La secuencia de los hechos políticos en el país se observan como una serie de acontecimientos que van encadenados y cuya trayectoria no es cíclica, sino más bien como cuando gráficamente vemos en las máquinas que muestran la intensidad de los desastres naturales en subidas muy altas y bajadas intempestivas; y es que lejos de resolver estos temas pendientes de este año desde el fondo, éstos más bien se van transformando adquiriendo sus propias dinámicas que valdrá la pena analizar, por separado en su momento, cada uno de los temas políticos que se nos vienen.
Para empezar, la elección judicial prevista para 2023 seguramente volverá a abrir la discusión respecto a la efectividad de las mismas para resolver la crisis estructural del sistema judicial, volverán los discursos de que se necesitan especialmente personas preparadas para esos puestos; es decir, de nuevo el discurso de la meritocracia que la clase media boliviana sabe de memoria y lo repite hasta el cansancio, sea para marcar la frontera de la línea de identidad antimasista o sea para desmarcarse del masismo de base, como queriendo decir que dentro de ese otro hay un otro otro. Aquí tampoco tocaremos el tema de fondo que es todo lo que está además del mérito, lo que realmente puede resolver el día a día de la gente que asiste a la Policía, fiscales, abogados, y jueces.
Luego viene también con toda probabilidad atender el regalito navideño que nos dejó el gobernador Camacho de Santa Cruz en su mensaje estos últimos días, de ahora sí hablar directa y abiertamente de federalismo y que ese sería su norte político, este tema está indisolublemente casado con el Censo que tendremos en 2024; estratégicamente fue la manera de salir menos derrotados moralmente de lo que ya estuvieron y además de paso logró que no se le aplicara la ley que él mismo impuso públicamente de que aquel que aceptara el Censo en 2024 tendría muerte civil en su tierra, fue una forma de salir corriendo de la casa que habitas pero no por la puerta, sino por la ventana. Esto va a revivir el clivaje regional en el país; si nos damos cuenta, ya van dos clivajes presentes, ojo.
Tampoco se puede dejar de vista el cisma interno que se encuentra viviendo el masismo, este fenómeno político que se nos presenta como una serie de capítulos distintos de choque entre el partido de gobierno y el Gobierno nacional que pertenece a ese partido, que antes de cerrar el año se localizó específicamente en la Asamblea Legislativa y que seguramente hará del Legislativo un espacio más desgastado de lo que ya está en su credibilidad de representación, porque no va a ser fácil asumir el alto costo político que significa hoy aprobar una norma ahí, ergo: ni hablemos de reformas estructurales mientras las cosas estén así en el partido mayoritario. Un escenario de disputa que es probable que aparezca después de la Asamblea, quizá sea la calle, porque es ahí donde también la gobernabilidad política depende y mucho, aún no hemos visto que las tensiones del masismo se hubieran trasladado a este campo, pero no se debe descartar tampoco que se lo haga. Más aún cuando tienes al cierre del año una crítica directa desde el expresidente Evo Morales a la gestión económica del actual presidente Luis Arce.
En fin, que se viene un año cargado de polarización social, y no creo que sea tanto porque los actores no quieran atender los problemas, sino porque las condiciones para enfrentarlos aún no están dadas; mientras tanto hay otras condiciones que sí están dadas y que quisiera aprovechar ahora: a todos mis lectores les deseo un año lleno de salud y éxitos en sus vidas al lado de sus familias, que sea un año en el que busquemos practicar ser más humanos y menos máquinas revanchistas, que no les afecte las noticias falsas, y que en lugar de eso tengan más contactos lovers y menos haters. Feliz año.
Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.






