Aunque ha ido sufriendo modificaciones a lo largo del tiempo, el Ekeko, como se lo conoce actualmente, es una figura de yeso que representa la abundancia. Hoy en día, los artistas lo plasman en los más variados y poco convencionales materiales.
Desde 1978, el Museo Costumbrista Juan de Vargas (plaza Riosinho) posee una colección de más de 1.000 piezas relacionadas con la Alasita en diferentes especialidades. Una de ellas consta de 123 ekekos, que tienen no solamente diferentes tamaños, sino que también dejaron el yeso de lado.
Cristal, cuero, mimbre, hueso y sal se usaron para formar las figuras. Teniendo algunas de ellas incluso movimiento, o luciendo la vestimenta de los mineros. Las más actuales fueron hechas en jabón, papel, plastoformo y —acorde a la coyuntura— barbijos.
Desde el Ekeko más antiguo hasta el recién mencionado, el museo paceño incluye en su colección curiosas y únicas piezas.
Precisamente, el Ekeko o Illa de Sebastián Segurola data de 1917 y mide 3,8 centímetros de ancho por 4,7 de alto.
Los ekekos de cara blanca, la mayoría de principios del siglo XX (entre 1917 y 1936), cuentan con articulaciones en el cuello para poder mover la cabeza.
Se suman los ekekos mineros que —elaborados en metal— llevan en su carga las herramientas de trabajo y un guardatojo.
Del Ekeko más pequeño del repositorio no es posible definir sus medidas, ya que se encuentra en la base de un alfiler. Por ser una escultura diminuta, solo puede ser apreciada con un microscopio.
Otro de los trabajos que uno se detiene a ver con detenimiento es el Ekeko de madera revestida en cuero. Lo interesante en él no solo es el material, sino su cargamento.
Aviones, barcos, helicópteros y una bomba atómica se hallan en manos del “poderoso Ekeko”, que pareciera estar listo para la defensa del territorio por estar parado sobre un mapa de Bolivia de 1859, dos décadas antes del inicio de la Guerra del Pacífico que privó a Bolivia de su litoral.
“Este Ekeko tiene lo que nos faltaba para la guerra”, indica la responsable del Museo Costumbrista, Mónica Sejas, sobre la obra de Pablo Salcedo Aguilar, de 2008. Un satélite, fábricas, trenes, casas y autos son parte de los detallados elementos que incluye.
Un Ekeko tallado en hueso es otra curiosidad, cuyas medidas son de 5 por 9 centímetros. O el de mimbre, que fue elaborado por Florentino Tarifa en 1995.
El museo cuenta igualmente con cuatro réplicas del dios Tunupa en materiales tradicionales; además de dos recreaciones de la Illa del Ekeko o Ekeko Tuno, que desde su recuperación, en 2014, se convirtió en un símbolo de la festividad de la miniatura.
La donación más reciente que recibió el Costumbrista fue la de María Cristina Alarcón, en 2019. Se trata de un Ekeko de yeso aparentemente tradicional, que fue adquirido por esa familia en 1940 —aunque data de 1925—, pero que al quitársele el sombrero y el gorro de lana exhibe su cabellera de color rubio.
Hasta donde se sabe, es el único en su tipo. Otra de sus particularidades tiene que ver con su numerosa carga. “A través del tiempo, cada año le compraron más y más cosas hasta contar con más de 200 piezas”, informa Sejas. El personaje tiene una gran variedad de billetes antiguos, además de illas e ispallas.
De los ekekos de plata que habitan en el lugar, el más vistoso es el elaborado por Adolfo Salazar en 1997. Un arco de madera recubierto de aguayo y adornado con piezas de plata y banderas (boliviana, paceña y la wiphala) resaltan en su espacio.
La creatividad de los creadores de esas piezas tiene que ver con el Concurso Municipal de Miniaturas de Alasita, que la Alcaldía de La Paz lanza cada año y que, si bien propone el rescate del diosecillo, también incentiva las propuestas originales.
La obra Ekeko elaborado en barbijos, de Albertina Viscarra, fue merecedora del galardón especial del certamen de 2021. El jurado valoró el trabajo como “un registro de la pandemia plasmado en el arte”.
Las piezas del repositorio corresponden a ganadoras de concursos, donadas y puestas en custodia por familias. Varias de ellas podrán ser vistas por la población en una exposición.
La creación de obras mantiene viva la tradición de Alasita, festividad que desde 2017 forma parte de la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura).
El origen del Ekeko viene del diosecillo ancestral de Tunupa. Se tomó la figura de Sebastián de Segurola y, más que tratarse de una burla, era una manera de agradecerle, ya que finalmente fue él quien dictó una ordenanza para que después de dos siglos una vez más Tunupa salga de la clandestinidad, pero disfrazado de Ekeko.
Por ello, historiadores sugieren nombrarlo siempre como Tunupa-Ekeko, “para que la gente esté consciente de que es lo mismo y para rescatar una parte casi olvidada de nuestra historia”, en referencia a la deidad andina a la que se atribuye ser el dios del rayo y de la lluvia, y por ello, símbolo de la fertilidad.
En épocas prehispánicas, el Iqiqu era considerado la personificación de una Jaqi Illa, que era la representación de la fecundidad del ser humano como fuerza regeneradora de la reproducción humana y la fuerza que protege a la misma raza humana.
Tunupa era representado por estatuillas con grandes jorobas y el miembro viril erecto, y con dimensiones totalmente desproporcionadas respecto al tamaño de la figurilla. A partir de finales de la Colonia, fue modificándose hasta perder casi por completo sus ya mencionadas características.
Asimismo, se le fue cargando poco a poco con un montón de chucherías, con el propósito de representar la fertilidad en los campos y, posteriormente, con otros objetos que hacen al bienestar o al deseo de posesión de esos elementos para la gente. Lo que simboliza hoy la Alasita.






