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América Latina y la discusión climática

COP27, en resumen, Latinoamérica esboza de nuevo una precaria unidad sobre el cambio climático.

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Por Ariadna Dacil Lanza
La Paz / diciembre 11, 2022
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DIBUJO LIBRE

Mientras activistas climáticos siguen atacando pinturas de artistas como Vincent van Gogh y Andy Warhol, los líderes globales de los más diversos países del mundo se reunieron en el oasis egipcio de Sharm el-Sheij en el marco de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP27). La Conferencia era, para los países latinoamericanos, otra puesta a prueba de la declamada unidad, tan mentada en los discursos y tan complicada en término de acuerdos. En esta ocasión, América Latina llegó a la conferencia con un documento común. Pero ¿eso significa construcción de perspectivas comunes?

Acuerdo en la Celac. América Latina no fue a Egipto con una única representación, sino que participó de la COP27 a través de diversos foros y organismos regionales. La Asociación Independiente de América Latina y el Caribe (AILAC) — integrada por Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay y Perú— consideró prioritaria la disminución del uso de combustibles fósiles y de la emisión de gases de efecto invernadero, mientras que la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) —compuesta por Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, Antigua y Barbuda y Dominica— suscribió la idea, pero responsabilizó del cambio climático al desarrollo capitalista de los países centrales y pidió un compromiso mucho mayor de las naciones desarrolladas. Por su parte, el representante de la Alianza de Pequeños Estados Insulares (AOSIS, por sus siglas en inglés) señaló que la financiación de las pérdidas y daños debería provenir no solo de los países ricos, sino también de impuestos a las empresas de combustibles fósiles, algo que el presidente colombiano Gustavo Petro impulsa en su país, aunque declara no tener esperanza en el sector privado. México, en tanto, se mostró alineado con Estados Unidos y anunció una mejora en sus metas de reducir emisiones de CO2.

Pese a las diferencias, América Latina logró presentar un documento conjunto. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), organismo que reúne a 32 países de la región, intervino en la COP27 con una posición unificada. Argentina, que ostenta la presidencia pro témpore del grupo, fue la encargada de exponer el documento que contenía sobre todo demandas a las naciones centrales bajo el lema “Responsabilidades comunes pero diferenciadas”. Bajo esa consigna, la Celac apuntó su diagnóstico: América Latina es una de las regiones más afectadas por el cambio climático sin ser una de las que más contribuyen a generarlo.

El planteamiento —compartido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y entidades como Loss and Damage Collaboration— era evidente: para combatir el cambio climático resultaría necesaria “una mayor provisión de recursos” por parte de las naciones centrales hacia los países en desarrollo, con el argumento de que las responsabilidades deben ser “comunes pero diferenciadas”. El pedido concreto es que las potencias dupliquen de aquí a 2025 su aporte para la adaptación de los países en desarrollo a las nuevas energías. La justificación para el pedido se basa en los conceptos de “mitigación”, “adaptación” y, principalmente, “pérdidas y daños”, utilizados históricamente en las negociaciones sobre cambio climático. Esto último fue incluido en la declaración final, pero no así el tema del canje de deuda por proyectos climáticos, una demanda de diversos países de la región.

En términos concretos, el consenso fue visible aun cuando fuera solo declarativo. Las definiciones de la Celac y del Grupo Regional de América Latina y el Caribe (GRULAC) —la instancia a través de la cual se presentó la propuesta latinoamericana— no son vinculantes.

“Cooperar o morir”. Mientras América Latina celebra el modesto acuerdo en el marco de la Celac, sus interlocutores en la COP27 acomodaron sus propios balances, pidieron perdón por sus pecados y se deshicieron en promisorios anuncios, con dosis iguales de alarma e indignación. Y, al mismo tiempo, dejaron claro que los compromisos climáticos se han supeditado a otras agendas.

Si en América Latina y el Caribe la urgencia climática se solapa con los debates sobre la sustentabilidad económica y social, en algunas potencias desarrolladas el asunto parece supeditado a las características particulares de cada gobierno. El caso más extremo ha sido Estados Unidos. Si durante el gobierno de Donald Trump el país navegó sobre una política negacionista del cambio climático, con el de Biden desarrolló un inédito plan de inversión climática.

Los gobiernos de las principales economías globales han dado muestras suficientes de que también ellos son capaces de postergar esta urgencia ante dilemas asociados a los precios y a la escasez de energía. La condena de las energías no renovables se relativiza cuando es Europa la que afronta las consecuencias de una guerra. Naciones como Italia, Países Bajos, Grecia y Hungría, e incluso Alemania —bajo una coalición “verde”—dieron sobrevida a sus industrias carboníferas. El Gobierno alemán prometió durante la COP27 mantener su compromiso de convertirse en 2045 en uno de los primeros países industrializados en alcanzar la neutralidad climática, pero no está claro si será posible esta loable empresa tras el golpe que implicó la ruptura con sus proveedores rusos. La Agencia Internacional de Energía (AIE) ya evidenció que el consumo de carbón en toda la Unión Europea —líder en legislación ambiental— aumentó 10% en los primeros seis meses de 2022.

Frente a ese escenario, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, sintetizó con dramatismo: “La humanidad tiene una elección: cooperar o morir. O un pacto por la solidaridad climática, o un pacto por el suicidio colectivo”. Pero la cumbre fue un escenario más donde se expusieron no solo las diferencias entre los países, sino también las fluctuaciones dentro de ellos por los cambios de gobierno —que muchas veces en América Latina terminan por echar mano a aquello que genera divisas más rápidamente—. A eso se suman las contingencias de la guerra en Ucrania, e incluso la presencia de más de 600 lobistas de la industria de los combustibles fósiles en ese tipo de eventos, que restan eficacia a los gritos de alarma.

En resumidas cuentas, América Latina esboza de nuevo una precaria unidad sobre el cambio climático, mientras todos buscan —sin lograrlo— mostrarse como San Jerónimo escribiendo, el cuadro de Caravaggio, donde el bendito trabaja impávido junto a un cráneo humano apoyado en su escritorio, que está allí para recordar el fin de la existencia terrenal.

(*) Fragmento del artículo América Latina busca un lugar en la discusión climática, disponible en: https://dev-qa.la-razon.com//www.nuso.org/articulo/America- Latina-cop27/ Edición Digital de Nueva Sociedad, diciembre de 2022.

 (*)Ariadna Dacil Lanza es periodista, argentina (*)

en tendencia: América Latina

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