Querido Enzo: te quiero mandar esta carta a la tierra. En la tumba del poeta Miguel Hernández en el cementerio municipal de Alicante, hay un buzón. Tú nunca quisiste una lápida. Esta misiva volará por los aires desde una apacheta, como vuelan las últimas cenizas cuando muere un fueguito de ofrenda. En Chipre por donde he pasado hace unos días, los campesinos eran hasta hace poco analfabetos pero sabios. Y amables con los demás. El escritor Giorgios Karauzos los llama “gente de seda”. La amabilidad no se refiere necesariamente a los “buenos modales”. El “comportamiento sedoso”, dice Karauzos, lejos de la arrogancia y la ironía agresiva, tiene que ver con la forma empática con la que vemos/tratamos a las personas/animales/plantas.
La “gente de seda” habla poco de sí misma, escucha, tiene un corazón grande y es generosa. Canta, porque el que canta su mal espanta. Y construye gota a gota un mundo mejor con pequeños e insignificantes gestos “sedosos”: un saludo en el ascensor, una charla con un “lustra” desconocido, un ceder el asiento en el “Puma”.
Enzo, eres un “hombre de seda”. Solo te emputas frente a un agravio. Sientes sobre todo en lo más hondo, como nos pide el Che, cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo.
“Fuimos los mejores”. Son las tres palabras que Gómez te escucha decir en el hospital. Con la barba afeitada, estás irreconocible, querido Enzo. Sin el pucho entre los labios, también. “La difuminación de la existencia de la gente, incluso de las memorias de su existencia, es la verdadera soledad de los muertos”. Es una cita del libro que acabo de terminar durante esta gira por Europa. Es una novela sobre personas decentes. Te reconozco.
En mi memoria puedo bucear y verte otra vez en una marcha cocalera. Te veo cuando compartes antes de disparar, hablando rápido. Te veo con tu bolsa de hojitas verdes, humo blanco. No te gustan las fotos de lejos, con la prepotencia del “zoom”, con la distancia de un teleobjetivo jailón. No eres ni quieres ser un fotógrafo “independiente”, imparcial. Tú te acercas y retratas. Te gustan las arrugas en primer plano; las huellas y las cicatrices que dejan las luchas, la vida. Para ti no son personas anónimas, son importantes, algún día podrán/serán presidentes, dices como presagio.
Te veo laburando y aprendo la forma decente de hacer las cosas. Más que tomar fotos, fabricas arte. No por nada, aprendiste en la bella Florencia/Firenze por la cual te veo caminar esta tarde.
En mi memoria guardo como tesoro la entrevista que tuvimos en Contextos Salvajes por Red Patria Nueva, la radio del Estado Plurinacional de Bolivia. No te gusta hablar en público, pero te dejas convencer cuando te digo: “va a ser una charla de cumpas, de cuates”. Te veo sentado en El Prado, abajito de tu casa de “la Mariscal”. Tu hogar —en el quinto piso/pino— es un “cuartel general de almas perdidas”, como lo describe un hermano de mil batallas, Sergio Cáceres.
Conversas con un par de “zapatistas”. Sus pasamontañas ejercen un poder hipnótico en ti. Te veo andando y desandando la marcha que pasará mañana frente al Correo. Te veo leyendo sobre anarquismo; tus ideas son revueltas pero firmes. Te veo escribiendo. Estas visiones son puro bálsamo. Te veo “gozando la papeleta”, como dicen en Cuba, la isla rebelde que tanto amaste/retrataste. Te gustan las cosas sencillas, mundanas, efímeras; disfrutas los momentos fugaces de felicidad. Estos recuerdos son puro consuelo.
El diccionario dice que la decencia conlleva la “dignidad en los actos y las palabras, conforme al estado o calidad de la persona”. La sabiduría popular dice que “la fidelidad es la forma superior de la fraternidad”. Inteligente, decente y fiel. Son tres adjetivos que te definen. Fiel a una idea, a una manera de estar en el mundo. Leal de forma pétrea con una ética de antaño. Te veo y me pareces un hombre de otro siglo. Tal vez nacimos en una época equivocada. Siempre charlamos de revoluciones pasadas, de aromas y sabores de otro tiempo.
Eres un hombre testarudo y enamorado, enamorado de una pasión. Tu extraordinario archivo fotográfico (casi 80.000 obras entre físicas y digitales) es un legado; una “memoria urgente de una revolución permanente”. Es un tesoro a cuidar y preservar; para que no se olviden todas esas fotos de marcha y bloqueo, de guerra y de paz, de vida y soberanía.
Esta noche he tenido un sueño: te soñé mientras sembrabas un libro en una chacra. Debe ser Aymara, tus quinientas fotos sobre poder e identidad. ¿O es tu libro de teoría anarquista? Hay que sembrar hombres y mujeres de seda como tú. Tal vez no has partido, tal vez simplemente te has perdido otra vez. ¿Y si te has esfumado como tantas veces con todas tus alegrías y alguna que otra pena? Querido Enzo, hasta la victoria siempre.
Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo







