A las cuatro de la tarde del 12 de octubre, un periodista dejó de teclear en el campamento Esperanza, de Copiapó. Se acercó a la pantalla de su laptop y se llevó las manos a la cabeza y anunció: «Me he ganado el premio de periodismo de mi país».
«Parcero, felicidades», le respondió un colega colombiano que estaba al lado suyo. La enviada de Al Jazeera preguntó en un torpe español «qué pasa»; y volvió a escuchar la noticia. Ninguno tuvo tiempo de levantarse porque había que despachar la información de lo que ocurría; es decir, los preparativos para el envío de la cápsula Fénix desde las profundidades hasta la superficie… cómo esperaban las familias dicho momento…
En el campamento hubo mil, dos mil o tres mil comunicadores acreditados. Nadie puede dar una cifra exacta hasta ahora que han pasado días del rescate. La explicación la ofrece Tomás Urzúa de la unidad de comunicación del Gobierno chileno: «Siguen llegando periodistas», aún dos días después. Urzúa también añade que conoce al diario La Razón porque siempre tienen que leerlo para saber «qué pasa en Bolivia».
Urzúa improvisó una sala de prensa en el campamento Esperanza y decía que las credenciales que él repartía se convertían en las más codiciadas de la historia del periodismo. Razones no le faltaron porque en los diarios argentinos se hizo una comparación entre el número de televidentes que vio el rescate y una final de mundial. El evento en Chile fue visto por más de 200.000 personas en relación a la final que ganó España. La audiencia se cifró en más de 1.000 millones de personas en todo el planeta. Sólo el entierro de Michael Jackson habría sido más visto; aunque aquella fue una noticia triste. Lo de Chile fue alegría pura.
En cuestión de días el campamento se convirtió en ciudad. Se montó una escuelita y las pantallas parabólicas parecían grandes globos de una feria infantil. Había comedores para periodistas y familiares, donde se distribuía comida y bebida gratis. Incluso la noche del rescate se sirvió café, chocolate y sopa caliente en unos vasos desechables.
«Pero, para algunos es un negocio todo esto», se quejó Rodolfo Gonzales el presentador televisivo de Teletica que viajó desde Costa Rica. Su empresa, junto a otra emisora ecuatoriana, pagó 12.000 dólares por alquilar una parabólica durante cinco días. Cuando se le consultó si aquello valía la pena, él respondió: «Claro» y se despidió con un coloquial «Pura vida» que en el país centroamericano significa buen augurio, algo así como «que te vaya bien».
Las carpas le dieron sentido al denominativo de campamento. Las casas rodantes, como la de Reuters, eran un castigo diario para los camarógrafos que trepaban al techo y veían cada movimiento del proceso de rescate. Durante el día el sol era un enemigo que quemaba y quemaba la piel despacio. Por la noche estaba el viento y era tan inclemente que Milenka, una periodista boliviana, dijo que no lo había sentido así ni siquiera en el festejo del Año Nuevo aymara, en Bolivia.
En varias direcciones, estaban los baños portátiles. Había, creo, más de 50 y pocas veces estaban ocupados. En uno de esos, la última noche del rescate estaba una periodista japonesa que transmitía para un canal canadiense cuyo nombre era impronunciable para los latinos. En su cabeza tenía un casco que brillaba e intentaba preguntar algo a la familiar de un minero. Como no se hacía entender en español hablaba en inglés y nadie, ni el periodista de La Razón, comprendía lo que decía. Tuvo que venir un estadounidense para traducir: «Quiere saber si se echa agua al baño o no es necesario». «Ah, ya», dijimos los presentes. Pero en Copiapó y en el campamento no había ese monosílabo «ah» paceño. Sino que era más corto y menos impulsivo. Era un «ya» y punto.
La torre de Babel casi se vino abajo cuando un montón de periodistas peleaba por tomar la mejor imagen de María, la alcaldesa del campamento. Era de noche y ella quería ver cómo se rescataba al primer minero. «A ver niño, el boliviano, no me vayas a tapar con la cámara», dijo ella cuando en realidad el periodista boliviano de la Razón disputaba casi a codazos por prevalecer en un punto de mira para hacer la fotografía exacta. En medio del tumulto de periodistas había insultos en alemán, francés, español, español chileno, español argentino. Hubo amenazas entre comunicadores, bromas, cansancio. Era, en resumidas cuentas, la pugna por conseguir la mejor imagen.
María pegó un grito al cielo cuando otros periodistas se subieron a sillas enfrente suyo y le taparon. «Bajen o los bajo», dijo medio en broma medio en serio. Y se le hizo campo a María para que vea el espectáculo que fue una «exclusiva» de la Televisión Nacional de Chile. Cuando salió el primer minero a la superficie todas las rencillas quedaron atrás, la mejor manera de reflejar la alegría de la buena noticia era cubrirla de la mejor manera. Es más, cuando fue rescatado el último minero, Luis Urzúa, y María permanecía en su carpa, los periodistas la aplaudieron.
Ella los aplaudió y al final hubo el abrazo entre la información y los informadores. La cobertura de una de las noticias más importante del año hermanó a periodistas de todo el mundo y de diferentes medios impresos, televisivos, radiales y de internet.
Cobertura de 1.500 periodistas
Más de 1.500 periodistas de medios locales e internacionales hicieron base junto a la mina para seguir los detalles del izamiento de los trabajadores desde las profundidades del yacimiento San José, ubicado en el norte del país, informó BBC Mundo.
