En Piedra, Papel y Tinta, el programa conducido por Claudia Benavente, directora de La Razón, hablaron Freddy Mamani, el arquitecto creador del concepto de los famosos cholets en la ciudad de El Alto y el artista y antropólogo Edgar Arandia, acerca de la importancia de este estilo de edificaciones en Bolivia y la espiritualidad andina que esconden en sus detalles.
Los cholets son una propuesta arquitectónica de origen alteño que utiliza varias características aymaras. Son estructuras altas, grandes y llenas de colores, en cuyo interior se hallan comercios, salones de fiesta y pilares, además de departamentos y, en la cima, una especie de chalet, esa palabra europea que denomina a un tipo de estructura unifamiliar.
«El nombre (cholet) viene como un acto de desprecio y racismo, pero ya tiene más de una década y ha trascendido fronteras», explicó Arandia, quien también es poeta, artista plástico y columnista del periódico. Este antropólogo suele decir que él «se asume como un cholo de Chuquiago Marka».
Mamani, quién se identificó como el arquitecto creador de la arquitectura neoandina, nombre académico con que bautizó al estilo que dio vida a los cholets, dijo que hubo un tiempo, antes de salir como portada de la revista de la Fundación Cartier, que recibía constantes ataques de la academia arquitectónica boliviana. Esto se debe a que «la academia boliviana no estudia a la cultura boliviana. Estudian arquitectura, pero no qué hay detrás de la arquitectura», aseveró Arandia.
Pero, con más de 70 obras en la ciudad de El Alto, además de muchos imitadores que se apropiaron de su estilo dándole giros al incorporar elementos de la cultura popular como Iron Man u Optimus Prime de los Transformers, y hasta la exportación de la arquitectura neoandina hasta Santa Cruz o Perú, es imposible decir que Mamani no ha llegado más lejos que otros arquitectos bolivianos.
Y para Mamani todo comenzó cuando era albañil, en contacto de primera mano, casi espiritual, como subraya Arandia, con los materiales que componen a un edificio. Luego estudió ingeniería civil y un poco después también arquitectura en la Universidad Mayor de San Andrés, solo para cumplir con los formalismos que la academia exige.
«Estar inmerso en el proceso le da mucha ventaja, pues genera más práctica que teoría», aseveró Arandia.
LA IMPRONTA Y EL APROPIAMIENTO
Mamani contó como un «arquitecto académico» le recriminó porque había copiado las ventanas de Gaudí y otros más que haya incorporado elementos árabes o nada andinos (como los colores vivos), pero que aún así siga alegando que la suya es una arquitectura andina.
Pero él, fiel creyente de lo tihuanacota, explicó que hay de lo que parece a simple vista.
Arandia, de acuerdo con él, alegó que todo esto es parte de una práctica común boliviana: la apropiación. «Lo hemos hecho con el Tata Santiago, que era un santo mataindios, pero nosotros lo hemos convertido en el Tata Illpa. Ahora es nuestro, nos hemos apropiado de él. Nos apropiamos de muchas cosas y le damos nuestra impronta», explicó el antropólogo.
Mamani, por su parte, explicó que siempre ha basado sus diseños en la iconografía y los trazos geométricos de Tiahuanacu. Cuadros, rectángulos y círculos, símbolos que representan lo masculino y lo femenino, se reparten por diferentes sectores de sus creaciones. Arandia, en este punto, explicó que aquello es parte de la espiritualidad andina, el cómo las figuras cuadradas representan al hombre y las redondas a la mujer, dividiendo funciones y, en la modernidad, alternándolas.
El arquitecto, con la ayuda de su fanático el antropólogo, también hizo referencia a los colores, «de todos los colores de un aguayo», cada uno con su simbología y repartidos en diferentes zonas de sus construcciones que hacen honor, no solo a estos significados ancestrales, sino que también están al servicio de la modernidad, para honrar costumbres y ritos como la ch’alla, pero tal como se la celebra hoy en día.
«Nos ha dado un lugar para estar ebrios de colores y de otras cosas más», dijo, riendo, Arandia.
«En la academia nos han enseñado una línea, pero nosotros hemos llenado un vacío» boliviano que no tenía la academia, aseguró Mamani.
MODERNIDAD Y PASADO
«Seguimos pensando en transformar El Alto con la vivencia del aymara y sus edificaciones», dijo Mamani, quien está seguro de que el próximo año marcará tendencia con sus trabajos más novedosos y que incluso está preparando un museo de su propia obra.
Arandia festejó y agradeció a Mamani pues, después de todo, el cholet se ha convertido en una experiencia a la que va gente de la zona sur para vivir un simulacro del ayni, «sin vivirlo intensamente, sin saber qué significa la ritualidad» y la espiritualidad de este espacio. Sin saber cómo se puede «embellecer la vida a partir de estos espacios».
A todo ello, el antropólogo y escritor aseveró que es necesario que la academia empiece a incorporar esta clase de temáticas en la carrera de arquitectura. No solo para entender mejor los simbolismos de nuestra cultura como bolivianos, sino para que el mundo también entienda de dónde vienen todos elementos en los cholets que hacen alusión a nuestra espiritualidad.
«Bolivia nunca será campeón mundial de futbol, pero sí podemos ser exportadores de cultura» dijo Arandia, quien también afirmó estar orgulloso de haber defendido a Mamani de los embates académicos, preguntándose por qué en Bolivia «siempre estamos esperando que los extranjeros nos reconozcan».
Sin ningún representante que hable por ella, la muy aludida academia guardó silencio en el transcurso de la entrevista, disponible en el canal de Youtube de La Razón.
Ya por el final, Mamani se despidió de Benavente y Arandia diciendo que él cree en ir siempre hacia la modernidad, sin olvidar el pasado. Y que eso es lo que veremos en sus trabajos futuros.







