MUNDO
Sin ninguna duda, 2022 nos ha revelado que el orden global, tal como lo conocíamos, se ha alterado fundamentalmente. La complejidad que hoy se yergue ante la mirada de la humanidad ha significado la apelación al término “disrupción”, para que sociólogos e intelectuales intenten poner en palabras aquello que de otra manera no se puede nombrar. Las fuerzas que estaban sumergidas y cocinándose a fuego lento, salieron de la caja que las contenía y no hay forma de volver atrás.
Sin duda, algunas de estas fallas se trazaron mucho antes de la guerra de Ucrania o incluso de la pandemia. El ascenso de China, por ejemplo, ha sido un tema persistente de las últimas dos décadas. Después de años de vivir en negación, finalmente, se hace ineludible para las potencias de occidente abordar el meollo de la cuestión y reclaman mayores participaciones en la región del Indo-Pacífico. A la vez, están doblegando sus esfuerzos para retener su dominio tecnológico.
Si bien el auge y la caída de las grandes potencias ha sido históricamente el principal impulsor de la política mundial, China presenta hoy un desafío más formidable. Al mismo tiempo, este año reveló las vulnerabilidades del modelo de gobierno de Xi Jinping. Lo que alguna vez se vio como una respuesta ejemplar al COVID-19, terminó mostrando los límites para la gobernabilidad del modelo decisional propio de ese país.

Como consecuencia, las democracias de Occidente se ven relativamente reivindicadas, porque con todas las dificultades de por medio que les tocó vivir, están cerrando la pandemia demostrando mejores capacidades para hacer frente a desafíos extremadamente complejos.
La guerra de Rusia contra Ucrania ha obligado a Europa a tener en cuenta la geopolítica una vez más. Lo más probable es que el curso y la conducción de la guerra en Ucrania alteren fundamentalmente la percepción europea sobre las amenazas que tienen y que la OTAN tenga una nueva vida. El acercamiento entre Rusia y China se ha cimentado, haciendo más visibles los clivajes del orden mundial cambiante.
La geopolítica vuelve a estar en el centro de la atención, en la medida en que la confianza se convierte en un factor esencial para la toma de las decisiones económicas.
El sector energético experimentó cambios radicales en 2022. Lo inimaginable sucedió a pasos aceleradísimos por la guerra en Ucrania. Uno era el mundo antes de febrero del año que concluye, con cadenas de suministro de combustibles construidas durante las últimas décadas relativamente estables, y otra es la realidad entrando a 2023. El petróleo y el gas ruso que abastecían Europa migraron en parte hacia China. Esto abrió las puertas para que otros mercados intervengan y compensen el déficit generado, principalmente, Estados Unidos.

Más aún, el desarrollo de las energías alternativas también se vio incentivado en Europa debido a la guerra en Ucrania. Sin embargo, todas las consecuencias geopolíticas jugaron en contra para lograr mayores avances debido a las interrupciones que se registraron en las cadenas de suministro de insumos tecnológicos.
Las presiones inflacionarias marcaron la tónica en la economía mundial en 2022, haciendo que los presidentes de los bancos centrales de los países alcancen una notoriedad para nada habitual. El ritmo en la subida de las tasas de interés se volvió el lugar común para innúmeras especulaciones. De paso, han dejado material suficiente como para que los académicos llenen los anaqueles de las bibliotecas con tomos y tomos de libros de estudio al respecto. La disputa entre Estados Unidos y China está modificando las relaciones comerciales en varias regiones. Desde el sur de Asia y América Latina hasta África y Asia central, la pugna por establecer alianzas y cercanías que mejoren las condiciones para la producción y los negocios son parte medular de un mundo que cambia.








