En la disputa política, normalmente se mantiene tensiones entre lo que se conoce como oficialismo versus oposición. Esta es la disputa más básica y elemental, a reserva de que determinadas coyunturas específicas nos muestren que al interior del oficialismo también pudiera existir momentos de tensión que representen un quiebre de la gobernabilidad política.
En todo caso, a ese escenario descrito se lo conoce como la dinámica entre actores activos con capacidad de veto, se podría añadir a más actores de este tipo que no forman parte del sistema de partidos, pero no es el objetivo de esta columna analizar esta parte. Sino otra que tiene que ver con lo que se conoce como los actores pasivos de veto y que por lo visto en los últimos años han estado incidiendo demasiado en el curso definitivo de las disputas críticas que sufren los Estados en la región.
Me refiero a la Policía, y especialmente a los militares. El ejemplo más sobresaliente y reciente que tenemos lo encontramos en el Perú, ya que curiosamente después de que asistimos al anuncio del expresidente Castillo de suspender el Congreso peruano y convocar a reforma constitucional, de inmediato los ojos de los medios de comunicación estaban situados no en primera instancia en el Congreso, sino en lo que pudieran dar como señal las Fuerzas Armadas de ese país, había como una suerte de nerviosismo por ver lo que pudieran hacer éstas para luego determinar si se garantizaba que lo que se llevara adelante en esa sesión congresal que buscaba deponer (vacar) del poder a Castillo iba a ser efectiva.
Entonces, el hecho de que se deposite tanta expectativa en las Fuerzas Armadas puede estar relacionado con un dato que las encuestas regionales de percepción democrática nos dan, y es que la credibilidad que tenemos de los partidos y del funcionamiento de las instituciones políticas es menor en comparación con la confianza que se tiene a las Fuerzas Armadas como institución.
Ese dato nos ha llevado incluso a mezclar componentes religiosos a la expectativa que se tiene para que los militares entren en acción cuando las coyunturas son tremendamente críticas o tensas, basta con mirar primero el caso boliviano y el caso brasileño en los últimos años para identificar que una de las respuestas estratégicas de la derecha ideológica es apelar a la convocatoria a la activación de los cuarteles por la vía del clamor religioso, dos componentes que buscan generar cohesión social en los movilizados.
El tema del papel de las Fuerzas Armadas en la región en contextos de democracia contemporánea no se acabó ni mucho menos, porque igual en escenarios polarizados socialmente como el que estamos viviendo aquí, sirven para apelar al discurso de que si lo que dicen los militares no coincide con nuestras posturas políticas personales, entonces no está bien eso y se los puede tildar de comprados al poder de turno, o a la inversa. Pero no hay ninguna duda que sea por donde fuere la línea de entrada a la hora de explicar coyunturas críticas, el papel de las Fuerzas Armadas sigue siendo uno que tiene un papel de actor pasivo pero con decisiones y movimientos definitorios sobre la política.
Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.






