mármol blanco en 1926, descrita como un monumento escultórico estatuario de bulto redondo, de tipo cuerpo entero, en posición erguido, con una altura de 2 metros y peso, aproximadamente, de 1 tonelada.
Sobre el frontis del pedestal de mármol blanco, los italianos hicieron tallar en tres líneas: “Cristóforo Colombo, 12 de octubre de 1492. Navigare necesse est vivire non necesse” (Navegar es necesario, vivir no lo es). Esta última frase sería una obsesión del escritor paceño Jaime Saenz, que la convirtió en un leitmotif en su obra.
“En blanco mármol, ante todo, está un pedazo del suelo italiano. Son bloques cortados de sus montañas y extraídos por los brazos de sus trabajadores (…) Queremos que en ella perduren nuestros sentimientos a través de los años”, diría Estéban Riccio, vicecónsul de Italia de aquella época.
Con el pasar de los años, la efigie fue objeto de varias agresiones por ser identificada como un símbolo del colonialismo de América Latina, por encima de otros ejemplos de esta colonización como son la efigie de Alonso de Mendoza o la Iglesia Católica, como decía el indianista Fausto Reinaga.
Recientemente, la estatua recibió agresiones, en marzo, de un grupo de protestantes feministas y, en julio, de un grupo de mujeres antiabortistas que le hicieron más daño a la efigie por borrar los mensajes feministas.
La Alcaldía paceña está actualmente analizando la permanencia de Colón en el Prado.






