Su primera entrevista desde que salió de la cárcel la concedió a El País de Madrid. La primera vez que dos periodistas penetran en la lujosa casa de estilo georgiano. El australiano tiene buena cara. Bebe té y habla, como siempre, en un tono de voz muy bajo. El editor muta en el momento en que empieza la entrevista. La cercanía, las risas y su humor agudo cesan cuando se enciende la grabadora. Toma aire y se transforma. Se mete en su papel de luchador por la libertad de expresión.
— Empezaremos con una pregunta muy básica. ¿Cómo se encuentra usted en estos días?
— Es maravilloso haber abandonado el confinamiento en soledad. Me siento muy determinado. He visto que hemos recibido un apoyo a escala mundial, especialmente en Sudamérica y Australia y parece como si todo el mundo en todas partes nos apoyara. Pero cuanto más cercano está un hombre al poder, menos predispuesto está a apoyarnos, probablemente porque tienen más que perder. En los últimos 10 días hemos visto a gente, incluso cercana al poder, que nos ha mostrado su apoyo.
— Como el presidente Lula.
— Como Lula. Es caso especial, porque se ha retirado, y eso le permite ser más directo de lo que habría sido. Ya no tiene que rendir ninguna pleitesía a EEUU.
— El jueves salió libre y pronunció unas palabras en las escalinatas del Tribunal Superior…
— Fui tan rápido… Me podría haber quedado allí hablando durante una hora, pero la Policía estaba preocupada porque pudiera ser asesinado o algo así.
— Varias figuras representativas de la política estadounidense han dicho que había que acabar con usted públicamente. ¿Recibe otras amenazas?
— Recibo amenazas de muerte todo el rato. Mi abogado las recibe, mis hijos las reciben.
— ¿De dónde proceden?
— La mayoría parecen provenir de miembros de las Fuerzas Armadas de EEUU.
— Dijo usted que en sus días en prisión se había acordado de todas las personas que están en prisión a lo largo y ancho del mundo. Pero ¿qué han supuesto esos nueves días para usted?
— Fui transferido tres veces. Primero estuve en las celdas introductorias. Al contrario que otros presos, mi celda estuvo cerrada durante todo este periodo. Luego me transfirieron al ala Onslaw, que tiene 350 prisioneros y son los que tienen un peligro físico para otros prisioneros o guardas: gente que supuestamente ha sido condenada por delitos sexuales, asesinatos de niños… Yo no podía salir de mi celda, pero muchos presos deslizaban cosas bajo mi puerta. Había mucha curiosidad.
— ¿Notas, misivas?
— Sí. Todos los presos que hay en Wandsworth son gente que está esperando a ser extraditada. Me pasaban por debajo la puerta actas de extradición norteamericanas. Pero se consideró que seguía siendo demasiado peligroso para mí seguir en Onslaw.
— ¿Por qué?
— Por el peligro de que alguien me atacara o me matara. Así que me movieron a la unidad de aislamiento, bautizada eufemísticamente como La Unidad de Cuidado y Separación… donde son enviados los prisioneros más díscolos.
— ¿Cambiaban las condiciones de celda a celda?
— Sí, cada vez eran más duras. Cada celda tiene una cámara. Cada prisionero está aislado. Hubo días en que sólo yo estaba en esa unidad. Había pederastas enloquecidos que gritaban toda la noche sobre sus crímenes. Se escuchaban esos gritos toda la noche.
Assange dice que el sistema de la prisión era muy «soviet». Burocrático. Para conseguir hacer una llamada de teléfono había que iniciar procedimientos que duraban una eternidad. Sólo consiguió cuatro llamadas a personas que no fueran sus abogados. Dice que la mayoría de las personas que lo custodiaban estaban de su lado. Un oficial le entregó una tarjeta en la que había escrito: «Sólo tengo dos héroes en este mundo: Martin Luther King y usted».
The Guardian recreó los días de agosto en Suecia
El sábado, The Guardian hizo una reconstrucción de cómo fueron los días que Julian Assange pasó en Estocolmo en agosto, cuando se gestaron las dos denuncias por violación. Tras acceder a testimonios que recogió en aquellos días la Fiscalía sueca, daba detalles sobre las relaciones sexuales que mantuvo en esos días el australiano con Miss A. y Miss W.
«Como de costumbre, casi nada es lo que parece», dice Assange al respecto. «Es la última acción de la campaña de descrédito de que estoy siendo objeto». Critica que The Guardian solo haya contado parte de la historia, ignorando algunas de las informaciones que esos testimonios revelan. Entre otras, dice, el testimonio de una de las chicas fue empujada a declarar por la Policía.
Respecto a que mantuvo relaciones con una persona que estaba dormida sin usar preservativo, el acusado sostiene que es una simple declaración ante la Policía. «Alegato falso. Como la mayor parte en este caso».
Explica que lo que ha conseguido esta campaña de descrédito es crear una inmensa caja negra. Y en el exterior de esa caja negra han colocado la palabra violación. Reclama que se le ha negado a él y al mundo, lo que hay dentro de esa caja negra.
«El público ha ido consiguiendo poco a poco detalles de cada una de las alegaciones que contiene la caja. Incluso con los que ha sido alegado, no hay nada de lo que cualquier persona razonable diría que es una violación».
Sin recelos, asegura que no le gusta ver la palabra violación junto a su nombre. «Nunca he tenido una relación sexual con nadie sin consentimiento. Ha sido difícil conseguir detalles y nos quedan muchos por conocer. Nada se me ha entregado aún en inglés, lo que constituye una violación de la convención europea de derechos humanos.






