La fe y la diversión son los principales motivos que impulsan a los bailarines a participar en el Gran Poder. Largas horas de danza, carga extra y factores climatológicos fueron nada comparados con la emoción de volver a bailar después de dos años.
La fe hizo que tengan salud y, en agradecimiento, bailan. El baile, a su vez, implica el disfrute y alegría. Ambos factores garantizaron la presencia de los danzarines en la entrada folklórica este año, cuando la fiesta estrena su título de patrimonio mundial.
Karen Melgar, de 27 años, es integrante de la fraternidad Hermanos Escalier. Es la primera vez que baila caporales, aunque se inició con el salay. “La fe, devoción y diversión que pasamos es lo principal. Nos divertimos sanamente, eso es lo que me motiva. Quiero bailar tres años más”, dijo, además de mencionar que le pidió al Tata salud para todos los bolivianos.
Julio Loza, de 38, baila junto a su esposa por primera vez en el bloque Los ángeles caporales del Gran Poder . “Gracias al Tata hemos llegado hasta el final. Me encanta bailar y un pedido especial para el Señor Jesús del Gran Poder es que conserve a mi familia y que seamos felices”, enfatizó.
Las hermanas Ivy y Gabriela, de 26 y 18 años, llegaron al final del recorrido con un evidente cansancio. Llevar varias polleras no fue fácil, pero “tengo la gratitud con el Señor Jesús del Gran Poder, que me ha concedido muchos deseos”, indicó la primera de ellas. “La diversión cuenta bastante. Amo la danza y extrañaba al público”, aseguró también.
Gregoria López, de 42, se reconoce como una gran bailarina de morenada, “Esta danza lo es todo para mí, al igual que mi fe en el Tata”, sostuvo sonriente.







