En la penumbra de una cueva, Mamotonosi Ntefane, de 67 años, sacude una piel de animal. Es una de las últimas trogloditas de Lesoto, un país del sur de África.
Su historia cuenta que se refugiaron en cavernas para huir de los caníbales hace dos siglos.
A más de 1.800 metros de altura, en las montañas de este pequeño reino de Sudáfrica, solo se divisan algunos pastores. Se cubren con largas coberturas de lana entre la bruma de la mañana.
Desde el inicio del siglo XIX, cientos de personas viven en las cuevas de Kome. Entre ellas, algunas familias, descendientes directos de las tribus que instauraron las fronteras de este antiguo protectorado que se independizó del Reino Unido en 1966.
Una fina humareda blanca se escapa de un afloramiento rocoso a la hora del desayuno. El escondite, a unos 50 kilómetros de la capital, Maseru, está bien vigilado.
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Sobre la leña, una marmita negra hierve el tradicional «papa», una crema de maíz.
«Aquí estoy bien. Cultivamos nuestras verduras y puedo rezar todo lo que quiero», dice a la AFP Mamotonosi Ntefane. Se le ve un rosario alrededor del cuello.
Desde la puerta abierta de su caverna, la mujer observa las planicies a lo lejos.
Colonos y zulúes
La mayoría de los 2,2 millones de habitantes de este país rural aún vive de la agricultura. Cultivan maíz, sorgo y ejotes. Pero también hay aves de corral y ganado.
Algunos de los habitantes, los mayores, reciben una ayuda del Estado. Los otros trogloditas ganan un poco de dinero mostrando sus cuevas a los escasos turistas.
La gruta se divide en varias viviendas redondas adosadas a la roca basáltica. Las paredes y los suelos están hechos de una mezcla de barro y excrementos de animales. Cada cuanto hay que restaurarlos.
El mobiliario es básico: una piel de vaca tendida en el suelo sirve de cama y el agua —extraída del pueblo vecino— está en ollas y cubetas de plástico.
Mamotonosi Ntefane se asea con un pequeño jabón que conserva en una cajita metálica.
«Aquí, no hay electricidad ni heladera, pero es nuestra casa, es nuestra historia», explica Kabelo Kome, de 44 años, a la AFP. Es descendiente del primer ocupante que dio el nombre al lugar.







