El 33% de los brasileños que votó el domingo en la segunda ronda de las presidenciales no completó su educación elemental. Casi el 50% forma parte de la economía sumergida y ni ellos ni la empresa a la que pertenecen pagan impuestos.
Son dos ejemplos de la formidable tarea a la que tendrá que hacer frente Dilma Rousseff, la presidenta electa de Brasil, uno de los mayores mercados emergentes del mundo y uno de los que, pese a esos datos, ha sufrido la mayor y más positiva transformación en los últimos años.
El Mandatario que ahora se retira de la primera línea política, Lula da Silva, ha logrado sacar a casi 23 millones de personas de la pobreza más absoluta, ha asegurado un crecimiento sostenido, creando al mismo tiempo confianza en los mercados y en el escenario político internacional, y ha conseguido que el 90% de los niños estén escolarizados.
Son avances importantes, pero que no ocultan las enormes carencias que todavía existen. En educación, por ejemplo, el problema sigue siendo descomunal, porque ese 90% de población escolarizada hace frente a una enseñanza elemental deficiente y porque la secundaria ni es obligatoria ni tiene calidad como para asegurar el futuro.