Según las mediciones de la compañía Real-time Web Monitor, citadas por la CNN, en la tarde del pasado martes el tráfico en internet creció a más de 4 millones de visitas por minuto, siendo superado sólo por los partidos del mundial de fútbol, Wimbledon y la toma de posesión de Barack Obama como presidente de Estados Unidos. la TV cubrió 24 horas.
‘Esta es una noticia reivindicatoria’
Amaro Gómez Pablos
Este chileno es uno de los más reconocidos en el mundo, ahora trabaja para la Televisión Nacional de Chile, La Razón habló con el en Copiapó.
— ¿Qué siente un periodista de tanto recorrido internacional en estos momentos?
— Es un gran privilegio porque se tocan muchas historias; como la que estamos actualmente cubriendo y que no nos dejan de sorprender. Creo que, sin embargo, al encontrarme con varios colegas con quienes estuve en Afganistán y en Irak, todos apuntamos a que majaderamente nos toca cubrir malas noticias y esta es una noticia reivindicatoria. Es una noticia alegre y al fin hermosa.
— ¿Qué es lo más duro que te ha tocado cubrir?
— Es difícil responder porque las guerras son todas ellas duras; pero también las tragedias humanas, como por ejemplo lo que pueda ser la hambruna en Etiopía, terremotos en Turquía; hasta los que nos han golpeado en casa, tanto los azotes de la tierra como los tsunamis.
— Cuéntanos un poco de tu vida de trotamundos.
— Soy nacido y criado en España, pero soy de madre chilena y tengo la nacionalidad chilena. Estuve trabajando durante más o menos 10 años en CNN fui corresponsal en jefe para Europa. Volví a Chile, a casa, tras estar en la Guerra de Irak.
— Durante una cobertura , tras el tsunami de Chile no se mezcló el periodista con el personaje al decir «señora no se lleve las cosas» (cuando la gente empezó a saquear supermercados).
— Es que nunca dije eso. Y quizá las personas estaban pensando en eso cuando veían las transmisiones. Yo lo único que hice es preguntar, cuando había pillaje y vandalismo, y me acuerdo muy bien de la pregunta: «¿Es éste un artículo de primera necesidad?», eso es todo. Lo que ocurre muchas veces es que lo que las personas o la audiencia piensa o siente lo pone en las palabras del periodista. Era un acto que a mí me dejó muy amargado, porque era un momento en el que debe primar más la solidaridad y la educación cívica y dimos muestras de aquello.
— Le criticaron por la cuestionante: ¿Señora es un artículo de primera necesidad?
— No, no me criticaron por eso, para nada. Al contrario, fui el periodista mejor evaluado.
— ¿Su opinión sobre Bolivia?
— He viajado varias veces a Bolivia y es un país entrañable y hermoso. Me gusta que esta historia del minero boliviano haya dejado de lado y marginado por fin el tema de las fronteras y los conflictos históricos, creo que traerlos a colación en instancias habría sido absurdo. Gracias a Dios los trascendemos.
Erick Ortega
El Gabo tiene toda la razón
Ella iba con zapatos de tacón pequeño. A veces resbalaba y daba un pequeño salto hacia atrás para impulsarse. Volvía a andar por el camino pedregoso, descansaba un momento, una mochila pesada en el hombro izquierdo. En la diestra llevaba una libreta y su micrófono de Chile Visión. Aceptó mi ofrecimiento para llevar su mochila. Sonrió con ese gesto televisivo que es innato.
Mientras trepamos hacia la plataforma donde el presidente Sebastián Piñera iba a dar su conferencia, ella me contó que recién llegó de Ecuador. Le esperaban más viajes porque en un par de días debía irse a Europa «detrás de Piñera». Se detiene, respira profundo y dispara una frase: «No importa, es el mejor trabajo, cachaí».
Al hacer una nota sobre la experiencia en Copiapó sólo tengo que reafirmar aquello, apelando a García Márquez: «El periodismo es el mejor oficio del mundo».
Muchas veces dan ganas de llorar y de quitarse esa etiqueta de periodista para convertirse en un ciudadano que llora con las desgracias y se alegra con las experiencias como las de Copiapó. No se pudo porque había que enviar notas y la noche aún era virgen, como dice Jaime Bayli.
Casi a la medianoche del día 13 había que reportar el exitoso rescate. Y en la Plaza de Copiapó hubo fiesta y grité, como todos, un «cachaí». No importaban las banderas. Entonces sólo atiné a llamar a mi hija para decirle que estaba viendo algo histórico. Quizás no me entendió, me decía que me buscaba en la Tv y que no me veía. Y me pidió lo mismo de cada viaje, que me cuide y que le lleve algo. Le dije «claro, pero sólo si me prometes que serás periodista». «Prometo, prometo», respondió. El día 14, quise encontrar una buena ubicación para ver la conferencia de prensa de Piñera en el hospital. Y la volví a ver.
Con una blusa sencilla y la misma sonrisa. «Vos me ayudaste en el cerro», dijo y luego me hizo la oferta que yo esperaba: «vení, venite, hay espacio». Piñera habló y cuando iba a responder la última pregunta, ella me dijo «nos vemos luego». Me dio un beso en la mejilla y volvió a sonreír: «me voy a Europa». Yo me quedé amando a mi oficio.
Erick Ortega
enviado a Copiapó (Chile).






