Sin haber recurrido a un congreso supersecreto en el que pudiesen intercambiar opiniones y aflicciones, los árbitros de todo el mundo se han puesto de acuerdo. Están aburridos.
Hartos de que la televisión, cada vez con un número mayor de cámaras, analice y exhiba sus defectos. Y que los periodistas, verbalmente o por escrito, hagamos leña del árbol caído y muy pocas veces —imágenes en mano— reconozcamos sus aciertos.
Están cansados de algunas reglas que les exigen tomar ciertas medidas y que los futbolistas, al vulnerarlas una y otra vez, acaben con toda posibilidad de disciplina.
Durante la semana anterior, vimos agarrones descarados en las áreas, luchas cuerpo a cuerpo de defensores y atacantes, convirtiendo cada tiro libre y cada córner en un “sálvese quien pueda”, pero, ojo, sálvense los jugadores de que no los vean porque los jueces quedan expuestos a todas las críticas. Y esto pasa en nuestra América, claro, pero también en Europa, donde los partidos de Copa cuentan con árbitros adicionales junto a los arcos.
Aburridos de esas escenas que se repiten 30 o 40 veces por cotejo, los árbitros han alzado los brazos. Se limitan (antes de la ejecución del tiro) a llamar la atención de una pareja muy escandalosa; y si la infracción es clamorosa, a sancionar un penal. En el noventa y tantos por ciento de los casos, ojos que no ven, corazón que no siente.
No nos asombremos. Ya sucedió con la ejecución de los penales, esa burla sin remedio.






